Cuando hicieron el recuento final, quedaban ciento noventa y seis personas (treinta y dos niños, sesenta y cinco varones adultos, noventa y nueve mujeres adultas). En condiciones de combatir, unos setenta, cuarenta y cinco varones, veinticinco mujeres, excluida Clara. Dos de los eventuales hijos de Lemma habían desaparecido. Lemma los lloró profusamente, como si fueran suyos fuera de toda duda. Eran chiquitos, bebés apenas.
Había que rearmar toda la estructura organizativa de la isla.
¿Cuatro hordas? ¿Internarse al centro, dejando las costas descubiertas? ¿Instalarse en la frontera más frágil de manera permanente? (eso seguro que no: no tendrían con qué alimentar toda esa cantidad de personas) ¿irse bien al sur, buscando la mayor tranquilidad posible, y vivir de la rica pesca en el Paraná, hasta donde el alambrado los dejase?
Decidieron esto último. No había modo de cubrir las fronteras en forma efectiva, porque una vez invadidos, los hechos habían demostrado que se desperdigaban demasiado en el terreno, y eso hacía muy dificultosa una reacción rápida.
Los últimos días del invierno los pasaron tranquilos. Ni noticias de cazadores, pese a que las guardias en cercanías de cada asentamiento se mantenían siempre. Estaban como solos; cualquier partida que invadiese la isla en el futuro los iba a tener que buscar muchos días; no les iba a quedar mucho tiempo de las dos semanas con licencia para perseguirlos, y ellos podrían defenderse en cualquier caso.
Clara murió a los pocos días, quizá de una infección en la herida, probablemente de pena. Todos la lloraron como a una reina.
Juan, al despedirla sobre la pira que habían armado en su honor, dijo eso, que para todos Clara era como una reina, como una deidad que los alegraba a todos, como un talismán de la buena suerte, de la fe en el futuro, de la rebelión ante los insucesos que les deparaba el destino, y que de allí en adelante permanecería en sus corazones de igual modo, acompañándolos con su belleza y con su fervor, quizá acompañándolos como un espíritu benéfico del bosque, como el hada que era. Algunas embarazadas parieron en esos días, y algunas nenas recibieron el nombre de Clara. Era como asumir el ciclo de la vida continuándose.
Para poder estar más juntos sin pasar necesidades alimenticias, se habituaron más a la pesca en canoas, y pasaban todo el día al borde del agua correntosa del Paraná, sin peligro de ser avistados por cazadores.
Si te acercabas a la orilla del Paraná de noche, podías llegar a ver las luces de los pueblos bonaerenses. Esto lo sabían los flechadores, más libres en sus movimientos en busca de comida. Uno de los pueblos tenía que ser Ramallo, era el que se veía más clarito. El otro, que se adivinaba detrás de una isla, tenía que ser, según los conocedores, San Pedro. Muy muy contra el extremo oeste de la isla de las Lechiguanas, se veían unas luces que tenían que ser San Nicolás de los Arroyos.
Los locos, en sus momentos de depresión, se arrimaban a la orilla del río y miraban largamente y con añoranza las luces para siempre inalcanzables.
Sepia
Hace 3 horas


2 acotaciones marginales:
Uy! Qué cantidad de agridulces!!!
Ramallo, San Pedro, San Nicolás, como quien ve constelaciones... pero vivos, y en armonía. Un número suficiente como para construir una nueva civilización, quizás la que empiece y termine otra revolución (?)
Tu novela es tremenda: dos revoluciones, dos fracasos.
(te lo deben haber dicho ya, parece George Orwell).
Sinceramente, espero tu próxima novela.
Ja, qué amables palabras, Agustín, te agradezco mucho.
Sí, El Coto es una melancólica y conmovida metáfora sobre el destino de toda revolución, y más que nada un homenaje a la capacidad del humano para seguir soñando algo mejor, y seguir intentando, pese a todo.
¡Abrazo!
Publicar un comentario