Lemma tuvo así desde ese día un mapa completo de la vida en el coto.
Y no le gustó.
Por muchos días, quedó pensativo, abstraído, ni siquiera melancólico, sino incrédulamente pensativo y abstraído, pasmado por todas esas vidas tronchadas de modo absurdo y cruel.
Por primera vez, había visto la muerte cara a cara en toda su crudeza, no una muerte burguesa en la cama de un hospital, inconsciente y acaso sin dolor, sino la muerte a los gritos, entre llantos, escupiendo sangre, con el horror de saber que se moría y no había remisión, con el tiempo suficiente para saber que uno se moría.
A la mañana siguiente, algunos volvieron al sitio a ver qué se podía juntar, si había algún sobreviviente: no había ninguno, por supuesto, pero pudieron recoger unas setenta flechas y desnudar los cadáveres para aprovechar la ropa.
Después los metieron a todos juntos, amontonados, a que se pudrieran al borde de la loma, porque no tenían con qué enterrarlos. Alguien le comentó a propósito de eso que las gallinas salvajes que andaban por el coto se estaban volviendo carroñeras, y más cimarronas.
Lemma sintió asco previendo la inmundicia que infestaría el aire en pocos días, con esos cuerpos pudriéndose al calor húmedo del coto. De todos modos, le aclararon, los guardabosques se encargarían de llevarse los cuerpos. Para Juan, los usaban como abono.
Pasaron los meses.
Hubo un par de cacerías más, y una docena más de muertos entre cazados y enfermos, y se sumaron a la horda unos ocho provenientes de otro grupo estragado. Así se hacía cuando un grupo se había tornado demasiado chico como para autoabastecerse y procurar su defensa.
Además, nació media docena de niños.
Lemma terminó de hacerse uno más de la horda, acostumbrándose a esa vida a veces blanda y feliz y a veces cruel y letal, a la muerte violenta que los cercaba en cualquier momento, a vivir en esa certeza.
Eso lo endureció sentimentalmente, porque si no se hacía imposible que la psique sobreviviera a todo el horror (muchos no lo habían logrado). Al tiempo, lo conocieron en la horda como un hombre callado, de sonrisa melancólica y habitualmente taciturno, serenamente taciturno, que nunca iniciaba una charla pero era capaz de escuchar a cualquiera y de algún modo contenerlo espiritualmente, hacerlo sentir cómodo, atendido, comprendido.
Hablaban del mundo de afuera, se contaban sus vidas (pero Lemma sentía que lo que contaba era algo de una vida anterior, que le hubiera sucedido a otra persona; era incapaz de establecer un nexo entre el Lemma empleado de oficina en Almagro y este que andaba semidesnudo y nadaba y caminaba kilómetros por día, y que era capaz de cazar un pez con la mano o con un palo afilado, veloz como nunca lo había sido, o de correr a toda velocidad durante un buen cuarto de hora casi sin ahogarse, con asma y todo; a veces, lograba aún pensar en sus hijos con algo en el pecho que se parecía a la amargura y la nostalgia, a extrañarlos, pero sólo reencontraba en general la perplejidad que sentirían por su desaparición ellos y todos los que lo habían conocido).
Lemma, que jamás, salvo en el colegio, había sido un hombre afecto a los ejercicios, se sorprendía ahora viendo una desnudez flaca pero curtida y fibrosa. Su piel era más cobriza. Era el único tipo de bigotes en toda la horda, por inercia, porque el bigote era parte de su persona, y se hacía rasurar todos los días por algún otro, de manera que su cara, cobriza, estaba siempre limpia y despejada como la de un ciudadano. Se descubría ágil y fuerte, capaz de levantar un tronco o una piedra pesada, capaz de realizar tareas y de ejecutar actos que lo hubieran llenado de aprensión y pesimismo de haberles sido propuestas en su vida anterior.
El cascote de la literatura, antes de que venga el pibe y saque lo que sobra de la estatua.
miércoles, 30 de diciembre de 2009
martes, 29 de diciembre de 2009
27. Hay que caer, y no se puede elegir dónde
Pronto, Lemma se sintió plenamente a gusto allí.
Vivía al aire libre, sin obligaciones pesadas, casi todas las mujeres estaban disponibles sexualmente para casi todos, nadaba y caminaba mucho, estaba fuerte como un toro, como nunca en su vida, sin rastros de asma. Era feliz.
Por momentos se sorprendía de no recordar más seguido la vida de afuera, su propia vida, sus propios hijos, y le daba mucha culpa, pero en general se limitaba a perderse en las lisuras del puro presente sin preocupaciones.
Así, como un mes.
En ese período, hubo un par de falsas alarmas de proximidad de cazadores, y una vez incluso hubo que esquivar a un grupo de ellos mediante un traslado rápido, compaginado y silencioso, durante el cual Lemma sintió un miedo propiamente cerval, como jamás en su vida. Sin embargo, eran islas dentro de la oceánica calma de cada jornada.
Pero un día lluvioso, por la tarde (habían pasado todo el tiempo al abrigo de los árboles aguantando el frío del agua que caía, impiadosa y pertinaz), apareció una de las guerrilleras corriendo y dijo lo más bajo que pudo que a veinte minutos de caminata había un grupo de cazadores.
La maquinaria se puso en marcha de inmediato en silencio sepulcral, aprovechando para ocultar su retirada lomadas y bosquecillos, agua y frío, mientras los portadores de armas cubrían la retirada y pasaban el mensaje a otras hordas.
Pero después de una hora de caminata silenciosa, cuando transitaban la ladera de una loma rumbo a unos árboles tras de los cuales había un vado, empezaron a sonar los silbidos de las flechas y Lemma, cuando sintió los alaridos de horror de los locos, sintió que el corazón le latía a doscientas pulsaciones por minuto y que se le ponían todos los pelos de punta y que se le helaba la sangre y que se cagaba (literalmente) encima, y todos empezaron a correr mientras los cazadores, ocultos no se sabía dónde, disparaban decenas de flechas por minuto, haciendo estragos en la horda huyente.
Durante un cuarto de hora, Lemma vio, mientras corría en cualquier dirección, a personas que habían hablado y recogido frutas y nadado y reído y dormido con él. Entre ellas, Clarisa, que recibió el flechazo en plena espalda, a la altura del pulmón izquierdo, y cayó en cámara lenta, mientras seguía intentando correr, con los ojos inundados en lágrimas, gritando, mientras Lemma seguía corriendo y la miraba alejarse de su vista, perdida para siempre.
Después aparecieron ballesteros de otras hordas y los emboscadores se vieron rodeados y hubo combate y huida con algunas bajas, mientras lo más lejos posible de allí los sobrevivientes de la horda se reponían y contaban los ausentes, aún temblorosos de pánico.
A la noche, reagruparon fuerzas e hicieron el recuento definitivo.
Antes de la cacería, eran cuarenta y tres contando los niños. Faltaban doce, aparte de los heridos, que estaban con hemorragias muy difíciles de detener por el tamaño y las desgarraduras de las heridas de ballesta, y algunos de los cuales probablemente morirían desangrados esa noche, tras una atroz agonía. Hacía falta un médico, o al menos un enfermero, alguien con conocimiento en primeros auxilios para detener las hemorragias en esos casos, porque así casi todas las heridas eran irreparables.
Esa noche, entre los ayes de los agonizantes y el recuerdo de los muertos, nadie pudo dormir. Lemma se pasó las horas con la cabeza apoyada en su campera contra el tronco de un árbol, mientras seguía cayendo agua, helándolos. No se podía sacar de la cabeza la expresión de horror de Clarisa cayendo flechada con los ojos llenos de lágrimas, y tampoco otra, la de un tipo al que una flecha, casi invisible de tan veloz, le atravesó la cabeza de lado a lado en plena carrera. El tipo cayó seco, como una bolsa de papas, como un pájaro que recibe un hondazo, como una piedra en caída libre.
Vivía al aire libre, sin obligaciones pesadas, casi todas las mujeres estaban disponibles sexualmente para casi todos, nadaba y caminaba mucho, estaba fuerte como un toro, como nunca en su vida, sin rastros de asma. Era feliz.
Por momentos se sorprendía de no recordar más seguido la vida de afuera, su propia vida, sus propios hijos, y le daba mucha culpa, pero en general se limitaba a perderse en las lisuras del puro presente sin preocupaciones.
Así, como un mes.
En ese período, hubo un par de falsas alarmas de proximidad de cazadores, y una vez incluso hubo que esquivar a un grupo de ellos mediante un traslado rápido, compaginado y silencioso, durante el cual Lemma sintió un miedo propiamente cerval, como jamás en su vida. Sin embargo, eran islas dentro de la oceánica calma de cada jornada.
Pero un día lluvioso, por la tarde (habían pasado todo el tiempo al abrigo de los árboles aguantando el frío del agua que caía, impiadosa y pertinaz), apareció una de las guerrilleras corriendo y dijo lo más bajo que pudo que a veinte minutos de caminata había un grupo de cazadores.
La maquinaria se puso en marcha de inmediato en silencio sepulcral, aprovechando para ocultar su retirada lomadas y bosquecillos, agua y frío, mientras los portadores de armas cubrían la retirada y pasaban el mensaje a otras hordas.
Pero después de una hora de caminata silenciosa, cuando transitaban la ladera de una loma rumbo a unos árboles tras de los cuales había un vado, empezaron a sonar los silbidos de las flechas y Lemma, cuando sintió los alaridos de horror de los locos, sintió que el corazón le latía a doscientas pulsaciones por minuto y que se le ponían todos los pelos de punta y que se le helaba la sangre y que se cagaba (literalmente) encima, y todos empezaron a correr mientras los cazadores, ocultos no se sabía dónde, disparaban decenas de flechas por minuto, haciendo estragos en la horda huyente.
Durante un cuarto de hora, Lemma vio, mientras corría en cualquier dirección, a personas que habían hablado y recogido frutas y nadado y reído y dormido con él. Entre ellas, Clarisa, que recibió el flechazo en plena espalda, a la altura del pulmón izquierdo, y cayó en cámara lenta, mientras seguía intentando correr, con los ojos inundados en lágrimas, gritando, mientras Lemma seguía corriendo y la miraba alejarse de su vista, perdida para siempre.
Después aparecieron ballesteros de otras hordas y los emboscadores se vieron rodeados y hubo combate y huida con algunas bajas, mientras lo más lejos posible de allí los sobrevivientes de la horda se reponían y contaban los ausentes, aún temblorosos de pánico.
