El concepto de genio, invención romántica, viene a oponerse al formalismo clasicista para poder defender a gente como Dante, Shakespeare o Cervantes, tipos desparejos si los hay. Mientras habría un (diría Aguiar e Silva) autor metódico (“artífice”, dice él) que llega a resultados formalmente perfectos, tipos que se transformaron en bisagras para sus culturas y para los tiempos posteriores estaban llenos de imperfecciones.
¿Por qué será?: “y, adujeron, porque el genio es así, arrebatado, piensa en la fuerza que debe transmitir el conjunto, no en la minucia”. Así, su genio se impone a los defectos formales (que un oso se morfe al protagonista de la tragedia, por ejemplo). No es que los románticos nieguen en sí al autor metódico, sino a la estética clasicista; inventan una nueva gama de virtudes para que entren los autores que a ellos les gustan, y que eran poco para gente tan obtusa y limitada como Alexander Pope.
La verdad es que la belleza, la consagración canónica, obedecen a razones políticas (en el sentido más amplio posible, es claro): se usa lo que sirve; luego, queda el clivaje canónico una vez que cambió el contexto sociohistórico.
Entonces, pasan dos, tres, diez, veinte siglos y los pensadores del fenómeno estético se encuentran teniendo que explicar por qué tal o cual tipo es importantísimo, pese a una terminación llena de imperfecciones (seamos claros: Saer escribe muchísimo mejor que Cervantes; seamos clarísimos: Saer nunca se acercará siquiera a atarle los cordones a Cervantes). Y aun en obras llenas de perfecciones (pienso por ejemplo en Virgilio, opositor cerril a la familia julioclaudia que se salvó de la muerte y se convirtió y lo convirtieron en ese gran propagandista del régimen que fue a la postre el autor de la Eneida). Pero claro: política aquí no alude sólo a una política "política"; también hay incidencia política "religiosa", "estética", "universitaria", etc.
Es ahí donde una cultura, en un momento dado, llega a entronizar a esperpentos como Aira o Lamborghini, llega a comparar a Arlt con Borges, o a Pappo con Charly García. Porque la interpretación siempre es ya un uso, mal que le pese a Eco.


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