martes, 14 de diciembre de 2010

De una apasionada circunspección

Todo eso estaba anudado extrañamente para Tobi, confusamente para Jaspe.

Jaspe había dado una solución genial para Ombú-Argentina, casi sin pensarlo, instintivamente. Un poco teniéndolo junado a Tobi luego de más de un lustro de convivencia, al modo como una mujer en sus trece logra junar en poco tiempo a seres tan boludos como son los artistas en particular y los varones en general. Viéndolo cómo se miraban con la rubia.

O sea. Habían vuelto a la Argentina en el tan mentado viaje de diciembre de 2006, a visitar y a concretar negocios y porque Tobi secretamente se moría de nostalgia de su abuela y de su hermano y de su barrio y de las sierras y de su sobrinita de dos años y de Parque Chas y de los míticos tiráceos, y ya se le estaba notando mucho ante el ojo avizor de Jaspe; agonizaba literalmente de nostalgia. Y Tobi, con la excusa de Ombú, se había enclaustrado, tras las fiestas reglamentarias en Tandil, en la casona de Tir en Parque Chas a concertar reuniones por lo de Ombú y por una traducción que le había salido en Grecia de autores latinoamericanos y de autores griegos contemporáneos para una editorial de Barcelona, era buena guita entre las dos cosas sobre todo para ellos entonces (ya no un año después), pero lo que le comía el coco era más lo de Ombú-Argentina.

Pero estaban en pelotas, tanteando contactos y sin gente confiable incluso a pesar del fructuoso viaje de una semana y pico a Punta y adyacencias a caretear fiestas y a conocer peluqueros y diseñadores y a cerrar con Nacho para vestir el scouting 2007-2008 de su agencia de modelos, con planes de lanzarse, como tarde, a la campaña primavera-verano austral.

Hasta que un día la rubia apareció de improviso desde su exilio en Londres como cada verano a Parque Chas (pero Tobi desconocía el detalle y todos se habían cuidado muy bien de comentárselo y Jaspe tenía aún menos idea, para ella la rubia era sólo ese mote en los poemas y prosas más amargos y abstractos de la adolescencia de Tobi, su ominosa presencia amenazante detrás de cada verso, de cada duda, detrás de cada horrible certeza) y se encontró con Leandrito correteando por un pasillo igualito al padre, la misma melenita y la misma carita de ángel a los cinco años y ojos violetas correteando por un pasillo, y le había preguntado por su nombre y Leandrito se había enamorado instantáneamente frente a esa flor de hembra en remera toda cortajeada y lentes azules gigantescos y minifalda deshilachada y zapatillas John Foos, y entonces había aparecido Jaspe casi desnuda con un vestidito sostenido por dos tiras invisibles y sin corpiño y con claveles furiosamente rojos del color de su boca sobre fondo dorado y hasta las rodillas y con zapatillas enormes y los cordones desatados, y ambas se dieron cuenta de que la otra era la otra, y eso.

Y se quedaron charlando en la cocina mientras Lea se tomaba su merienda, en tanto ambas, heladas de pavor pero sobre todo la rubia, aguardaban la aparición inminente de Tobi desde ORTIGA (como había rebautizado Tir su salón de artes plásticas para bardear al MALBA y dejar sentado, de paso, su sentimiento acerca de la función del arte). Hablaron mirándose fascinadas, sabiéndose la otra de la otra, como en un cuento de Cortázar pero sin final triste, sin poder decir si era lindo o feo o triste o alegre o qué era o si era final o principio o medio o si era, oteándose las similitudes y las disimetrías, y en un momento la rubia dijo algo y Jaspe se quedó callada, mirándola, y pensó Sos su Dark Lady, así como yo soy su Light Lady, así: la frase exacta, y la rubia había preguntado qué estaba pensando y ella contestó cualquier cosa, o mejor dicho la verdad pero de un modo ambiguo (constatando un poco con tristeza cuánto lo había amado la rubia a Tobi y cuánto le había dolido, cómo se le notaban las cicatrices en la turbación de sus gestos) (en inglés, claro): En que el ser humano se enrosca tanto… y cuando lo mirás un poquito de lejos, todo es mucho más simple. Incluso que nada se explica por la razón, todo por la pasión (incluso la razón). Aunque esto enfurecería a Tobi si lo escucha así dicho. Y que es la pasión la que crea todos los pasadizos… anímicos e intelectuales, diría él.

Y la rubia había reído con irreprimible felicidad, reconociendo el paño, Ja ja, sí: es muy Tobi eso que decís. Tan Spinoza (con pedante ternura).

Entonces, descubrieron en un ratito de charla que no eran adversarias sino acaso máscaras del mismo fantasma (pero esto sólo hubiera podido pensarlo tan tomistamente-lacanianamente Tobi y él nunca tenía la cabeza clara para esas cosas y las veces que había tratado de tenerla le habían pasado las peores cosas de su vida, así que no se daba cuerda con un asunto así salvo en momentos de distracción o de debilidad máxima), contrapuestas acaso, pero también complementarias.

Y que además… eso: se simpatizaban. Instantáneamente se simpatizaron, pese a toda la melancolía que le surgió de golpe a la rubia cuando se quedó observando intensamente concentrada por un instante a Leandrito tomándose la leche chocolatada, y pese a que Jaspe había sabido inmediatamente al verla, antes del primer Hola, que esa mujer plácida era la belicosa rubia que existía abrumadoramente en los poemas porteños de Tobi, esos que Jaspe había leído no sin horror, contagiada del pavor sagrado con que la belleza de la rubia “increpaba” al poeta adolescente, y entonces, al saber primero que era ella, y al contemplar después con cuánto deseo se miraban en cuanto se cruzaron, cómo los pispeaban los demás tiráceos a esos dos, enfocándolos todos con los ojos como unas cenitales a la pareja central de la coreografía, no podía no pensar que objetivamente esa mujer tenía que ser su enemiga.

