miércoles 20 de enero de 2010

39. El combate del Ibicuy

Después de cinco segundos de estupor, todos estuvieron en el piso. Algunos habían muerto.
¿Cuántos podían estar atacándolos? ¿Desde dónde?
Los vigías anunciaron, en cuanto pudieron acercarse, en un cuarto de hora (mientras tanto seguían sonando tiros aislados, que les helaban la sangre a todos), que una treintena por lo menos de guardabosques con rifles estaban disparándoles desde muchos puntos. Podían ser incluso sesenta o setenta.
Era ridículo: no había tantos guardabosques entre las tres postas del sur. Con la mitad o menos alcanzaba para cuidar la flora y la fauna (de los cazadores, porque los de adentro del coto no depredaban la naturaleza, formaban parte del equilibro ecológico). Lemma dijo, desde el piso, a Alfredo, que quizá les disparaban por talar árboles.
Que se jodan, fue la respuesta de Alfredo. No habían llegado hasta allí para quedarse en el borde.
El asunto era cómo desligarse de ellos.
Juan envió una cincuentena de flechadores a la rastra divididos en seis grupos (a razón de un binocular por grupo), para ver si podían divisarlos y liquidarlos. Sin mira telescópica y desde el suelo, iba a ser jodido, porque las ballestas daban, pero no era cuestión de andar tirando al pedo, malgastando flechas que después no podrían recuperar.
Estuvieron así todo el día. Los tiradores, ocultos entre árboles y elevaciones, disparaban cada tanto tiros aislados. Los flechadores, entre yuyos y matorrales, procurando acercarse sin que los vieran, disparaban cada tanto con sus ballestas. En cuanto un guardabosques intentaba ganar terreno de un escondite a otro, una o dos flechas lo atravesaban o le pasaban cerca, tiradas desde ciento cincuenta o doscientos metros. Así cayeron unos pocos.
Anocheció.
Los guardabosques prendieron grandes reflectores que iluminaban la penumbra, impidiéndoles a los locos volver a hachar.
Finalmente, a medianoche, exasperados por tantas horas de tensa calma, Juan envió una veintena de tiradores con armas de fuego y algunas ballestas a que se acercaran más, a ver qué podía hacerse. A diferencia de la vez anterior, los focos cegaban a los guerreros y los guardabosques se mantenían prudentemente detrás de la luz. Cada tanto, disparaban.
Clara tuvo una intuición genial: era una docena de faroles de una potencia enceguecedora: había que apuntarles con un arma de fuego a cada uno y reventarlos. Después, estaban a mano.
Mandó un mensajero a la retaguardia, a ver qué se podía hacer después. Necesitaban gran ruido.
Juan, recordando mucho en esos días la Biblia, se acordó de Gedeón, y pensó que la mejor estrategia era que, ni bien volados los faroles, todos, hasta los desarmados, en posiciones más seguras por cierto, iniciaran un avance lo más ruidoso posible, golpeando armas y caramañolas y cacerolas, para ver si los asustaban.
Eso hicieron.
Fue una pésima idea. En un santiamén quedaron todos en penumbras, y la vanguardia comenzó a disparar a discreción mientras el resto avanzaba dando gritos y golpes; pero, luego de unos segundos de aparente perplejidad, empezaron a sonar tiros por doquier, y a diezmar a los integrantes de la horda.
Clara, en un desesperado intento de empardar lo que ya era un desastre, ordenó avanzar lo más rápido posible a descubierto y combatir cuerpo a cuerpo con los tiradores, fueran cuantos fuesen.
Eso generó un cierto caos y un ralear de tiros, que los flechadores más retrasados aprovecharon para adelantarse la misma desesperación a la vanguardia y llegar, con muchas bajas, hasta donde se libraba un disperso combate cuerpo a cuerpo entre la sombra.
En ese tipo de combate, los flechadores, armados con largos palos puntiagudos, llevaban ventaja, y en una áspera disputa dieron cuenta de decenas de guardabosques.
Como a las tres de la mañana, por orden de alguien o porque los estaban masacrando, los guardabosques retrocedieron. Había sido el más espantoso combate jamás imaginado por las hordas.

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