miércoles 27 de enero de 2010

44. Sorpresa desde el este

No entraba en los parámetros de conducta del Partido para el coto lo que ocurrió a mediados del invierno.
Entre marzo y agosto, casi medio año, los isleños rechazaron casi sin bajas todo intento de invasión. Eran una máquina de guerrilla, ya que no de guerra, que tenía que combatir contra tipos en inferioridad numérica y que venían de sus trabajos en sus ciudades y de su cómoda vida burguesa a pelear a modo de vacaciones contra tipos que vivían jugándose la vida, la propia y la de todos.
El número de habitantes de la isla se acercó, entre nacidos e “inmigrantes”, a los cuatrocientos. Alrededor de ciento cincuenta estaban sobre armas, aunque como siempre las ballestas y las armas de fuego bastaban apenas para las dos terceras partes, y los otros tenían que conformarse, cuando no estaban “de servicio”, con los palos puntiagudos que se usaban para pescar y para el combate cuerpo a cuerpo, y sólo de última como armas arrojadizas.
Pero a finales de agosto algo se escapó de las manos de los guardabosques. Un grupo coaligado de medio centenar de cazadores se confabuló para acudir al coto por Gualeguay y Gualeguaychú y organizar una expedición contra la isla de las Lechiguanas. Tuvo que haber existido corrupción para lograr esa sincronización y ese silencio.
Cortaron todo contacto por celular con las postas y se dirigieron de inmediato contra la frontera este de la isla. Se reunieron en el Paranacito, lejos del río Ibicuy, y eligieron la zona más angosta del río para cruzar de noche en gomones con el motor apagado, a remo.
Esa noche, Lemma estaba de guardia, como veinte kilómetros más arriba de donde la invasión tuvo lugar. Ni sintió el ruido del combate hasta que le vinieron a decir, tres horas más tarde, que un grupo de media centena de cazadores armados hasta los dientes había invadido la isla y asesinado a casi todos los vigías de ese sector, unos quince. Los tres que sobrevivieron huyeron para donde se pudo, y uno de ellos fue el que le dio la noticia a Lemma.
De inmediato, mandó llamar a Alfredo, puso en movimiento toda la organización de guerra y envió correos al centro de la isla.
Según le contó el sobreviviente a Lemma mientras se tomaban las medidas pertinentes, los cazadores parecían haberse ido hacia el interior de la isla, como hacia el sur.
Juan recibió la noticia dormido en una bolsa de dormir al raso, entre una arboleda. Envió un mensajero urgente al este, porque hacia allí parecía haberse dirigido la expedición invasora. Enseguida llegó un segundo sobreviviente con la noticia.
Recién al amanecer pudieron organizar un grupo de unos ochenta guerreros, juntados a toda velocidad del resto de las zonas, para reforzar el este.
Lo fundamental era que no los encontrasen desperdigados, o en el peor de los casos, que pudieran retirarse sin muchas bajas. Una masacre en el este iba a ser una tragedia e iba a mandar la moral al suelo. Además, los mejores guerreros estaban en su mayor parte en esa franja.
Ya en camino, les llegó la noticia, con los primeros sobrevivientes: Fernando, sorprendido a mitad de la noche, muerto con otros doce. Clara había alcanzado a reunir una veintena de flechadores somnolientos y se dedicó con ellos a retirarse en forma ordenada y a hostigar el avance de los invasores. Eran unos cincuenta por lo menos. Una quincena más de flechadores estaba desaparecida, sin rastros, quizá flechando a los cazadores por su cuenta.
A media mañana, se juntaron la partida de Clara y el grueso de los defensores. Clara estaba demacrada, con los ojos rojos de llorar, con el hombro derecho destrozado por una flecha que no habían podido sacarle: se moría desangrada.
A todos los derrumbó verla a Clara así. Juan, ayudado por otros, le arrancó la flecha entre gritos de ella y lágrimas de todos. Trataron de cauterizarle la herida con agua abundante, pero la flecha había literalmente destruido la coyuntura del hombro, inutilizando el brazo bueno de Clara, aunque sobreviviera. Pero no iba a sobrevivir.

2 acotaciones marginales:

AGUSTIN dijo...

déjeme ser grosero: pero la puta que lo parió, che!
Clara, no!

Franco dijo...

:D