A la noche, reagruparon fuerzas e hicieron el recuento definitivo.
Antes de la cacería, eran cuarenta y tres contando los niños. Faltaban doce, aparte de los heridos, que estaban con hemorragias muy difíciles de detener por el tamaño y las desgarraduras de las heridas de ballesta, y algunos de los cuales probablemente morirían desangrados esa noche, tras una atroz agonía. Hacía falta un médico, o al menos un enfermero, alguien con conocimiento en primeros auxilios para detener las hemorragias en esos casos, porque así casi todas las heridas eran irreparables.
Esa noche, entre los ayes de los agonizantes y el recuerdo de los muertos, nadie pudo dormir. Lemma se pasó las horas con la cabeza apoyada en su campera contra el tronco de un árbol, mientras seguía cayendo agua, helándolos. No se podía sacar de la cabeza la expresión de horror de Clarisa cayendo flechada con los ojos llenos de lágrimas, y tampoco otra, la de un tipo al que una flecha, casi invisible de tan veloz, le atravesó la cabeza de lado a lado en plena carrera. El tipo cayó seco, como una bolsa de papas, como un pájaro que recibe un hondazo, como una piedra en caída libre.
lunes, 28 de diciembre de 2009
26. La vida nueva
Al principio, Lemma era despertado al amanecer y comenzaba, luego de la ablución matinal en el arroyo más cercano, las tareas comunitarias. En seguida, se acostumbró al horario y comenzó a despertarse solo.
A la mañana, antes que el sol, cada vez más furioso, empezara a pegar fuerte, salía con otras personas a recolectar frutas y verduras para el día.
Los guardabosques, cuidadosos de la calidad de alimentación de los así llamados locos, habían sembrado ese año por doquier trigo, y en esa etapa de la estación estaban madurando las espigas. Era una variante de trigo candeal silvestre (de grano más blando) que se reproducía sin necesidad de cultivo en las fértiles tierras del coto, y que los locos estaban acostumbrándose, ahora que podían encender fuego y cocinar en ollas y sartenes robadas a los cazadores, a comer en preparaciones con huevo de gallina que, aunque sin sal, se parecían bastante, hervidas, a pasta o a pan, a comida como la gente.
Así que, cada mañana, Lemma recogía mucho trigo maduro, arrancándolo y deshaciéndolo con las yemas de los dedos dentro de una bolsa destinada a tal uso.
Había idea de acopiar, en lo posible, la mayor cantidad de trigo en “depósitos volantes”, como le gustaba llamarlas a Clara a las bolsas. Hasta donde podían, usaban las bolsas de material reciclable pero impermeable robadas a los cazadores, dentro de morrales para ir cargándolos en bandolera. Después, se juntaba todo y los cocineros se encargaban de cocinar lo que se pudiera. Cerca del mediodía, se almorzaba en grupo a la sombra de algún bosquecillo, porque ya a esa hora el sol se ponía pesado.
Las gentes andaban de manera indistinta desnudas o vestidas (sobre todo los hombres; las mujeres eran más pudorosas), y en esos días comenzaban a verse más personas desnudas que vestidas, por el calor.
Cuando no había que evitar alguna banda de cazadores, los habitantes del coto se dedicaban a nadar, tomar sol o descansar a la sombra, conversando o haciendo alguna tarea rutinaria de la comunidad, como tejer bolsas o moler grano, pero en general eso se dejaba para la tardecita, cuando caía un poco el sol y la humedad no se sentía tanto. El día, después de almorzar y hasta el ocaso, lo dedicaban a asolearse o a nadar.
Había mucha actividad sexual también, pero eso al principio Lemma no lo notó, porque los locos eran muy discretos y se iban a practicarla a lugares apartados. Sí le costaba no mirar las desnudeces de las mujeres, que acudían todo el tiempo a la vista, sobre todo los días de mucho calor. Sólo le llamaba la atención la cantidad de mujeres embarazadas y de chiquitos de menos de dos años: casi todas las mujeres estaban embarazadas o quedaban en seguida.
Lemma advirtió cómo venía la cosa en este sentido solamente cuando le tocó a él: una mina, no demasiado fea, se le ponía a dar charla, y después de varios días de estupor e incomprensión por parte de Lemma (que la tomó por una loca), la mina simplemente le dijo que tenía ganas de coger con él.
A Lemma se le aceleraron los latidos de golpe, porque nunca le habían hablado de eso tan directamente. La mina se lo llevó, aún sorprendido, medio a la rastra, a un lugar apartado, y, con gran entusiasmo, se dedicó a multiplicar los ardores amatorios de Lemma con todo su cuerpo.
Lemma no pensó en nada en el momento, pero después a la noche, tras ver a las embarazadas y a los niñitos del grupo, se agarró la cabeza, insomne, porque pensó No quiero tener hijos acá adentro, con cualquiera.
Pronto se dio cuenta a medias y a medias le explicaron que los hijos, si bien estaban al cuidado de la madre, eran como de la comunidad, que la paternidad se atribuía más o menos por deducción, porque nadie se privaba de nada (decían todos con picardía), mucho más para hacer no había, o por elección concertada de madre e hipotético padre, y que no había que hacerse problemas por eso.
Igual, a Lemma le daba cosa. No quiso repetir al otro día las actividades con su fogosa compañera (Clarisa, se llamaba; tenía más o menos la edad de él), con la explicación de que no quería tener hijos sin poderlos cuidar. La mina le dijo que no había problema, que se podían las dos cosas, y se dedicó las subsiguientes siestas a enseñarle a Lemma las diversas posibilidades que ofrecen las artes de Onán y de Sodoma.
A la mañana, antes que el sol, cada vez más furioso, empezara a pegar fuerte, salía con otras personas a recolectar frutas y verduras para el día.
Los guardabosques, cuidadosos de la calidad de alimentación de los así llamados locos, habían sembrado ese año por doquier trigo, y en esa etapa de la estación estaban madurando las espigas. Era una variante de trigo candeal silvestre (de grano más blando) que se reproducía sin necesidad de cultivo en las fértiles tierras del coto, y que los locos estaban acostumbrándose, ahora que podían encender fuego y cocinar en ollas y sartenes robadas a los cazadores, a comer en preparaciones con huevo de gallina que, aunque sin sal, se parecían bastante, hervidas, a pasta o a pan, a comida como la gente.
Así que, cada mañana, Lemma recogía mucho trigo maduro, arrancándolo y deshaciéndolo con las yemas de los dedos dentro de una bolsa destinada a tal uso.
Había idea de acopiar, en lo posible, la mayor cantidad de trigo en “depósitos volantes”, como le gustaba llamarlas a Clara a las bolsas. Hasta donde podían, usaban las bolsas de material reciclable pero impermeable robadas a los cazadores, dentro de morrales para ir cargándolos en bandolera. Después, se juntaba todo y los cocineros se encargaban de cocinar lo que se pudiera. Cerca del mediodía, se almorzaba en grupo a la sombra de algún bosquecillo, porque ya a esa hora el sol se ponía pesado.
Las gentes andaban de manera indistinta desnudas o vestidas (sobre todo los hombres; las mujeres eran más pudorosas), y en esos días comenzaban a verse más personas desnudas que vestidas, por el calor.
Cuando no había que evitar alguna banda de cazadores, los habitantes del coto se dedicaban a nadar, tomar sol o descansar a la sombra, conversando o haciendo alguna tarea rutinaria de la comunidad, como tejer bolsas o moler grano, pero en general eso se dejaba para la tardecita, cuando caía un poco el sol y la humedad no se sentía tanto. El día, después de almorzar y hasta el ocaso, lo dedicaban a asolearse o a nadar.
Había mucha actividad sexual también, pero eso al principio Lemma no lo notó, porque los locos eran muy discretos y se iban a practicarla a lugares apartados. Sí le costaba no mirar las desnudeces de las mujeres, que acudían todo el tiempo a la vista, sobre todo los días de mucho calor. Sólo le llamaba la atención la cantidad de mujeres embarazadas y de chiquitos de menos de dos años: casi todas las mujeres estaban embarazadas o quedaban en seguida.
Lemma advirtió cómo venía la cosa en este sentido solamente cuando le tocó a él: una mina, no demasiado fea, se le ponía a dar charla, y después de varios días de estupor e incomprensión por parte de Lemma (que la tomó por una loca), la mina simplemente le dijo que tenía ganas de coger con él.
A Lemma se le aceleraron los latidos de golpe, porque nunca le habían hablado de eso tan directamente. La mina se lo llevó, aún sorprendido, medio a la rastra, a un lugar apartado, y, con gran entusiasmo, se dedicó a multiplicar los ardores amatorios de Lemma con todo su cuerpo.
Lemma no pensó en nada en el momento, pero después a la noche, tras ver a las embarazadas y a los niñitos del grupo, se agarró la cabeza, insomne, porque pensó No quiero tener hijos acá adentro, con cualquiera.
Pronto se dio cuenta a medias y a medias le explicaron que los hijos, si bien estaban al cuidado de la madre, eran como de la comunidad, que la paternidad se atribuía más o menos por deducción, porque nadie se privaba de nada (decían todos con picardía), mucho más para hacer no había, o por elección concertada de madre e hipotético padre, y que no había que hacerse problemas por eso.
Igual, a Lemma le daba cosa. No quiso repetir al otro día las actividades con su fogosa compañera (Clarisa, se llamaba; tenía más o menos la edad de él), con la explicación de que no quería tener hijos sin poderlos cuidar. La mina le dijo que no había problema, que se podían las dos cosas, y se dedicó las subsiguientes siestas a enseñarle a Lemma las diversas posibilidades que ofrecen las artes de Onán y de Sodoma.
jueves, 24 de diciembre de 2009
25. Noticiero
Le preguntaron si tenía hambre o sed, y Lemma contestó que sí a las dos cosas. Le dieron de comer y de beber. Luego le explicaron cómo era la mecánica de funcionamiento allí. Los nuevos, en la medida de sus posibilidades, tenían que dedicarse a las tareas más simples y menos riesgosas, como recoger frutas o verduras o juntar agua en las cantimploras, y asistir a los más enfermos. En caso de cacería, los nuevos ayudaban a huir a los más débiles, y tenían que estar en el centro con ellos.
