La noche les dejó catorce muertos en total, y aún restaban, creían, unos setenta kilómetros hasta el Ibicuy. Descansaron todo el día, agotados, sobre todo los que habían combatido, pero con los demás en nerviosa vigilancia hacia todos los puntos.
Refugiados entre vegetación y una lomita, dos guardias, cada uno por su lado, habían visto, o eso dijeron, guardabosques explorando la zona con binoculares, en jeep. Era del otro lado del Nogoyá.
¿Usarían lanchas?
El tema de la motorización los preocupaba muchísimo. Ellos hacían a fuerza de callos unos pocos kilómetros por jornada, agotándose cada noche, mientras que los guardabosques, en una hora de jeep sin forzar la máquina, podían llegar desde Gualeguay hasta el Ibicuy.
Además, comentaron los jefes al otro día, estaba el tema del combate la noche anterior: habían hecho una gran cagada, treinta y pico o cuarenta guardabosques o cazadores o gendarmes muertos. Eso iba a llegar hasta el Gobierno, los alarmaría.
Para colmo, estaban inermes ante determinados ataques: podían bombardearlos o fumigarlos desde un helicóptero con la mayor impunidad. O a lo mejor no hacían nada, y se quedaban muy conformes con el hecho. Quién podía saberlo.
Solamente Clara estaba eufórica. Había derrotado en lucha cuerpo a cuerpo a un hombre, y rematado a cuatro más degollándolos. Llevaba las orejas en el bolsillo.
En cuanto las mostró, Fernando y Lemma intentaron convencerla de que iba a ser una peste en uno o dos días, que tenía que tirarlas. Solamente Juan pudo lograr que las echara al río.
Pese a todo, tenían algunas tecnológicas a favor luego del combate: la media docena de binoculares, que facilitaría muchísimo la vigilancia, la gran cantidad de ropas robadas a los muertos, sobre todo ahora que estaban en invierno, y el handy, que Juan tenía prendido a toda hora y siempre vigilado por algún cabecilla. Mientras durase la batería, iba un arma importante.
Decidieron que habría que caminar más, esos últimos días. Toda la noche, si era preciso. En todo caso, ir con las armas en la mano, todos los que pudieran, todo el tiempo, rodeando a las hordas. Total, ya estaban curtidos por veintipico de días de caminata.
En todo el día veintitrés, pese a lo ya dicho, no hubo acercamiento visible ni de cazadores ni de guardabosques o cosa parecida; y, lo que resultaba más sospechoso, tampoco se acercó ningún integrante de una horda del lugar.
Lemma calculaba. Si quedan, como suponen, unos setenta kilómetros bordeando los accidentes del terreno hasta el Ibicuy, caminando diez horas por noche podían llegar en tres o cuatro jornadas.
Eso hicieron.
Ahora, en las noches, el silencio era verdaderamente tenso y sepulcral. Todos, hasta los no armados, estaban a la espera de un ataque nocturno. Cada uno, hasta los "civiles" y los niños, tenía pautado con toda precisión de qué modos actuar; viejos y enfermos no quedaban; cobardes tampoco. De día, las guardias eran tan nerviosas cuan insomnes.
Finalmente, con los pies destrozados por las llagas, alcanzaron, el cuarto día a ver, en el crepúsculo, el Ibicuy, entre los árboles.
La vegetación había cambiado mucho. Raleaba un poco más y era mucho más anfibia, plantas que chupaban mucha humedad y que podían sobrevivir sin podrirse durante las frecuentes inundaciones. Porque era un terreno bajo y anegadizo, a diferencia del resto del coto, más elevado cuanto más al norte.
Algunos, al ver las aguas ruidosas a lo lejos, al escucharlas antes de verlas, derramaron lágrimas de emoción. Era como si estuviesen llegando a la tierra prometida después de cuarenta años de peregrinar en el desierto.
Los jefes, agotados, al amanecer, deliberaron sobre el mejor modo de cruzar. El río era demasiado caudaloso para pasarlo a nado, como algún delirante había propuesto. Sabían que en algún punto las orillas se acercaban bastante, pero estaban hablando en el mejor de los casos de tres o cuatro kilómetros de agua que bajaba caudalosa hacia el sur. La isla de las Lechiguanas, luego de estas deliberaciones, pareció más bien un paraíso inaccesible.
Exhaustos, dedicaron a descansar todo ese día, y al otro se exploraron las costas del río, se sopesaron posibilidades.
Había, entre las siete hordas, quince hachas, todas cortitas, demasiado chicas para talar árboles. Pero otra no quedaba. Después, el tema de cómo atar los troncos de manera confiable.
Fabricaron con las mismas hachitas mangos más largos, y, una vez colocados en las hachas, los cuarenta y cinco integrantes más vigorosos de la expedición, por turnos cortos, se dedicaron con ahínco a talar árboles gruesos en el menor lapso posible. De última, iban a cruzar a la deriva sobre cada tronco, remando con los brazos; la cuestión era ganar tiempo mientras los jefes buscaban una solución satisfactoria.
Ahí empezó el gran quilombo. Desde puntos desconocidos, acaso desde kilómetros, con armas de largo alcance, comenzaron a dispararles armas de fuego, haciendo estragos entre las hordas.
Lucas Pizarro y sus largos duelos
Hace 19 horas


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