viernes 22 de enero de 2010

41. El Paraíso recobrado

La isla era un enorme terreno enmarañado de vegetación, de unos ciento veinte kilómetros en su parte más larga por unos treinta en su parte más ancha, según los datos cartográficos. Era toda esa inmensidad para ellos solos, porque no había aparentemente más vida humana. Doscientas treinta personas (varios niñoes entre ellos) dispuestas a empezar una nueva vida.
Los jefes deliberaron y decidieron rápidamente: había que conocer la isla al máximo; los escondites abundaban; tenían que conocer cada porción de terreno con fines defensivos y averiguar además por supuesto qué comestibles podían encontrarse.
Las exploraciones fueron peligrosas, arduas y desilusionantes en algunos sentidos: no había frutales en cantidad suficiente, sólo peces en unos riachos al interior de la isla, y mucha alimaña, algunos yaguaretés, muchos pájaros... tendrían que acostumbrarse a comer pájaros: a la mañana temprano, el sonido era ensordecedor, maravilloso, como una sinfonía de la naturaleza.
No era sabio desperdigarse demasiado por la isla, por cuestiones de seguridad, pero tampoco podían alimentar a un cuarto de millar de personas todos los días durante mucho tiempo, de manera que los cabecillas dividieron a los sobrevivientes de la expedición en siete hordas de parejo número, habilidades y recursos materiales y militares, que se moverían de manera sincronizada peinando toda la isla a dos horas de camino una de otra.
La vigilancia de semejante extensión de fronteras era también imposible para tan pocos; de los doscientos treinta, además, sólo alrededor de cincuenta estaban capacitados para el empleo de armas en la guerra: había que entrenar a los nuevos y hacer nuevos flechadores entre lo mejor que se encontrase en los sobrevivientes no adiestrados, aún en mujeres, si eran lo suficientemente fuertes y hábiles. Por lo menos un tercio de la gente tenía que estar preparado para la lucha.
Al principio decidieron moverse, ocultos entre el follaje tupido, cerca de la costa norte de la isla, al borde del Ibicuy, para vigilar lo mejor posible eventuales invasiones. Pero los guardabosques, luego de la terrible noche de los tiroteos, parecieron olvidarse por completo de los de la isla.
Los cazadores no tenían modo de pasar hasta allí, de modo que los nuevos isleños vivieron muchos meses en la mayor tranquilidad. De vez en cuando, grupos de cinco o diez personas se aventuraban a cruzar las correntosas aguas del Ibicuy hacia la isla, y muchos se ahogaban. De este modo, y con muchos embarazos ese invierno, la población de la isla creció notablemente a unas trescientas personas.
Se hicieron notables pescadores a distancia, a palo puntiagudo (ahora, adecuándose al Ibicuy, hacían palos de dos o tres o cuatro metros, flexibles, para pescar sin mojarse las patas).
Aprendieron a construir canoas con los troncos de árboles (lo que les llevó un enorme esfuerzo mancomunado de las siete hordas con las pocas hachas y cuchillos que tenían como herramientas), y a navegarlas con cierta habilidad para ser extranjeros a esas prácticas, porque casi todos se habían criado en ciudades, eran bichos urbanos. Además, las canoas eran más rápidas y fáciles de construir y llevar a hombro que las balsas que habían practicado para el cruce del Ibicuy. Con gran dificultad, lograron construir unos remos bastante utilizables, lo que les dio una versatilidad inverosímil; recorrían por ese medio los riachos interiores a grandes velocidades diarias.
De todos modos, trataban de no exponerse mostrándose en el Ibicuy más que cuando el hambre los picoteaba demasiado.
Se puede decir que tuvieron días felices ese invierno; que, a salvo de la amenaza constante de los cazadores, le tomaron el gustito a la vida en naturaleza.
Pasaban el día imitando los cantos de las aves, mirando horas una nube de formas raras, trepando árboles por el mero gusto de hacerlo, tirados sobre el pasto mirando dar vuelta el sol, copulando, viendo jugar a los niños. Ya había niños que cumplirían los cuatro años, los más grandes nacidos en el coto: sólo nueve, pero todo un acontecimiento para los que habían conocido otra cosa que el coto en su vida.
Los conflictos personales que surgían, entre hombres casi siempre y por cuestiones fútiles, porque los bienes, las armas sobre todo, eran de propiedad común, se resolvían en un tribunal de la asamblea de mayores de cada horda; los más peliagudos se resolvían en asambleas de jefes de horda, que funcionaban como tribunal supremo e inapelable.

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