Pero ya no se daban tanto persecuciones como emboscadas, así que había que tener siempre media docena vigilando los alrededores en pos de huellas o presencias cercanas de cazadores. En general podían esquivarlos sin choque, y si podían los mataban a flechazos, los emboscaban ellos a los cazadores. Pero para eso había un grupo de trece o quince, los más fuertes y ágiles y de mayor puntería, los que tenían armas. En cuanto pudieran le iban a conseguir ropa.
En realidad, no se podía andar en grupos mucho más grandes de treinta o cuarenta personas porque era muy complejo moverse organizadamente. Clara, una de las expertas en guerrillas, dijo que había resultado más conveniente coaligar distintos grupos, que se movieran más o menos de común acuerdo por los mismos lugares y se comunicaran todo el tiempo por un sistema de mensajeros. En unos pocos kilómetros cuadrados solían andar juntas diez o doce hordas (como las llamó Lemma, acostumbrado a la nomenclatura de afuera del coto), y eso sumaba trescientas cincuenta o cuatrocientas o incluso quinientas personas. Ese sistema de guerrillas estaba aún siendo aceitado.
Pero los cazadores se estaban dando cuenta de esto, y entonces sabían que se iban a encontrar con grandes extensiones desiertas por un lado y con superabundancia de hordas por el otro. Eso era peligroso para ellos, porque corrían peligro de ser rodeados por guerrilleros coaligados de varias hordas en superioridad numérica, y masacrados impunemente.
Pero a su vez esto estaba creando, explicó Clara, un nuevo modus operandi entre los grupos de cazadores, que ahora, en vez de desperdigarse por llanuras y lomadas y bosquecillos al azar, andaban cerca unas de otras, copiando, a sabiendas o no, la metodología que usaban ellos mismos para escapar de y matar a los cazadores.
A Clara le había gustado el término “horda”. Era salvaje y metía miedo. Le hizo a Lemma muchas preguntas acerca de lo que se hablaba de ellos afuera, porque hasta allí los que caían en el coto eran presos o locos o enfermos terminales, y ninguno tenía contacto con el mundo exterior.
Lemma contó que se hablaba en broma del Coto Lengo, de gente que corría “en pelotas” (con perdón de la grosería), y que al principio se la consideró una medida económica, racional, y que después se había desatado con furor el deporte de la caza del loco, había listas de espera de meses para conseguir una licencia de entrada al coto por dos semanas, hasta que como al año de empezado el asunto todos empezaron a olvidarlo, dejaron de verlo como una novedad, pero que después se empezaron a conocer las muertes cada vez más frecuentes de cazadores, a veces de grupos enteros, y los diarios sensacionalistas vendieron mucho con notas al respecto, y entonces el deporte cambió de perfil. O mejor dicho, cambió el perfil del deportista: antes, eran tipos muy ricos como para permitirse dos semanas de ocio en cualquier momento del año que te tocara una licencia de caza, que iban de excursión, casi de picnic, o como para ir a jugar al golf con campamento, algo así, y que no consideraban que hubiera más que un cierto riesgo, excitante y estimulante, en la caza del loco y en la vida en naturaleza pura. Pero con la noticia de las muertes de cazadores, cada vez mayores al parecer en número pese a que toda información acerca de lo que ocurría dentro del coto estaba rigurosamente cercada por el Gobierno, el deporte empezó a tomar un cariz más de guerra, como de ir a hacer la guerra. Algunos lo consideraban excitante y hasta épico: abandonar la cómoda vida aburguesada y urbana y consumista y meterse por quince días en el campo con riesgo cierto de morir.
Uno en el círculo que se había formado a su alrededor durante la charla preguntó qué opinaba el Gobierno acerca de que los de acá robaran ropas y armas y utensilios y mataran cazadores, y Lemma respondió que al parecer en el Gobierno se veía bien eso, porque por un lado frenaba un poco la fiebre por ese deporte que había llegado a extremos peligrosos de popularidad, y por el otro a que, según decían los medios, en el Partido se confiaba en que tarde o temprano, en el coto, iban a batirse los más indeseables de la sociedad: los indeseables presos por las autoridades y aquellos violentos con licencia de caza y plata para comprarse ballesta, carcaj y flechas; en resumen, se creía que de ese modo podrían canalizarse las inclinaciones violentas propias de los seres humanos sin riesgo de equilibrio social. De hecho, desde la creación del coto, tres años atrás, los crímenes habían descendido de su ya muy bajo índice a un treinta por ciento al año en curso.
Preguntado acerca de responsabilidades atribuidas (si los podían meter presos por matar cazadores), Lemma respondió que para el Gobierno los de adentro del coto YA ESTABAN PRESOS, que su pena era estar allí adentro, y que allí adentro reinaba la ley de la selva, que para eso era un coto de caza, obviamente dentro de ciertos límites reglamentarios tendientes a cuidar del equilibrio ecológico. Pero lo bueno, para los de adentro, era que mientras que los cazadores debían ajustarse a leyes y reglamentos en sus actividades predatorias, los de adentro, al estar fuera del marco de la ley como habitantes del coto, no podían ser penalizados, porque tenían, como seres vivientes, derecho a defender sus vidas, y su estilo de vida, ya que no podían evadirlo.
Eran las primeras noticias ciertas que corrían acerca del coto entre ese grupo de personas, así que durante los primeros días Lemma fue un personaje dentro de la horda, al que todos le hacían preguntas y lo llenaban de atenciones.
A Lemma lo ponía nervioso estar entre locos, y, peor aún, no saber cuáles eran los locos y cuáles los criminales, aunque, siempre que alguno se ponía demasiado amable e insistente y repetitivo en sus conductas podía conjeturar que estaba ante un loco. Le costaba acostumbrarse a esa imposibilidad de saber.
Pero ya no se daban tanto persecuciones como emboscadas, así que había que tener siempre media docena vigilando los alrededores en pos de huellas o presencias cercanas de cazadores. En general podían esquivarlos sin choque, y si podían los mataban a flechazos, los emboscaban ellos a los cazadores. Pero para eso había un grupo de trece o quince, los más fuertes y ágiles y de mayor puntería, los que tenían armas. En cuanto pudieran le iban a conseguir ropa.
En realidad, no se podía andar en grupos mucho más grandes de treinta o cuarenta personas porque era muy complejo moverse organizadamente. Clara, una de las expertas en guerrillas, dijo que había resultado más conveniente coaligar distintos grupos, que se movieran más o menos de común acuerdo por los mismos lugares y se comunicaran todo el tiempo por un sistema de mensajeros. En unos pocos kilómetros cuadrados solían andar juntas diez o doce hordas (como las llamó Lemma, acostumbrado a la nomenclatura de afuera del coto), y eso sumaba trescientas cincuenta o cuatrocientas o incluso quinientas personas. Ese sistema de guerrillas estaba aún siendo aceitado.
Pero los cazadores se estaban dando cuenta de esto, y entonces sabían que se iban a encontrar con grandes extensiones desiertas por un lado y con superabundancia de hordas por el otro. Eso era peligroso para ellos, porque corrían peligro de ser rodeados por guerrilleros coaligados de varias hordas en superioridad numérica, y masacrados impunemente.
Pero a su vez esto estaba creando, explicó Clara, un nuevo modus operandi entre los grupos de cazadores, que ahora, en vez de desperdigarse por llanuras y lomadas y bosquecillos al azar, andaban cerca unas de otras, copiando, a sabiendas o no, la metodología que usaban ellos mismos para escapar de y matar a los cazadores.
A Clara le había gustado el término “horda”. Era salvaje y metía miedo. Le hizo a Lemma muchas preguntas acerca de lo que se hablaba de ellos afuera, porque hasta allí los que caían en el coto eran presos o locos o enfermos terminales, y ninguno tenía contacto con el mundo exterior.
Lemma contó que se hablaba en broma del Coto Lengo, de gente que corría “en pelotas” (con perdón de la grosería), y que al principio se la consideró una medida económica, racional, y que después se había desatado con furor el deporte de la caza del loco, había listas de espera de meses para conseguir una licencia de entrada al coto por dos semanas, hasta que como al año de empezado el asunto todos empezaron a olvidarlo, dejaron de verlo como una novedad, pero que después se empezaron a conocer las muertes cada vez más frecuentes de cazadores, a veces de grupos enteros, y los diarios sensacionalistas vendieron mucho con notas al respecto, y entonces el deporte cambió de perfil. O mejor dicho, cambió el perfil del deportista: antes, eran tipos muy ricos como para permitirse dos semanas de ocio en cualquier momento del año que te tocara una licencia de caza, que iban de excursión, casi de picnic, o como para ir a jugar al golf con campamento, algo así, y que no consideraban que hubiera más que un cierto riesgo, excitante y estimulante, en la caza del loco y en la vida en naturaleza pura. Pero con la noticia de las muertes de cazadores, cada vez mayores al parecer en número pese a que toda información acerca de lo que ocurría dentro del coto estaba rigurosamente cercada por el Gobierno, el deporte empezó a tomar un cariz más de guerra, como de ir a hacer la guerra. Algunos lo consideraban excitante y hasta épico: abandonar la cómoda vida aburguesada y urbana y consumista y meterse por quince días en el campo con riesgo cierto de morir.
Uno en el círculo que se había formado a su alrededor durante la charla preguntó qué opinaba el Gobierno acerca de que los de acá robaran ropas y armas y utensilios y mataran cazadores, y Lemma respondió que al parecer en el Gobierno se veía bien eso, porque por un lado frenaba un poco la fiebre por ese deporte que había llegado a extremos peligrosos de popularidad, y por el otro a que, según decían los medios, en el Partido se confiaba en que tarde o temprano, en el coto, iban a batirse los más indeseables de la sociedad: los indeseables presos por las autoridades y aquellos violentos con licencia de caza y plata para comprarse ballesta, carcaj y flechas; en resumen, se creía que de ese modo podrían canalizarse las inclinaciones violentas propias de los seres humanos sin riesgo de equilibrio social. De hecho, desde la creación del coto, tres años atrás, los crímenes habían descendido de su ya muy bajo índice a un treinta por ciento al año en curso.
Preguntado acerca de responsabilidades atribuidas (si los podían meter presos por matar cazadores), Lemma respondió que para el Gobierno los de adentro del coto YA ESTABAN PRESOS, que su pena era estar allí adentro, y que allí adentro reinaba la ley de la selva, que para eso era un coto de caza, obviamente dentro de ciertos límites reglamentarios tendientes a cuidar del equilibrio ecológico. Pero lo bueno, para los de adentro, era que mientras que los cazadores debían ajustarse a leyes y reglamentos en sus actividades predatorias, los de adentro, al estar fuera del marco de la ley como habitantes del coto, no podían ser penalizados, porque tenían, como seres vivientes, derecho a defender sus vidas, y su estilo de vida, ya que no podían evadirlo.
