lunes 25 de enero de 2010

42. El sueño terminó

Entre los jefes el más respetado era Juan, por su serenidad y sabiduría en los momentos clave; Fernando, por su prudencia. Alfredo, sin enfrentamientos armados a la vista, estaba como desdibujado. Clara, sin guerra, era como una especie de general Patton, extranjera en esa paz idílica, y asumió un carácter más irritable ante minucias, sobre todo con los hombres, con los que parecía competir a veces, y ganar muchas: era el soldado más bravo y el mejor estratega de las siete hordas; sólo se llevaba bien con la paz de Juan (a quien apreciaba como a un hermano), con Fernando (que la tranquilizaba con palabras) y con Lemma (cuya distancia inescrutable era siempre un enigma para todos).
Lemma estaba cómodo en la nueva situación de paz y tranquilidad, retirado a una posición menos expuesta socialmente por propia inclinación. De todos modos, los jefes lo llamaban para consultarlo en asuntos importantes y las mujeres confiaban en su juicio para asuntos domésticos; a ellas les gustaba charlar con él “porque se notaba que era un caballero”.
Ese invierno, concibió, con distintas mujeres, tres hijos, o por lo menos tres mujeres que habían copulado con él concibieron hijos. El tema de la paternidad estaba esfumado entre las hordas, donde todos debían cuidar de cada uno, y cada uno de todos. Esto se redoblaba en el caso de los niños, que eran todos muy chiquitos.
La satisfacción y la esperanza en que se encontraban sumidos se notaban en charlas de los mayores que imaginaban, por ejemplo, cómo sería la adolescencia de esos muchachitos que corrían, semidesnudos y con pieles curtidas, entre ellos, sin conocer otra cosa que el salvajismo de esa vida en la que estaban presos sin saberlo, que jamás verían una PC ni aprenderían a leer.
Pero no todo eran dulces: de vez en cuando, un yaguareté se comía un cristiano, o una víbora picaba, en la espesura, a un caminante. Esos eran los enemigos ahora: se armaban batidas cada vez que hallaban cerca un "tigre", y se trataba de eliminar las serpientes venenosas.
Pasó todo el invierno y toda la primavera. Llegó el tórrido y húmedo verano. Tenían que dedicar los días, a la hora más fuerte, a siestas en lo profundo del bosque o a nadar abundantemente en los arroyos y ríos interiores. Cada tanto, llegaba gente de otras hordas, unas diez personas por mes. La población, a finales de año, llegó a trescientas cincuenta personas entre nacidos e “inmigrantes”.
Ese verano empezaron a ver, de manera esporádica, en sus cada vez más distraídas vigilancias del norte de la isla, gentes que miraban a lo lejos, armados, como buscando paso.
A las pocas semanas de advertir eso, unos flechadores notaron que, en la orilla de enfrente, en el cruce del Gualeguay y el Ibicuy, los guardabosques construían una posta con muelle. La alarma cundió de inmediato. ¿Sería sólo un puesto de vigilancia o empezarían a mandar cazadores fluviales, esos hijos de puta?
Tuvieron que reforzar la vigilancia de manera permanente. Pronto, empezaron a ver gomones con diez a doce personas armadas, intentando con suma dificultad el cruce al Ibicuy. No llegaban a destino: tiradores avezados los flechaban, como mucho, a veinte o treinta metros de la isla.
Pero, de todos modos, era un engorro. Tenían en la isla unas ciento veinte personas en pie de guerra, ballestas para las dos terceras partes, unas cuatro mil flechas de metal, algunas decenas de armas de fuego con algo más de quinientas balas de distintos calibres: si los mataban antes de llegar a la orilla, no había modo de renovar ese parque: la corriente del río se los llevaba.
Juan, de inmediato, puso a trabajar un grupo con exclusividad en la fabricación de armas arrojadizas y lanzas. Las flechas requerían mucha técnica y suficiente peso para soportar la fuerza de la ballesta. No había forma de construir arcos, así que no quedaba otra que flechas de madera un poco más gruesas de lo común, para no perder efectividad en el disparo.
Luego de media docena de gomones acribillados a flechazos, los cazadores cambiaron de táctica; partían del puesto Gualeguay-Ibicuy, pero buscaban, corriente abajo o incluso corriente arriba, otros sitios para acampar en la orilla norte, e intentaban cruzar por otros puntos para eludir la vigilancia.
Una angustia inmensa embargó otra vez a los isleños: la posibilidad cierta de un desembarco, de una vuelta a los horrores que creían parte del pasado, tomó de golpe proporciones casi de pánico. Tuvieron que cambiar todo el modus vivendi de la isla. Mantener medio centenar de flechadores custodiando la costa norte, mientras rápidas batidas por el interior de la isla buscaban alimento y las hordas se internaban bien al centro para retrasar cualquier peligro ante una invasión. Esto obligó a un movimiento físico constante de los flechadores, agotador para el cuerpo y para los nervios, durante todo el verano, aunque fructífero, porque repelieron una veintena de intentonas, las últimas con huidas más tempranas que las primeras: ante los primeros flechazos, los cazadores retrocedían despavoridos.

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