martes 26 de enero de 2010

43. Reorganización preventiva

Con amarga ironía, los jefes comentaron que parecían haberse convertido en la figurita difícil del coto, que parecían atraer a más partidas de cazadores que cuando estaban al norte. El asunto, señaló Alfredo, era que no invadieran la isla, porque eso los ponía en el combate mano a mano. Mientras tanto, tenían ventaja táctica.
Pero la dificultad, objetó Clara, realista o fantaseando con combates, era vigilar decenas de kilómetros de costa con cincuenta tipos solos.
Juan citó el error de Marcó del Pont al defender la frontera de los Andes contra la invasión de San Martín. Los conocimientos históricos de Juan siempre venían bien: no había que desperdigarse demasiado, y, a falta de mejores elementos, había que ejercitar la variante (dijo Juan) napoleónica: ganar la guerra con las piernas de los soldados.
Más en privado, de vuelta a la propia horda, Juan se explayó, mano a mano, con Lemma, mientras los otros caminaban más adelante; era muy difícil que pudieran impedir perpetuamente las invasiones, había que hacerse a la idea de que alguno se iba a meter, y había que trabajar en consecuencia. Eso quería decir aprovechar el conocimiento del terreno, su condición enmarañada perfecta para emboscar grupos pequeños, la táctica, en suma, que habían aplicado en su período en el norte con relativamente gran éxito: estaban vivos, todos ellos.
Las semanas le dieron la razón a Juan.
A finales del verano, ya sería marzo, una partida de cazadores se les filtró inadvertida por el este, en la zona menos correntosa de las costas de la isla. No se enteraron hasta cinco días más tarde.
No fue exactamente una sorpresa, o bien fue una sorpresa mutua. Se toparon de golpe, los cazadores, impacientes, los isleños, distraídos, y hubo combate de flechazos.
La ventaja era de los cazadores hasta que los locos pudieran reunir fuerzas en superioridad numérica. Mientras tanto, no tuvieron más chance que proteger la retirada de las dos hordas más cercanas hacia el noroeste, mientras unos pocos armados con fusiles y ballestas trataban de emboscar el avance a ciegas de los cazadores.
Hubo muertos de ambos lados, pero cuando los isleños lograron reunir una veintena de guerreros frescos, la batalla ya estaba ganada: quedaban cinco de los doce, aterrados, se acercaba la noche, ya conocían su fin próximo.
Alfredo hizo imperar la razón entre los irascibles guerreros, que querían acribillar a los cazadores sobrevivientes. Las balas no podían reponerse, las flechas sí. Los acribillaron a flechazos luego de una sádica maniobra de encierro que duró horas, y que terminó en un paroxismo de flechas atravesando los cuatro cuerpos que había a esa altura con vida. [ESTO HABRÍA QUE AMPLIARLO]
Hasta ese día, el cariño y la afinidad de vida o de caracteres habían primado en la conformación de las hordas sobre las razones prácticas, porque había bastado con ese esquema para asegurar la sobrevivencia de todos. Pero ahora, acostumbrados a varios meses de no pasar sustos, se dieron cuenta de que era necesaria una reforma de la organización armada. Había que centralizar el mando, hacer una especie de estado mayor de poca gente y regionalizar las jefaturas distribuyendo a los más idóneos para el mando y la guerra. Eso significaba separar a los jefes de la horda de Lemma, que formaban mayoría en experiencia y aptitud.
A Clara, la que reunía mayores condiciones y audacia para la guerrilla, la enviaron al este, secundada por la prudencia de Fernando, para hacer promedio.
A Alfredo, el guerrero de sangre fría y temperamento implacable en los momentos más calientes, le ordenaron la jefatura de la zona norte, secundado por Lemma.
El comando de la zona noroeste, la costa del Paraná Pavón, la menos expuesta, se encargó a otro jefe militar de experiencia, pero con mayoría de guerreros noveles.
En resumen, la mayoría de los veteranos estaba distribuida entre el este y el norte en menor medida, y un tercio restante quedaría repartido en el resto de la isla a modo de subjefes y para mejorar el entrenamiento de los más bisoños.
Hacia el sur, en la orilla del Paraná propiamente dicho, no había gran peligro, porque era necesario atravesar a río una gran distancia antes de acercarse a la isla, y de Victoria para abajo la tierra estaba infestada, hasta el Paraná Pavón, de arroyos y riachos que dificultaban todo avance sorpresivo, y hasta cualquier avance (aun con mapas).
Juan quedó elegido por unanimidad como jefe del estado mayor (llamado así entre risas, pero con algo de solemnidad y orgullo, entre los isleños), con la tarea de rondar en el centro de la isla, presto a acudir a los lugares de eventual conflicto y lo más a mano a un tiempo de las necesidades particulares.
Las hordas, es decir, los no armados, se moverían en adelante por el centro de la isla con los niños, los impedidos y las madres, custodiados por guardias más pequeñas, de manera sincronizada.
Toda la tarea de búsqueda de alimentos quedaba a cargo de las hordas. Los guerreros de la frontera sólo pescaban para comer en el día.

2 acotaciones marginales:

AGUSTIN dijo...

Hoy me pegué una panzada. Después de mis vacaciones pude ponerme al día, y me encontré con ocho capítulos sin leer. Y uno fue mejor que el anterior. Pero me encontré con una sorpresa: quedan sólo tres capítulos!
(-en este último capítulo, deberías borrar el entrecorcheteado "esto habría que ampliarlo"- de paso te digo, no hay que ampliar nada!).
Aquí me quedo, amigo... esperando los tres capítulos finales... y parafraseándolo´, a mi también me está gustando que usted escribiera esta novela!

Franco dijo...

¡Ja, Agustín, muchas gracias!
En cuanto al encorchetado: lo puse adrede para no olvidarme antes de subir el texto. Me pareció que quizá ahí debe ir un párrafo más.
¡Abrazo!