Eran las primeras noticias ciertas que corrían acerca del coto entre ese grupo de personas, así que durante los primeros días Lemma fue un personaje dentro de la horda, al que todos le hacían preguntas y lo llenaban de atenciones.
A Lemma lo ponía nervioso estar entre locos, y, peor aún, no saber cuáles eran los locos y cuáles los criminales, aunque, siempre que alguno se ponía demasiado amable e insistente y repetitivo en sus conductas podía conjeturar que estaba ante un loco. Le costaba acostumbrarse a esa imposibilidad de saber.
miércoles, 23 de diciembre de 2009
24. La bienvenida
Era un hecho. Estaba solo, en el medio del campo.
No podía ser un sueño, eso. Se pellizcó como cinco veces, hasta hacerse doler.
No podían haberlo dejado solo, desnudo, en el medio del campo. Tenía que ser un sueño. Tenía que ser un sueño.
Lemma estaba más extrañado y confundido que atemorizado o indignado. Era algo demasiado estúpido y raro como para asustarse o indignarse. Sólo se sentían pajaritos, y estaba desnudo, y no hacía frío, y no tenía asma. Estaba bien del pecho, mucho mejor que en los (¿cuántos?) días anteriores.
Pero no estaba soñando, ese sol era un sol de veras, un sol de veras que le entibiaba la piel. Esos animales que se movían rápido, roedores o gallinas que se espantaban a su paso, eran demasiado vívidos y a la vez fugaces, nadie puede soñar con tanta precisión ni con tanto vértigo tantos detalles olvidados inmediatamente.
Tuvo un presentimiento feo, pero no quiso pensar que algo así fuera posible, porque sólo los locos, y los criminales con condenas de por vida, iban ahí. No quería ni nombrar el sitio.
Pero no tuvo más remedio que reconocerlo cuando, caminando en busca de agua (era la hora de la siesta; apretaba un calorcito casi tropical, de primavera tropical), escuchó un murmullo de agua y luego un murmullo de gente y vio, a la salida de un bosquecillo, a la vera de un arroyuelo de agua límpida y ruidosa, un grupo de unas treinta o cuarenta personas, la mitad o más desnudos, los otros vestidos a medias o con harapos (en general las mujeres), que lo miraban con confianza, sin la menor sorpresa.
Apocado por una estúpida timidez, que no se debía en absoluto a estar él desnudo sino a su cortedad de carácter, al temor eterno de sentirse de más, molesto, colgado en una situación, sobrante, dijo unos buenos días casi inaudibles. Los más cercanos le contestaron.
No quiso preguntarles nada porque sabía lo que iban a decirle. Prefirió hablar del clima, estúpidamente.
Lindo día, comentó.
Lindo día, contestaron cuatro o cinco entre las caras sonrientes, de bienvenida.
Es nuevo, le dijo uno, afirmando y no preguntando.
Lemma sólo alcanzó a asentir con la cabeza, sin atreverse a más, incómodo porque se acordó en ese instante de que estaba desnudo.
Cada tanto cae alguno, sobre todo en primavera. No se preocupe, no es tan malo. Mi nombre es Juan, dijo uno de ellos.
Enseguida, le preguntaron si sabía dónde estaba.
En el coto, contestó Lemma, casi sin emoción visible.
¿Cómo le dicen?, le preguntaron.
El coto. El coto de caza, el coto lengo, le dice la gente en broma, repitió Lemma.
Hubo algunas risas.
No todos estamos locos, acá adentro, explicó uno. En realidad los más enfermos de todos se fueron muriendo primero, muchos incluso antes de que empezaran las cacerías.
Lemma asintió incómodo por la alusión. Sí, era cierto, lo iban a cazar. Alcanzó a preguntarse mentalmente, pero sin mucho énfasis, por qué, por qué a él. Por qué no a otro, da lo mismo cualquiera, casi se respondió. Da lo mismo afuera que adentro, alcanzó a pensar, ridículamente.
Luego pensó en sus hijos, y en que nunca iba a volver a verlos, y ahí se le llenaron los ojos de lágrimas. Entonces el canoso que llamaban Fernando se acercó a él y le puso una mano sobre el hombro izquierdo, y lo apretó, amistosamente. Lemma se secó las súbitas y pocas lágrimas, y explicó No, lo que pasa que me acordé de mis hijos. Tengo tres hijos, chiquitos.
Muchos tenemos hijos, acá adentro, le dijo Fernando. Con el tiempo uno se acostumbra. No es peor que otras vidas, sobre todo si uno viene del psiquiátrico. Acá tenemos sol, y comida buena. Y además, no se crea que estamos fritos; de vez en cuando tienen que venir a juntar los cuerpos de ellos, los guardabosques.
Lemma asintió, ya repuesto. Sí. Se dice por ahí que los locos… bueno… que ustedes… se están armando. Pero se dice también que el gobierno lo quiere así, para que sea más humano.
Todos se rieron mucho.
Estamos jodidos, che. Nos reímos de nuestra desgracia. Esto se llama fe en la vida, dijo Fernando, dirigiéndose, primero, al grupo, luego, a Lemma.
No podía ser un sueño, eso. Se pellizcó como cinco veces, hasta hacerse doler.
No podían haberlo dejado solo, desnudo, en el medio del campo. Tenía que ser un sueño. Tenía que ser un sueño.
Lemma estaba más extrañado y confundido que atemorizado o indignado. Era algo demasiado estúpido y raro como para asustarse o indignarse. Sólo se sentían pajaritos, y estaba desnudo, y no hacía frío, y no tenía asma. Estaba bien del pecho, mucho mejor que en los (¿cuántos?) días anteriores.
Pero no estaba soñando, ese sol era un sol de veras, un sol de veras que le entibiaba la piel. Esos animales que se movían rápido, roedores o gallinas que se espantaban a su paso, eran demasiado vívidos y a la vez fugaces, nadie puede soñar con tanta precisión ni con tanto vértigo tantos detalles olvidados inmediatamente.
Tuvo un presentimiento feo, pero no quiso pensar que algo así fuera posible, porque sólo los locos, y los criminales con condenas de por vida, iban ahí. No quería ni nombrar el sitio.
Pero no tuvo más remedio que reconocerlo cuando, caminando en busca de agua (era la hora de la siesta; apretaba un calorcito casi tropical, de primavera tropical), escuchó un murmullo de agua y luego un murmullo de gente y vio, a la salida de un bosquecillo, a la vera de un arroyuelo de agua límpida y ruidosa, un grupo de unas treinta o cuarenta personas, la mitad o más desnudos, los otros vestidos a medias o con harapos (en general las mujeres), que lo miraban con confianza, sin la menor sorpresa.
Apocado por una estúpida timidez, que no se debía en absoluto a estar él desnudo sino a su cortedad de carácter, al temor eterno de sentirse de más, molesto, colgado en una situación, sobrante, dijo unos buenos días casi inaudibles. Los más cercanos le contestaron.
No quiso preguntarles nada porque sabía lo que iban a decirle. Prefirió hablar del clima, estúpidamente.
Lindo día, comentó.
Lindo día, contestaron cuatro o cinco entre las caras sonrientes, de bienvenida.
Es nuevo, le dijo uno, afirmando y no preguntando.
Lemma sólo alcanzó a asentir con la cabeza, sin atreverse a más, incómodo porque se acordó en ese instante de que estaba desnudo.
Cada tanto cae alguno, sobre todo en primavera. No se preocupe, no es tan malo. Mi nombre es Juan, dijo uno de ellos.
Enseguida, le preguntaron si sabía dónde estaba.
En el coto, contestó Lemma, casi sin emoción visible.
¿Cómo le dicen?, le preguntaron.
El coto. El coto de caza, el coto lengo, le dice la gente en broma, repitió Lemma.
Hubo algunas risas.
No todos estamos locos, acá adentro, explicó uno. En realidad los más enfermos de todos se fueron muriendo primero, muchos incluso antes de que empezaran las cacerías.
Lemma asintió incómodo por la alusión. Sí, era cierto, lo iban a cazar. Alcanzó a preguntarse mentalmente, pero sin mucho énfasis, por qué, por qué a él. Por qué no a otro, da lo mismo cualquiera, casi se respondió. Da lo mismo afuera que adentro, alcanzó a pensar, ridículamente.
Luego pensó en sus hijos, y en que nunca iba a volver a verlos, y ahí se le llenaron los ojos de lágrimas. Entonces el canoso que llamaban Fernando se acercó a él y le puso una mano sobre el hombro izquierdo, y lo apretó, amistosamente. Lemma se secó las súbitas y pocas lágrimas, y explicó No, lo que pasa que me acordé de mis hijos. Tengo tres hijos, chiquitos.
Muchos tenemos hijos, acá adentro, le dijo Fernando. Con el tiempo uno se acostumbra. No es peor que otras vidas, sobre todo si uno viene del psiquiátrico. Acá tenemos sol, y comida buena. Y además, no se crea que estamos fritos; de vez en cuando tienen que venir a juntar los cuerpos de ellos, los guardabosques.
Lemma asintió, ya repuesto. Sí. Se dice por ahí que los locos… bueno… que ustedes… se están armando. Pero se dice también que el gobierno lo quiere así, para que sea más humano.
Todos se rieron mucho.
Estamos jodidos, che. Nos reímos de nuestra desgracia. Esto se llama fe en la vida, dijo Fernando, dirigiéndose, primero, al grupo, luego, a Lemma.
martes, 22 de diciembre de 2009
23. Trip
Después, todo lo que vino para Lemma fue confuso, como visto de lejos, sin noción del tiempo.
Lo tenían dopado cada minuto, con respirador artificial para que no forzase el pulmón, medio zombi.
Todo el tiempo entraban y salían médicos, varios médicos, y había papeleo como de trámites y conciliábulos en torno a su cama o en el pasillo, frente a la puerta, o eso le pareció. Apenas escuchaba voces y veía todo blanco, los delantales, los azulejos de las paredes, las sábanas, los aparatos, todo de un blanco inmaculado y reluciente.
De la familia, ni noticias, pero Lemma, en su estado, no pensó en eso. En realidad, no pensaba en nada: todo el tiempo le corrían imágenes preoníricas, o directamente dormía como una piedra.
