jueves 28 de enero de 2010

45. La noche triste

De inmediato se tomó noticia de la posición y la situación de los invasores.
Juan decidió que el ala izquierda envolviera por el norte a los cazadores, al mando de Alfredo. El resto haría maniobras de distracción sin comprometerse demasiado, desde lejos, con flechazos para molestar, para que Alfredo y los suyos ganaran tiempo.
El bosque los escondía a ellos, y también a los cazadores. Pero ellos conocían el bosque. Eso recompuso un poco la moral, que estaba destrozada por tantos reveses.
Igualmente, hubo una batalla descomunal, con los cazadores avanzando a pie firme cubiertos por los árboles,y los isleños defendiéndose sin dar combate abierto, pero también sin fe.
Estaban consternados. Los bajaban.
Juan ordenó una retirada estratégica hacia el sur un momento antes de que la columna de Alfredo empezara a diezmar a los cazadores por retaguardia.
Eso dio nuevos bríos a la columna del sur, que armó el abanico y empezó a aniquilar cazadores desde las copas de los árboles, eligiendo el blanco.
El griterío era infernal, como nunca nadie lo había oído. El odio y el terror les daban a los isleños una bravura sobrenatural. Los enemigos parecían expertos depredadores humanos, no los chambones que a veces se topaban.
Los cazadores organizaron una fila india y huyeron hacia el este, mientras los isleños les tiraban de atrás y los iban bajando de a uno.
A mediodía quedaba medio centenar de cazadores muertos entre los bosques, y unos veinte isleños.
Estaban a mano, o peor. Entre desaparecidos y muertos, Juan y sus subordinados pudieron contar unas sesenta y cinco bajas. Era la peor jornada de sus vidas en la isla.
Estaban desolados.
Clara seguía muy débil, pero parecía estar ganándole a la muerte, aunque con fiebre y con el brazo inutilizado.
Juntaron los cadáveres y los quemaron en una pira al borde de un arroyo. Era lo único que se podía hacer para evitar la peste. Enterrarlos no podían. La quemazón duró horas y horas, triste espectáculo para todos los isleños, cuyo triste olor dulzón los persiguió luego toda la noche, kilómetros adentro de la isla.
A la tardecita, Juan dejó una treintena de personas al mando de Alfredo e iniciaron la vuelta hacia el norte. A la noche, un correo agotado de correr por la selva les trajo la noticia que menos esperaban: una treintena aproximadamente de cazadores había invadido la isla por el oeste y masacrado a la población. Por lo menos cien o ciento cincuenta personas habían muerto, muchos de ellos niños, y el resto de la gente huía desperdigada y desordenadamente por los riachos y las selvas, narró el mensajero.
Esto no cuadraba con nada. No podía ser el Partido, no tenía lógica. No podía pasar siempre, se iba a armar en la cúpula del Estado un tremendo lío en cuanto se supiera, comentaron con mucho más desaliento que convicción. Esos cazadores iban a ir todos presos, si sobrevivían. Eran unos perfectos imbéciles, comentaban en voz baja. Pero se habían llevado ¿cuántas?; ¿ciento cincuenta? ¿doscientas personas?
Era una tragedia. Una verdadera tragedia. Todos estaban con la moral hecha bolsa.
De inmediato, al saber la noticia, en plena noche, Juan envió a la columna de Alfredo a que retrocediera. De nada valía defender una frontera tan extensa; primero tenían que exterminar a los invasores que quedaban, y luego vivir juntos, lo más juntos posible, resignados a que de vez en cuando los invadirían.
Al fin y al cabo, dijo uno de los jefes en tono de revancha, ¿cuántos cazadores habían liquidado ellos desde que estaban en el coto, o, sin ir tan lejos, desde iniciada la expedición? Había que contarlos. Más de medio millar, seguro. Quizá más, quizá cerca de mil, arriesgó otro. ¿Cuántos gomones habían hundido, durante meses? No había que darse por vencidos, esto no podía pasar todos los días porque era irracional (Lemma no se acostumbraba aún a escuchar esta palabra en boca de, digamos, un esquizofrénico de hacha y tiza como el jefe en cuestión; aunque intentara reprimir la risa, siempre extendía los labios, lo más discretamente que podía), no entraba en la lógica del Partido. Por estas sonrisas tenues y enigmáticas en los momentos más graves, Lemma tenía fama de una gigantesca sangre fría.
Al final de todas las deliberaciones, los jefes decidieron que estaban todos agotados físicamente y sin fuerzas anímicas para encarar otra noche de combate. Por eso, Juan dispuso tres turnos de tres horas de guardia, para que todos descansaran.
Apenas amanecido el día siguiente, despertaron a todos y reanudaron el movimiento.
Por primera vez, con los despojos de la batalla del día anterior, tenían más ballestas que combatientes. Ahora, sumando lo que había quedado con las hordas, había un centenar y medio de ballestas en buen estado, y casi seis mil flechas. Unas ciento veinte ballestas y unas cuatro mil flechas estaban en poder de la columna. Sin contar las armas de fuego, cuyo uso se racionaba con meticulosidad: sólo para blancos difíciles a una distancia de medio kilómetro o más.

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