jueves 21 de enero de 2010

40. El cruce del Ibicuy

Recogieron del campo enemigo las armas y enseres que encontraron utilizables y después, establecidas las guardias, buscaron heridos por el campo. Al final, calcularon muertos y desaparecidos: casi noventa, treinta y cinco de ellos guerreros.
Entre los despojos del campo enemigo, encontraron armas largas con mira telescópica infrarroja y varios binoculares de la misma índole: habían sido unos pelotudos, los guardabosques, en el anterior combate; habían creído que con unos fueguitos en la noche los iban a poner en fuga.
En seguida, con las más extremas recomendaciones de economizar disparos, porque no había balas suficientes como para andar desperdiciando, los jefes pusieron una veintena de flechadores armados también con las nuevas armas. El resto, agotado, siguió toda la noche hachando árboles.
Sin duda, la lucha había sido calamitosa también para los guardabosques, porque no jodieron más en toda la noche. Empero, al amanecer comprobaron que los muertos eran noventa de su parte y treinta y cinco de la otra. Podía haber huido otro tanto, quizá un poco menos.
No había muchas sogas como para atar los troncos. Decidieron armar las balsas anudando lo poco que tenían a palos transversales, más finos, arriba y abajo (eso les costó un buen esfuerzo antes de poder atar los troncos), de manera de sujetarlos por las puntas.
En total pudieron armar cinco balsas bastante grandes.
A media tarde, y en medio de una vigilancia ansiosa, probaron la primera balsa: podían entrar, apretadas, unas veinte personas. Eso, a cinco balsas, eran tres viajes hasta la otra orilla por cada una.
El tema era cómo llegar hasta el otro lado sin que la corriente los arrastrase. El río era demasiado profundo para guiar con un palo al estilo Huckleberry Finn. Porque acá no era cosa de dejarse llevar por la corriente, muy fuerte, sino de cortarla perpendicularmente.
Se decidió, en medio de esa penuria, que la decena más fuerte de cada balsa remase con los brazos a todo lo que dieran en la derecha de la balsa, mientras la otra decena de tripulantes hacía contrapeso del otro lado, dejando el bagaje al medio. Así, aún con una trayectoria oblicua, podían llegar hasta un lugar más o menos cercano de la otra orilla.
La isla era un enorme misterio, una tupida selva silenciosa.
Tardaron varias horas en cruzar, mientras en la orilla norte hombres armados vigilaban los alrededores y cubrían a las balsas ocupando las orillas en un abanico amplio.
Hubo una balsa que zozobró, y diez ahogados. Por lo demás, la operación fue un éxito.
A la nochecita, cruzaron las últimas tres balsas con medio centenar de combatientes.
Por fin, después de casi treinta días de marcha, de trescientos kilómetros de caminata, de más de ciento veinte muertos, estaban en la Isla de las Lechiguanas. Era como… haberle hecho pito catalán al destino; era una hazaña militar digna de figurar en los libros de historia, hecha con medios mínimos, se enorgulleció Juan.
Los jefes estaban exultantes. Pese al agotamiento extremo, festejaron hasta bien tarde, y después durmieron todo lo que quisieron.

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