Pero esto se acabó un día (¿el segundo? ¿el quinto? ¿el décimo quinto?) en que, apenas un poco más despabilado que siempre, le preguntó a la enfermera si no habían venido familiares.
La enfermera, con una sonrisa perfecta de propaganda de dentífrico, bella y estilizada, pálida, de ojos claros, le dijo con simpatía profesional que no, que habían avisado pero no había venido nadie. Por otra parte, las visitas eran restringidas en el sector del hospital en el que él estaba.
Preocupado, Lemma preguntó cuántos días llevaba allí. La enfermera, con la misma sonrisa imperturbable, le dijo que ya eran demasiadas preguntas, que no se cansase de gusto, que ya lo iban a sacar como nuevo, y salió de la habitación, repitiéndole de lejos que descansara, que durmiera.
La anestesia o somnífero que le daban le hizo efecto en dos o tres minutos, pero antes de dormirse profundamente, Lemma alcanzó a sentir una inmensa soledad y algo parecido al miedo allí solo en su gigantesca cama blanca, en la gigantesca habitación casi vacía para él solo, como si se hubiera quedado huérfano de golpe. Pensó en sus hijos, los únicos seres que en verdad le importaban, los únicos a los cuales, quizá, él importaba.
Otro día (¿cuándo? ¿cuántos días después de la conversación con la enfermera?), entró un médico sonriente y le dijo, con aire de buena noticia, que iban a trasladarlo.
Lo anestesiaron totalmente y durmió muchísimo, como muchos días. Se despertó a medias en una ambulancia, acompañado por dos enfermeros silenciosos que ni lo miraron. Sólo pudo captar, en segundos de semiconciencia, imágenes borrosas y oscuras del interior de la ambulancia, el movimiento silencioso del auto, frases aisladas y sin ningún sentido preciso. Estaba demasiado débil o dopado para hablar, incluso para pensar en preguntar algo. Se despertaba unos segundos y se dormía en seguida.
Después de todo eso, despertó deslumbrado por un sol fuertísimo, como si estuviera en el medio del campo. Abrió los ojos: estaba en el medio de un campo desconocido, con lomadas, solo, desnudo, totalmente desnudo, entre el bullicio de aves y el brillo fuerte de la primavera.
Lo tenían dopado cada minuto, con respirador artificial para que no forzase el pulmón, medio zombi.
Todo el tiempo entraban y salían médicos, varios médicos, y había papeleo como de trámites y conciliábulos en torno a su cama o en el pasillo, frente a la puerta, o eso le pareció. Apenas escuchaba voces y veía todo blanco, los delantales, los azulejos de las paredes, las sábanas, los aparatos, todo de un blanco inmaculado y reluciente.
De la familia, ni noticias, pero Lemma, en su estado, no pensó en eso. En realidad, no pensaba en nada: todo el tiempo le corrían imágenes preoníricas, o directamente dormía como una piedra.
Pero esto se acabó un día (¿el segundo? ¿el quinto? ¿el décimo quinto?) en que, apenas un poco más despabilado que siempre, le preguntó a la enfermera si no habían venido familiares.
La enfermera, con una sonrisa perfecta de propaganda de dentífrico, bella y estilizada, pálida, de ojos claros, le dijo con simpatía profesional que no, que habían avisado pero no había venido nadie. Por otra parte, las visitas eran restringidas en el sector del hospital en el que él estaba.
Preocupado, Lemma preguntó cuántos días llevaba allí. La enfermera, con la misma sonrisa imperturbable, le dijo que ya eran demasiadas preguntas, que no se cansase de gusto, que ya lo iban a sacar como nuevo, y salió de la habitación, repitiéndole de lejos que descansara, que durmiera.
La anestesia o somnífero que le daban le hizo efecto en dos o tres minutos, pero antes de dormirse profundamente, Lemma alcanzó a sentir una inmensa soledad y algo parecido al miedo allí solo en su gigantesca cama blanca, en la gigantesca habitación casi vacía para él solo, como si se hubiera quedado huérfano de golpe. Pensó en sus hijos, los únicos seres que en verdad le importaban, los únicos a los cuales, quizá, él importaba.
Otro día (¿cuándo? ¿cuántos días después de la conversación con la enfermera?), entró un médico sonriente y le dijo, con aire de buena noticia, que iban a trasladarlo.
Lo anestesiaron totalmente y durmió muchísimo, como muchos días. Se despertó a medias en una ambulancia, acompañado por dos enfermeros silenciosos que ni lo miraron. Sólo pudo captar, en segundos de semiconciencia, imágenes borrosas y oscuras del interior de la ambulancia, el movimiento silencioso del auto, frases aisladas y sin ningún sentido preciso. Estaba demasiado débil o dopado para hablar, incluso para pensar en preguntar algo. Se despertaba unos segundos y se dormía en seguida.
Después de todo eso, despertó deslumbrado por un sol fuertísimo, como si estuviera en el medio del campo. Abrió los ojos: estaba en el medio de un campo desconocido, con lomadas, solo, desnudo, totalmente desnudo, entre el bullicio de aves y el brillo fuerte de la primavera.
lunes, 21 de diciembre de 2009
22. Etnografía y política
No sólo había locos en el coto. Había también criminales terminales, condenados a cadena perpetua o a siglos de cárcel por crímenes terribles o por acumulación de ellos.
Alfredo era uno.
Cayó cuando empezaron a caer nuevos contingentes, el segundo año. Los del segundo año eran no locos. Estaba claro al contarlo ellos, y también porque lloraban y entraban en crisis nerviosas cuando les decían lo que pasaba allí, qué era eso sin nombre para ellos en lo que vivían, y cuando les aclaraban, como de paso, entre otros detalles, que de vez en cuando personas vestidas los cazaban con ballesta.
Muchos otros se agarraban tremendas rabietas, y otros trataban de adueñarse de la situación, de imponer dentro de la horda que le había tocado en suerte la ley del más fuerte.
Pero en una horda los indeseables sociales son reprimidos sin remisión, y, en el caso de insistencia, muertos a garrotazos por la mayoría: no se puede vivir con indeseables sociales. No hay instituciones, ni margen para escapar al castigo, ni ley precisa más que las consuetudinarias, más que las marcadas por la mayoría. Tampoco hay líderes permanentes. Según el tema tocado, surgen liderazgos provisionales; para algunas especialidades, se deja el asunto a los que se sabe que lo hacen mejor que los demás: pescar o cazar animales chicos con palos afilados, disparar flechas de ballesta desde lejos a grupos de cazadores que merodean en la zona, realizar golpes de mano (a esa altura, ya perfeccionados y llevados a la práctica con precisión y efectividad casi infalible) para robar y matar a cazadores, a la noche. En la horda todo se discute, aunque a la corta o a la larga se hace lo que quieren los más carismáticos, los más autorizados por su capacidad de convencimiento o por sus antecedentes en el tema discutido.
Alfredo aprendió eso bien rápido, a la primera vez que le quitó una cantimplora a un loco, el loco se quejó ante sus compañeros, y de inmediato siete u ocho de ellos, junto al loco robado, lo apalearon hasta dejarlo groggy y lleno de heridas y golpes.
Tenía unos cuarenta y cinco años, era más bien delgado y ágil, sin un gramo de grasa y fibroso aunque no de una gran masa muscular, de una altura de un metro setenta y siete o setenta y ocho: un poco arriba del promedio, en todo. Tenía una mirada fría, helada, capaz de helar a un contrincante. Era el típico preso al que ya no le importa nada. Tanto, que recibió esta especie de libertad parcial o cárcel casi infinita como una buena nueva.
Debía dieciséis muertes en asaltos y ajustes de cuentas, varias de ellas contra policías. Afuera del coto había llegado a ser famoso por un tiempo en los diarios, antes de que lo encerraran, doce años atrás, y lo hundieran en el olvido de una prisión de máxima seguridad.
Sabía manejar armas, podría aprender rápido a manejar una ballesta. Sin embargo necesitaba que confiasen en él, para eso tenía que pasar tiempo, lo tenían que conocer, se los tenía que ganar. De manera que se convirtió en “ciudadano modelo y obediente” de la horda. Cumplía las humildes tareas de ayuda y acarreo que se le encargaban a los nuevos y a los más débiles. Consolaba y cuidaba a los enfermos. Se ofrecía para las tareas de fuerza.
Con el tiempo, alguno, probablemente Juan, lo nombró como alguien apto para los asaltos y emboscadas a los cazadores. Los otros cabecillas asintieron. Era un tipo de fiar, sereno, callado, respetuoso. Nunca opinaba si no le preguntaban. Siempre ayudaba a los más necesitados. En las frecuentes huidas, llevaba alzados uno o dos bebés de los que ya habían nacido el primer año.
Pese al conocimiento de los campos y todas las precauciones y tácticas de detección y huida, las cacerías se daban de vez en cuando, dos o tres veces por mes término medio, y había que esquivarlos y desorientarlos, y siempre moría alguno. Pero con los golpes comando cada vez había más locos (y no locos) armados con ballesta, y eso comenzaba a parecerse menos a una cacería que a una guerra microscópica y cruenta, hecha de emboscadas y golpes de mano de ambas partes.
Pero todos los meses cazaban a alguno. Era algo aceptado como inevitable, era parte de su realidad cotidiana. Los que morían eran olvidados rápidamente, no había mucho espacio para sentimentalismos generales: la muerte era algo bien presente, y le podía tocar a cualquiera en cualquier momento.
Respecto de la llegada al coto de individuos claramente “no locos”, los enfermos paranoicos de la horda se imaginaron historias conspirativas. Enfermos terminales o “terminalizados” estaban siendo traídos para cubrir “vacantes” y mantener el número. También, seguro, enemigos políticos y toda clase de indeseables sociales, incluso ex cazadores. Para otros, se estaba tratando de esconder una crisis económica, de ocultar la desocupación incipiente con la desaparición de personas, con su licuación hasta el coto.
Los locos llenaban los atardeceres junto a un arroyuelo o en el claro de un bosque hablando de estos temas.
Alfredo era uno.
Cayó cuando empezaron a caer nuevos contingentes, el segundo año. Los del segundo año eran no locos. Estaba claro al contarlo ellos, y también porque lloraban y entraban en crisis nerviosas cuando les decían lo que pasaba allí, qué era eso sin nombre para ellos en lo que vivían, y cuando les aclaraban, como de paso, entre otros detalles, que de vez en cuando personas vestidas los cazaban con ballesta.