Pero misteriosa y genialmente, Jaspe le dijo esa misma noche a Tobi, mientras se cambiaban para bajar al asado que derivaría en gira noctámbula, que la rubia le parecía la persona perfecta para gerenciar Ombú-Argentina, dejándolo helado al pibe, que aún no se reponía del golpe de habérsela encontrado.

Jaspe jugó fichas fuertes, pero lealmente: le dijo que se notaba a la legua cuánto se deseaban. Y tuvo la temeridad o la sabiduría de agregar que tenía “permiso”.

En fin. En ese momento la rubia fue una solución, pero después (tres meses después, cuando la rubia aceptó abandonar Londres, donde vivía con un pintor británico, para armar lo de Ombú, y Jaspe vio la alegría en los ojos de Tobi, la expresión radiante de Tobi, por lo general tan circunspecto en sus emociones que había que andar rastreándoselas por un pestañeo, por un labio mordido cuando creía que no lo miraba nadie, etcétera) fue un problema: Tobi pasaba una semana por mes o casi en la Argentina, y otra o casi por mes en Italia; en Italia con Soldi, el socio nuevo, y en la Argentina con la rubia, garchando y, en los intermezzos, trabajando.

Con algo así estuvo anudado lo de querer tener otro hijo. Con inseguridad, con temor a perderlo, porque la mesurada expresión de Tobi cuando debía partir hacia Italia era el otro extremo de las sonrisas abstraídas e irreprimibles que precedían cada viaje a la Argentina.

Pero no hubo maquiavelismo en querer tener un hijo por parte de Jaspe, sino temor. Eso. Temor. ¿Puede quererse tener un hijo por temor? Y sí, claro que sí, siempre es por algún acto de estupidez impremeditada o por alguna razón idiota (hubiera dicho Tobi).

Lo cierto es que en algún punto la dualidad Light-Dark funcionaba. Funcionaba, incluso bien, MUY BIEN (para lo que Jaspe la había pergeñado): desaparecieron las miradas a ninguna parte de 2006, los silencios de cinco días, la abulia exasperante que solían invadir a Tobi en ese período, y que tanto le habían recordado al Tobi de 2000, al desahuciado de veintiún años “como salivazos”. Ahora estaba ocupado, teniendo que solucionar los mil quilombos nuevos que su prosperidad le estaba acarreando, y conociéndose con Soldi y teniendo que armar una relación de igual a igual con un pájaro hábil y peligroso: más viejo, más poderoso, con más yeites en el negocio que él, que era un don nadie y un boludo a cuerda en su opinión.

¡Y apasionándose! Esa transformación la fascinó a Jaspe. ¡La fascinó! Tobi iba con pasión de coger a la Argentina, pero iba con pasión de saber a Italia. Ella no pudo verlo día a día porque alguien tenía que seguir atendiendo el negocio en Grecia, pero Tobi le preguntaba a Soldi, todo ese largo segundo semestre de 2007, sobre personas y negocios y gestos y conductas, y lo hacía explayarse contando anécdotas de diseñadores famosos que Soldi conocía y también de otros que Soldi no había conocido (lo que costaba muchísimo, porque el tano era de una parquedad repugnante). Pero con esas cosas se lo había comprado al tano. Relación extrañísima, hecha de desconocimiento y erróneas ideas de uno sobre el otro y de asepsia comercial entre dos personas que si las veías (años después incluso, y eso era lo más loco) pensabas seguro que se llevaban mal o tenían un problema o se acababan de tragar un témpano y lo tenían, cada uno a su témpano, atravesado en la tráquea. Llena de rituales y silencios largos y palabras medidas minuciosamente. Pero se lo había comprado mostrándole un entusiasmo y una pasión por aprender el business como jamás había visto el tano.

O sea. Soldi le llevaba quince años. El hijo mayor era seis años menor que Tobi, que estaba cumpliendo veintiocho en esas fechas. Tobi cuando iba a Milán se quedaba siempre a dormir en la mansión (porque era una mansión) del tano, la misma donde muchas veces caía a dormir alguno de los tres hijos. Y Soldi no pudo menos que sentirse contento de tener un alumno tan aplicado y brillante y ambicioso, y no pudo menos que tomarle cariño, un cariño casi paternal cuando tenía que hacer la comparación con esos jóvenes lejanos, estudiantes de pulcras carreras liberales y sin el menor charme ni visos de ambición por ser unos triunfadores, unos self-made-men como él. Con una capacidad de trabajo que lo agotaba a Soldi mismo, acostumbrado a descomponer sobriamente secretarias y diseñadores merqueados cuando venía la zafra fuerte, y que ahora asistía a estas jornadas de trabajo que Tobi comenzaba a las 8, desayunando, y terminaba, a veces, pasada la 1 de la mañana, sin haber parado a veces más que para comer y bañarse (porque el maldito se bañaba todos los días), que ni salía a dar una vuelta a conocer o a tomarse una copa (frente a la exaltada aptitud para el vicio que él veía en sus universitarios hijos) salvo que Soldi mismo le insistiera, temiendo que se volviera loco encerrado tanto tiempo. Y lo más endiabladamente jodido de todo era que él sabía muy bien qué pájaro era Tobi: los hijos de él al lado de Tobi eran nenes de pecho. Pero el desgraciado iba a Milán y era un monje del diseño, concentrado, serio (algo como Keanu Reeves, esa sensación de que, hagan lo que hagan el Matrix o Sandra Bullock, el tipo nunca se despeinará ni sudará una gota), de una apasionada circunspección.