Juan envió avanzadas para que buscasen a los dispersos. Caminaron todo el día.
Hasta media tarde no encontraron gente. A esa hora empezaron a recoger mujeres desesperadas aferrando a alguno de sus hijos. Muchos niños se habían perdido en el bosque durante la huida. Había sido una carnicería. Los flechadores de esa zona se habían portado heroicamente, tratando de organizar y cubrir la retirada, pero los habían matado a casi todos.
Un tercio de la tropa trabajó toda la noche en la vigilancia de la zona y en la búsqueda de sobrevivientes.
Al otro día, a la mañana, pudieron contar setenta flechadores (veinte de ellos mujeres, sólo cincuenta en condiciones de combatir) y unas ciento veinte personas de las distintas hordas. Había la esperanza de encontrar quizá medio centenar más.
Recién cuatro días después del combate del este dieron con la partida de cazadores del oeste. Los tipos también estarían cansados, tenían que haberse detenido a juntar resuello. Estaban ocultos en la espesura de un bosque.
¿Cómo emboscarlos?
Había que emboscarlos, era ridículo darles la ventaja de un golpe por golpe, conociendo el terreno como lo conocían los isleños. Pero los tipos estaban a cubierto.
La cuestión era vigilarlos sin perderlos de vista pero sin que se dieran cuenta de lo cerca que los tenían.
Juan envió de inmediato a Lemma con los guerreros heridos en custodia de la gente, que se retiró hacia el este. Eran toda la resaca, los que no podían combatir, mujeres y enfermos e impedidos y niños, pocos hombres. De los ciento veinte, las dos terceras partes eran mujeres.
Hecho esto, se decidió esperar a que la partida de cazadores saliera de su sitio estratégicamente fuerte, y ahí aguaitarlos y sorprenderlos en un sitio apropiado.
Ahora, luego de cuatro días de marcha, ¿se extrañarían de la falta de señales de los invasores del este, o considerarían que la isla era demasiado grande y estarían tranquilos? ¿Pensarían que la cosa en el este había sido fácil como para ellos en el oeste y que habían masacrado a casi todos los locos, y entonces estaban tranquilos? ¿O estarían inquietos por ese silencio de dos días sin encontrar a nadie, acompañados sólo por ese murmullo de la naturaleza tan traidor, que no presagia nada hasta que algo ocurre? No tenían espíritu selvático, como el que habían adquirido los isleños. No podían más que estar inquietos o tranquilos ante ese silencio; no advertirían las señales de movimiento sigiloso en derredor de ellos. ¿O aguardaban? En todo caso, no parecía.
Lo cierto es que se mantuvieron toda esa jornada en lo oculto del bosque, a salvo de cualquier ataque masivo.
A la noche, Juan estrechó la vigilancia, para que no se les escapasen.
Al día siguiente, tampoco se movieron.
¿Qué esperaban? ¿Acaso una señal del otro grupo? ¿Creían quizá que no quedaban más locos, y esperaban en un sitio convenido en el centro de la isla la llegada de los del este?
Juan esperó hasta media tarde y después, en comunión con los otros jefes sobrevivientes, decidió juntar a los doce mejores tiradores y darles los fusiles con mira telescópica y todas las balas que tenían.
Debían matarlos de a uno, eligiendo el disparo. Tenían una hora para tomar posiciones y elegir el primer blanco. Luego, por los costados, los esperarían ballesteros. Los cazadores no tenían más huida que un arroyito lo suficientemente ancho como para que fueran blanco fácil en una eventual retirada por ese lado, que también estaba cubierto.
Como a las cinco y media, antes de que anocheciera, empezó el tiroteo. Hubo gritos y gemidos y terror y sorpresa entre los cazadores, pero nadie se movió de su sitio. Todos se agazaparon y esperaron así.
Los tiradores eligieron nuevo blanco, y bajaron a otra media docena. Al menos quince de los treinta cazadores habían sido heridos.
Los invasores se refugiaron, arrastrándose, entre los cadáveres, a modo de trinchera, juntos entre los troncos y la maleza, quizá esperando un movimiento.
De nada les sirvió: los tiradores, en la penumbra brusca del crepúsculo, fueron haciendo blanco y, cada cinco, diez, quince minutos, sonaba un disparo, se sentía un gemido.
Cuando ya fue de noche y los disparos siguieron, los cazadores hicieron oír su desesperación. Gritaron que se rendían, pero nadie respondió. Cada tantos minutos, los tiradores, que esperaban pacientemente el menor movimiento en la sombra, disparaban luego de medir con la mayor exactitud el blanco, y otro más moría.
Desde poco antes de la medianoche, no notaron más movimiento. A pesar de eso, se quedaron en sus puestos, vigilantes, hasta que Juan los reemplazó.
Hubo guardia hasta el amanecer.
Con el sol clareando ya la selva, mientras desde los árboles lo cubrían lo tiradores, un grupo pequeño se acercó a revisar los cadáveres. La orden era acuchillar a todos por las dudas, por si alguno estaba vivo o se hacía el muerto.
Dos o tres se movieron, y fueron degollados.
Sepia
Hace 3 horas


2 acotaciones marginales:
pasará el fin de semana, y finalmente, llegará el final.
lo esperaremos ansiosos.
:)
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