Muchos otros se agarraban tremendas rabietas, y otros trataban de adueñarse de la situación, de imponer dentro de la horda que le había tocado en suerte la ley del más fuerte.
Pero en una horda los indeseables sociales son reprimidos sin remisión, y, en el caso de insistencia, muertos a garrotazos por la mayoría: no se puede vivir con indeseables sociales. No hay instituciones, ni margen para escapar al castigo, ni ley precisa más que las consuetudinarias, más que las marcadas por la mayoría. Tampoco hay líderes permanentes. Según el tema tocado, surgen liderazgos provisionales; para algunas especialidades, se deja el asunto a los que se sabe que lo hacen mejor que los demás: pescar o cazar animales chicos con palos afilados, disparar flechas de ballesta desde lejos a grupos de cazadores que merodean en la zona, realizar golpes de mano (a esa altura, ya perfeccionados y llevados a la práctica con precisión y efectividad casi infalible) para robar y matar a cazadores, a la noche. En la horda todo se discute, aunque a la corta o a la larga se hace lo que quieren los más carismáticos, los más autorizados por su capacidad de convencimiento o por sus antecedentes en el tema discutido.
Alfredo aprendió eso bien rápido, a la primera vez que le quitó una cantimplora a un loco, el loco se quejó ante sus compañeros, y de inmediato siete u ocho de ellos, junto al loco robado, lo apalearon hasta dejarlo groggy y lleno de heridas y golpes.
Tenía unos cuarenta y cinco años, era más bien delgado y ágil, sin un gramo de grasa y fibroso aunque no de una gran masa muscular, de una altura de un metro setenta y siete o setenta y ocho: un poco arriba del promedio, en todo. Tenía una mirada fría, helada, capaz de helar a un contrincante. Era el típico preso al que ya no le importa nada. Tanto, que recibió esta especie de libertad parcial o cárcel casi infinita como una buena nueva.
Debía dieciséis muertes en asaltos y ajustes de cuentas, varias de ellas contra policías. Afuera del coto había llegado a ser famoso por un tiempo en los diarios, antes de que lo encerraran, doce años atrás, y lo hundieran en el olvido de una prisión de máxima seguridad.
Sabía manejar armas, podría aprender rápido a manejar una ballesta. Sin embargo necesitaba que confiasen en él, para eso tenía que pasar tiempo, lo tenían que conocer, se los tenía que ganar. De manera que se convirtió en “ciudadano modelo y obediente” de la horda. Cumplía las humildes tareas de ayuda y acarreo que se le encargaban a los nuevos y a los más débiles. Consolaba y cuidaba a los enfermos. Se ofrecía para las tareas de fuerza.
Con el tiempo, alguno, probablemente Juan, lo nombró como alguien apto para los asaltos y emboscadas a los cazadores. Los otros cabecillas asintieron. Era un tipo de fiar, sereno, callado, respetuoso. Nunca opinaba si no le preguntaban. Siempre ayudaba a los más necesitados. En las frecuentes huidas, llevaba alzados uno o dos bebés de los que ya habían nacido el primer año.
Pese al conocimiento de los campos y todas las precauciones y tácticas de detección y huida, las cacerías se daban de vez en cuando, dos o tres veces por mes término medio, y había que esquivarlos y desorientarlos, y siempre moría alguno. Pero con los golpes comando cada vez había más locos (y no locos) armados con ballesta, y eso comenzaba a parecerse menos a una cacería que a una guerra microscópica y cruenta, hecha de emboscadas y golpes de mano de ambas partes.
Pero todos los meses cazaban a alguno. Era algo aceptado como inevitable, era parte de su realidad cotidiana. Los que morían eran olvidados rápidamente, no había mucho espacio para sentimentalismos generales: la muerte era algo bien presente, y le podía tocar a cualquiera en cualquier momento.
Respecto de la llegada al coto de individuos claramente “no locos”, los enfermos paranoicos de la horda se imaginaron historias conspirativas. Enfermos terminales o “terminalizados” estaban siendo traídos para cubrir “vacantes” y mantener el número. También, seguro, enemigos políticos y toda clase de indeseables sociales, incluso ex cazadores. Para otros, se estaba tratando de esconder una crisis económica, de ocultar la desocupación incipiente con la desaparición de personas, con su licuación hasta el coto.
Los locos llenaban los atardeceres junto a un arroyuelo o en el claro de un bosque hablando de estos temas.
viernes, 18 de diciembre de 2009
21. El último gesto
Estos eran los dos temas urticantes en las elecciones presidenciales del 55, y la gente, que daba por descontado el triunfo del candidato del Partido, esperaba sin embargo un paquete de medidas iniciales del nuevo gobierno que planteara soluciones definitivas a futuro sobre estos temas, al estilo de las grandes presidencias de Mosse y Mallardi.
En el discurso de asunción, Ortiz anunció las medidas principales de cara a su período de gobierno, y, más allá de las obvias señales de continuismo de las políticas del Partido a todos los niveles, sorprendió a la sociedad con una solución integral al problema de la caza furtiva y de los locos: la creación de un coto de caza en la provincia de Entre Ríos, donde se cazarían no especies animales sino seres humanos. Esto cumpliría varias funciones: primero, todos los procesados por caza o tala furtiva recibirían como pena el confinamiento en el coto; segundo, se destinaría al coto a todos los enfermos mentales irrecuperables para el circuito productivo; en caso de que fuera necesario, se destinaría también al coto de caza a todos los condenados a penas de por vida.
Para esto, se despoblaría totalmente la provincia de Entre Ríos y se la reforestaría como una reserva natural (un viejo sueño de Mosse, por fin cumplido), estableciendo en las antiguas ciudades a orillas de los ríos postas de guardabosques y posadas para los cazadores, que tendrían que tener licencia de tales, y estarían claramente identificados al entrar al coto y dentro de él, y deberían cumplir con un reglamento severísimo en cuanto al respeto a las especies animales y vegetales, y aún a los seres humanos a cazar. En un discurso erudito elogiado por la intelectualidad argentina en una Carta Abierta que proliferó, con miles de firmas, por todas las publicaciones periódicas del país, y previniendo las seguras críticas del humanismo internacional al hecho de que se cazaran seres humanos, Ortiz citó la Ética de Spinoza, que objeta la idea (reinante desde el Génesis hasta el cartesianismo, y nunca objetada de veras en la Modernidad) de entender a la humanidad como cúspide de la existencia, como pináculo de la creación o cualesquiera otro subterfugio que le otorgara a la especie un status ontológico privilegiado: el universo ha existido miles de millones de años sin humanidad, y otro tanto ocurrirá cuando la humanidad haya desaparecido, argumentó; la vida individual y la existencia de la especie humana, añadió, en sí sagradas, toman su sacralidad de entes también sagrados que los engloban y cuya existencia es, por lo tanto, más importante: la de la vida (asegurada por la biodiversidad y por un bioma no contaminado y agresivo) y la del universo. El Partido, pontificó Ortiz, superaba por fin la dicotomía res extensa / res cogitans, donde la conciencia, epítome de la humanidad y entendida individualmente, aislada de su ser-con-los-otros, recibía la coartada filosófica para la monstruosidad del capitalismo (burgués o comunista): abocarse al dominio y la depredación de los entes, olvidando el ser, es decir, la sacralidad de la vida y del universo (entendidas en un sentido no deísta), y convirtiendo a las mismas personas en res extensa a explotar, de lo cual, acotó con desdén, eran testimonio bien claro viejas metáforas como "Recursos Humanos".
La propuesta presidencial fue recibida con entusiasmo por los organismos defensores de los derechos de los animales, y aprobada por la población en general.
Consultado, en rueda periodística posterior a la asunción del nuevo presidente, y en su último acto público antes de iniciar dos años sabáticos de viajes por el exterior (entre otros motivos para recibir, tardíamente, el Premio Nobel de la Paz), sobre la creación del coto, Mallardi opinó, con el tono asertivo, definitivo y sentencioso de los ancianos sabios, y citando el Nuevo Testamento, que así como era preferible la muerte de uno en lugar de la muerte de todo un pueblo, también era preferible la muerte de unos cuantos seres humanos improductivos socialmente en virtud de proteger la biodiversidad, que, como todos sabemos, es el bien supremo que debe regir los actos de los hombres.
La última pregunta que le hicieron al ya ex presidente a la salida del Congreso fue si pensaba postularse nuevamente a la presidencia alguna vez. El anciano caudillo recordó que uno de los mayores síntomas de salud de la democracia era la alternancia de nombres en la primera magistratura: en un sistema dictatorial, pontificó, o en una democracia personalista, el individuo tiende a perpetuarse en el poder en desmedro del bien general; en una democracia cooperativista y horizontalista, diferenció, un mal presidente puede ser cambiado a los cuatro o a los ocho años, y los perjuicios del excesivo personalismo pueden ser evitados con una medida sabia como la de los Estados Unidos, donde, después de Roosevelt, la Constitución sólo permite a una persona ejercer la presidencia hasta por dos períodos consecutivos o no, y luego nunca más. Por esa razón, agregó, con sus colaboradores estaba elaborando una nueva propuesta para reformar la Constitución en este sentido, y coronar así treinta y dos años de evolución cívica, ecológica, social y económica de la Argentina. No obstante, sonrió pícaramante, luego de sus dos años sabáticos se pondría a disposición del presidente para servir como ministro o jefe de Gabinete, si él así lo disponía, ya que hoy por hoy, una persona de sesenta y nueve años está en la flor de la edad.
Después se fue, saludando a la multitud apiñada en la plaza.
jueves, 17 de diciembre de 2009
20. The next generation
El 10 de diciembre de 2055, Manuel Mallardi abandonó la presidencia a los sesenta y siete años. Por primera vez en treinta y dos años del Partido en el poder, ni él ni el ya fallecido Mosse, los dos padres fundadores de la nueva Argentina, ocupaban la primera magistratura.
Era un momento clave en la evolución del movimiento; durante tres décadas, cuatro contando desde la primera elección como concejal de Mallardi en el 2015, el Partido había bregado, con ellos a la cabeza, por crear una nueva cultura argentina, un cambio total en lo material, intelectual, moral, que superara el individualismo parasitario y anómico y se plasmara en una mentalidad cooperativista, solidaria, integrada. Todo eso había sido logrado, con ellos.
¿Cómo sería todo sin ellos dos?
Porque, Mallardi lo había aclarado antes de entregar la banda presidencial, el nuevo presidente dispondría de libertad absoluta, dentro de los lineamientos ideológicos del partido, para darle a su gestión un perfil propio, personal. Para eso era el presidente.
Pero muchas cosas habían cambiado en el país. En el 2015, el Partido representaba una oportunidad de cambio, y era antiestablishment. En el 2047, el Partido REPRESENTABA AL ESTABLISHMENT que él mismo había creado. La diferencia entre aquél y éste status quo era la total integración de la sociedad en cuanto al interés general, material y espiritual; tanto la clase dirigente como los empleados de más bajo rango vivían bien, veían el futuro con optimismo; la nueva clase dirigente, a nivel económico y político, miraba el mundo con otros ojos, con otra seguridad, dándole importancia preeminente a los asuntos e intereses internos y no fijándose en la “comunidad internacional”, las grandes potencias nacionales o continentales y los mecanismos financieros internacionales salvo que hubiera una circunstancia particular de interés común. En general, los otros países eran vistos como potenciales consumidores de los productos argentinos, empezando por el turismo y extendiéndose a las exportaciones de alimentos orgánicos. En asuntos internacionales, el país practicaba el abstencionismo siempre que sonaran a imperialismo e imposición de la fuerza sobre países más débiles, y en cada caso asumía posiciones a favor de los países deudores y pobres respecto de las potencias mundiales o del capital transnacionalizado. Así, rescataba la esencia de la sarmientina frase "la victoria no da derechos", la vieja doctrina Drago y el tercermundismo del siglo XX, que el Partido consideraba la mejor tradición política argentina en el ámbito internacional. Eso a su vez le había creado una antipatía entre las otras potencias, pero a la Argentina eso no la afectaba: sus mercados eran principalmente consumidores individuales en cuanto al turismo, y países asiáticos (India y China sobre todo) en cuanto a las exportaciones: la Argentina era autosuficiente en todos los aspectos económicos de recursos, reservas, tecnología y producción.
Ortiz, el nuevo presidente, era parte de esta nueva clase dirigente. Tenía cincuenta años (el mínimo exigido por la ley). Había votado por primera vez en las presidenciales que consagraron a Mosse. Había desarrollado, durante su carrera universitaria, una gran vocación política signada por la voluntad de cambio y de servicio público de los dos líderes del partido. Había hecho todo el cursus honorum de la política, desde concejal, secretario municipal, intendente, legislador provincial, funcionario provincial, gobernador, diputado, senador, ministro de la Nación, hasta llegar al máximo cargo político del país. Se lo ponderaba por su serenidad y moderación, no exentas de firmeza y charme político. Su presidencia se inició con una voluntad claramente continuista. Siempre quedaban asuntos por resolver, la resolución de viejos problemas ponía en foco otros, cada vez más finos, y hacía surgir a su vez otros problemas nuevos. La clave era gestión, organización, ejecutividad, energía, prudencia, señaló durante su campaña.
En el país no había ni analfabetismo funcional ni desocupación permanente. El nivel de vida de los sectores más bajos era el más alto de su clase en el mundo. Los índices de crecimiento de Argentina eran altísimos, y lo que entraba se repartía bien entre los empresarios y los trabajadores, lo que daba a su vez un mercado de consumo interno muy importante. El Banco Central tenía reservas permanentes por trescientos mil billones de dólares. Había financiamiento y productividad y mercados para los productos argentinos. La rueda, en cierto sentido, giraba sola.
Era un momento clave en la evolución del movimiento; durante tres décadas, cuatro contando desde la primera elección como concejal de Mallardi en el 2015, el Partido había bregado, con ellos a la cabeza, por crear una nueva cultura argentina, un cambio total en lo material, intelectual, moral, que superara el individualismo parasitario y anómico y se plasmara en una mentalidad cooperativista, solidaria, integrada. Todo eso había sido logrado, con ellos.
¿Cómo sería todo sin ellos dos?
Porque, Mallardi lo había aclarado antes de entregar la banda presidencial, el nuevo presidente dispondría de libertad absoluta, dentro de los lineamientos ideológicos del partido, para darle a su gestión un perfil propio, personal. Para eso era el presidente.
Pero muchas cosas habían cambiado en el país. En el 2015, el Partido representaba una oportunidad de cambio, y era antiestablishment. En el 2047, el Partido REPRESENTABA AL ESTABLISHMENT que él mismo había creado. La diferencia entre aquél y éste status quo era la total integración de la sociedad en cuanto al interés general, material y espiritual; tanto la clase dirigente como los empleados de más bajo rango vivían bien, veían el futuro con optimismo; la nueva clase dirigente, a nivel económico y político, miraba el mundo con otros ojos, con otra seguridad, dándole importancia preeminente a los asuntos e intereses internos y no fijándose en la “comunidad internacional”, las grandes potencias nacionales o continentales y los mecanismos financieros internacionales salvo que hubiera una circunstancia particular de interés común. En general, los otros países eran vistos como potenciales consumidores de los productos argentinos, empezando por el turismo y extendiéndose a las exportaciones de alimentos orgánicos. En asuntos internacionales, el país practicaba el abstencionismo siempre que sonaran a imperialismo e imposición de la fuerza sobre países más débiles, y en cada caso asumía posiciones a favor de los países deudores y pobres respecto de las potencias mundiales o del capital transnacionalizado. Así, rescataba la esencia de la sarmientina frase "la victoria no da derechos", la vieja doctrina Drago y el tercermundismo del siglo XX, que el Partido consideraba la mejor tradición política argentina en el ámbito internacional. Eso a su vez le había creado una antipatía entre las otras potencias, pero a la Argentina eso no la afectaba: sus mercados eran principalmente consumidores individuales en cuanto al turismo, y países asiáticos (India y China sobre todo) en cuanto a las exportaciones: la Argentina era autosuficiente en todos los aspectos económicos de recursos, reservas, tecnología y producción.
Ortiz, el nuevo presidente, era parte de esta nueva clase dirigente. Tenía cincuenta años (el mínimo exigido por la ley). Había votado por primera vez en las presidenciales que consagraron a Mosse. Había desarrollado, durante su carrera universitaria, una gran vocación política signada por la voluntad de cambio y de servicio público de los dos líderes del partido. Había hecho todo el cursus honorum de la política, desde concejal, secretario municipal, intendente, legislador provincial, funcionario provincial, gobernador, diputado, senador, ministro de la Nación, hasta llegar al máximo cargo político del país. Se lo ponderaba por su serenidad y moderación, no exentas de firmeza y charme político. Su presidencia se inició con una voluntad claramente continuista. Siempre quedaban asuntos por resolver, la resolución de viejos problemas ponía en foco otros, cada vez más finos, y hacía surgir a su vez otros problemas nuevos. La clave era gestión, organización, ejecutividad, energía, prudencia, señaló durante su campaña.
En el país no había ni analfabetismo funcional ni desocupación permanente. El nivel de vida de los sectores más bajos era el más alto de su clase en el mundo. Los índices de crecimiento de Argentina eran altísimos, y lo que entraba se repartía bien entre los empresarios y los trabajadores, lo que daba a su vez un mercado de consumo interno muy importante. El Banco Central tenía reservas permanentes por trescientos mil billones de dólares. Había financiamiento y productividad y mercados para los productos argentinos. La rueda, en cierto sentido, giraba sola.
miércoles, 16 de diciembre de 2009
19. El horror, lo otro
Eligió Tandil porque era un centro histórico y los chicos no conocían, con la casa de Mosse, la casa de Mallardi, el gigantesco monumento a Mosse en la manzana donde hasta una década atrás habían estado el ACA y el Banco de la Provincia de Buenos Aires (cuarenta metros de altura señalando al este, al amanecer, como un símbolo del renacimiento argentino). Además, había una reconstrucción del viejo Fuerte, que estaba abajo de la misma planta céntrica, y el mayor complejo paisajístico del país vistiendo las sierras, lomas y llanuras de todo el partido. La zona más rica del país, con mayor ingreso per cápita, con mayores índices de crecimiento. Algunos políticos locales, locos, querían convertir a Tandil en nueva capital de la Nación, y ponerle Ciudad Mosse, o simplemente Pablo Mosse. Cosas de políticos. Era casi una demasía, porque a unos pocos kilómetros, donde estaban los restos edilicios de la ciudad natal de Mosse, Juárez, estaba el museo histórico, con cada manzana desierta y resguardada, las fotos de su álbum familiar, el jardín de su casa diseñado por el padre (ingeniero agrónomo y eximio paisajista), el shopping para llevarse merchandinsing o remeras con la cara de Mosse, en una pose y con una boina que remedaba la foto más famosa del Che Guevara: los pibes la compraban de a millones, la plata iba para los hospitales públicos; Mosse, decía la gente, sigue haciendo obras aún después de muerto.
Lemma había estado en Tandil de joven, en viaje de egreso, en noches de boliches; la ciudad estaba llena de esos lugares, desde barcitos íntimos o pubs de viejo hasta tremendas discotecas donde los jóvenes en viaje de egresados pasaban noches de desenfreno.
Pero ahora era distinto: el casco había crecido y cambiado hasta lo desconocido, salvo los dos centros históricos y algunos edificios, entre ellos la estación, de viejo estilo inglés, preciosa, con ladrillos a la vista y pisos de arenilla blanca. Tomaron un taxi que los llevó hasta un alojamiento en pleno centro: Pasaje Juan Fugl, una casa vieja, toda para ellos, pagada obviamente por la obra social.
El primer día pasearon por el casco urbano, antes de comerse un asado a la nochecita. El segundo visitaron los sitios históricos (el monumento a Mosse estaba a media cuadra). El tercer día salieron en un tour a conocer la campiña y a hacer picnic al aire libre. Al cuarto día lo mismo, pero volvió a caer agua a baldazos y hubo que volverse. La lluvia lo agarró desprevenido, en remerita (una lluvia traída del océano, furiosa y breve, pero que oscureció el resto del día y lo dejó pegajoso, pesado): el viernes se despertó con más tos de la que había venido; no pudo ni salir a la calle. Los hijos llamaron a un médico local, porque Lemma no podía decir palabra: estaba ronco y afónico, se ahogaba a la primera sílaba y estaba dos minutos tosiendo.
El médico lo miró realmente preocupado: era un asma machaza. Le preguntó si había tomado medicamentos. Lemma asintió, y agregó, como pudo que había venido precisamente a curarse. El resto lo dijeron los chicos, porque Lemma dejó la voz en esa frase. El médico le recetó una semana de reposo absoluto, sin salir más que de la pieza al baño. Los chicos dijeron que el papá tenía licencia hasta el domingo. El médico, de todos modos, le recetó el descanso, así que no habría problemas con el trabajo, los tranquilizó.
Pero el lunes a las tres y media de la tarde, aburrido, Lemma se fue, con asma, hijos y todo, para su departamento de Almagro, a guardar reposo allí.
Cuando llegaron a Buenos Aires, más humedad, con un calor sofocante. Pese a los remedios, seguía tosiendo, y estaba ronco; a las cinco palabras se quedaba de vuelta sin voz.
El médico de cabecera lo fue a visitar el jueves y, cuando lo revisó, dijo con preocupación visible que Lemma tenía un severo ataque de asma, un pulmón muy afectado, algo rarísimo por lo rápido de su desarrollo, que tenían que internarlo cuanto antes.
Para que no hubiera complicaciones innecesarias, lo pasó a buscar de inmediato una ambulancia y lo llevó directo al Italiano. Todo se hizo tan rápido que tuvo que dejar dicho al portero que lo internaban, sin saber a dónde. Hizo el viaje en penumbras en la ambulancia, breve, y a la media hora estaba instalado en una enorme habitación blanca para él solo, con tranquilizantes, suero y respirador artificial.
A él le pareció una exageración, pensó antes de adormecerse, lo del respirador artificial, pero en realidad era lindo, placentero. Quedó en una larga somnolencia que no alcanzaba a ser sueño, viendo imágenes de su infancia, jugando con los primos del campo, un día de verano y de sol seco, entre pasto y patos y gallinas ambulantes, todo mezclado con los ecos graves y como en reverberancia que se producían en los gigantescos pasillos del hospital, aún en su habitación enorme y vacía, a cada paso esporádico de un médico o de la enfermera.
Era todo solitario, y silencioso, y gigantesco, y quizá por eso se sentía como un niño, feliz como un niño, sin que le importara el futuro, feliz de estar allí. Se durmió la primera noche con la enfermera tomándole el pulso, y soñó todo el tiempo con paisajes hermosos, con jardines y bosquecillos y arroyuelos de agua límpida que corrían bajo sus pies descalzos.
martes, 15 de diciembre de 2009
18. Bautismo de fuego
Escogieron a los diez más rápidos de las tres hordas coaligadas y le tendieron una celada a un grupo de nueve cazadores: los restantes integrantes de las hordas se dedicaron a varearlos durante tres días sembrando huellas contradictorias, andando casi a la vista pero sin dejarse agarrar. Los diez elegidos aguaitaban, a la espera de que se cansaran.
Tres días de persecución infructuosa, sin poder siquiera avistar a la presunta horda que seguían, agotaron, anímica y físicamente, a los cazadores. Hicieron alto a la tercera noche en un bosquecillo que a Clara y a Juan les pareció ideal para emboscarlos. Los cazadores fueron lo bastante tontos o incautos como para dormirse sin dejar una guardia: jamás un loco había atacado a un cazador: era tan inverosímil como si las liebres les tirasen a las escopetas, como dirían los viejos.
Bien pasada la medianoche, los diez elegidos se descolgaron de los árboles y se acercaron cada uno a un dormido. A la señal convenida, cada cual mató al suyo a garrotazos en la cabeza. Apenas alguno alcanzó a dar un grito. Luego les sacaron las ropas, las mochilas, las cantimploras, las flechas metálicas, las ballestas, las bolsas de dormir, toda la comida, y se alejaron rápidamente, abandonando nueve cadáveres desnudos con los sesos regados por el suelo. Quedaron reventados, sin cara, un guiñapo donde antes había estado una cabeza: el miedo es feroz, y no perdona: era la primera vez que podían verle las caras a los cazadores; eran iguales a ellos, personas, personas como ellos.
Clara estuvo toda la noche llorando inconsolable, repitiendo eso: que eran personas, personas iguales a ellos, los que los estaban matando; no es que le impresionase haber matado personas (más bien había sentido un placer inusitado). Lo horroroso era lo otro, que personas los cazasen, que personas como ellos los cazasen.
Tres días de persecución infructuosa, sin poder siquiera avistar a la presunta horda que seguían, agotaron, anímica y físicamente, a los cazadores. Hicieron alto a la tercera noche en un bosquecillo que a Clara y a Juan les pareció ideal para emboscarlos. Los cazadores fueron lo bastante tontos o incautos como para dormirse sin dejar una guardia: jamás un loco había atacado a un cazador: era tan inverosímil como si las liebres les tirasen a las escopetas, como dirían los viejos.
Bien pasada la medianoche, los diez elegidos se descolgaron de los árboles y se acercaron cada uno a un dormido. A la señal convenida, cada cual mató al suyo a garrotazos en la cabeza. Apenas alguno alcanzó a dar un grito. Luego les sacaron las ropas, las mochilas, las cantimploras, las flechas metálicas, las ballestas, las bolsas de dormir, toda la comida, y se alejaron rápidamente, abandonando nueve cadáveres desnudos con los sesos regados por el suelo. Quedaron reventados, sin cara, un guiñapo donde antes había estado una cabeza: el miedo es feroz, y no perdona: era la primera vez que podían verle las caras a los cazadores; eran iguales a ellos, personas, personas como ellos.
Clara estuvo toda la noche llorando inconsolable, repitiendo eso: que eran personas, personas iguales a ellos, los que los estaban matando; no es que le impresionase haber matado personas (más bien había sentido un placer inusitado). Lo horroroso era lo otro, que personas los cazasen, que personas como ellos los cazasen.
lunes, 14 de diciembre de 2009
17. Testamento
Vuelve en medio de la euforia popular que acarrea su nombre, ya legendario, talismánico para el hombre común. Trae un ambicioso plan de reestructuración demográfica y de aprovechamiento intensivo y exhaustivo de los recursos naturales, artificiales y del espacio, para que ninguna porción del territorio quede sin hacer su aporte al bienestar nacional, así como se había logrado con las personas. También se propone una campaña de exterminación de la tala de árboles y la caza furtiva, y una reforma de la Constitución Nacional para no permitir el ingreso irrestricto de extranjeros, con algunos miramientos para los países socios del Mercosur: tienen que entrar con un trabajo conseguido con contrato por un año como mínimo; los demás sólo pueden hacer turismo.
Otros puntos de su plan de gobierno: jornada laboral de seis horas para todo el mundo, de lunes a jueves; consiguiente organización del ocio; en las grandes ciudades, organización del espacio de modo que el trabajo y el hogar queden en un radio pequeño, con el objetivo de mejorar la calidad de vida, la cantidad de horas libres por día, y acabar con el problema del tráfico. En lo tecnológico, un plan de experimentación y construcción a escala nacional de nuevos autos ecológicos, potentes y baratos, con el establecimiento de una categoría de automovilismo deportivo sólo con esos autos, para promover el producto a través de los canales deportivos internacionales. Además, la producción paisajística, forestal y faunística se reúne en un plan integral para cubrir cada centímetro cuadrado del territorio argentino que no se utilice para turismo, producción o vivienda.
Desde el principio, trata de concentrar a la población en ciudades de tamaño intermedio, que ya la experiencia ha comprobado como las más dinámicas a nivel productivo, como las más sanas políticamente, como las más integradas en lo social, con capacidad productiva propia y especializada, de manejo de las reservas y granjas de producción agrícola ganadera desde la ciudad y con el principio de mínimo traslado hacia ellas.
Para una población estabilizada en unos cincuenta millones de habitantes, Mosse postula el ideal de cinco mil ciudades de cien mil habitantes, o dos mil de no más de trescientos mil. Como sabe que esto es imposible en el corto y mediano plazo, se conforma con imponer fuertes restricciones al crecimiento de las poblaciones más grandes. Por ejemplo: Buenos Aires, no más de tres millones, seis en el conurbano; Córdoba, Rosario y Mendoza, no más de un millón y medio; San Miguel de Tucumán, La Plata, Mar del Plata, Salta, Santa Fe, no más de un millón; Neuquén, Resistencia, Corrientes, San Juan, no más de quinientos mil; Bahía Blanca, Posadas, San Salvador de Jujuy, Santiago del Estero-La Banda, Formosa, no más de cuatrocientos mil; San Luis, La Rioja, Trelew-Rawson, San Carlos de Bariloche, trescientos mil; Río Cuarto, Reconquista-Avellaneda, San Rafael, San Nicolás de los Arroyos, Tandil, Comodoro Rivadavia, Villa Mercedes, Santa Rosa, Río Gallegos, doscientos mil; Villa María-Villa Nueva, San Francisco-Frontera, Villa Carlos Paz, Rafaela, Venado Tuerto, San Martín (Mendoza), Pergamino, Junín, Olavarría, Necochea, Luján, San Ramón de la Nueva Orán, Tartagal, Cutralcó, Presidencia Roque Sáenz Peña, El Dorado, Puerto Iguazú, Clorinda, Puerto Madryn, Cipolletti, General Roca, Viedma, Río Grande, Ushuaia, ciento cincuenta mil; Río Tercero, Bell Ville, Villa Dolores, Cruz del Eje, Marcos Juárez, Cosquín, Laboulaye, Villa Constitución, Casilda, Esperanza, Cañada de Gómez, Arroyo Seco, Vera, Rivadavia (Mendoza), Tunuyán, Malargüe, Ge-neral Alvear (Mendoza), Tupungato, Mercedes (Buenos Aires), Punta Alta, San Pedro (Buenos Aires), Azul, Chivilcoy, Tres Arroyos, Bragado, Balcarce, Chacabuco, Chascomús, Pehuajó, Baradero, Lobos, Coronel Suárez, Cañuelas, Arrecifes, Miramar, Dolores, Salto, Veinticinco de Mayo, Villa Gessell, Saladillo, Pinamar, Concepción, Tafí Viejo, Aguilares, Monteros, Metán, Rosario de la Frontera, Zapala, San Martín de los Andes, Villa Ángela, Goya, Paso de los Libres, Ituzaingó (Corrientes), Gobernador Virasoro, Curuzú Cuatiá, Mercedes (Corrientes), Caucete, San José de Jáchal, Oberá, Wanda, Apóstoles, San Pedro (Jujuy), Perico, Libertador General San Martín-Ledesma, La Quiaca, Pirané, Las Lomitas, El Colorado, Ingeniero Juárez, Termas de Río Hondo, Añatuya, Andalgalá, Belén, Chilecito, Esquel, Villa Regina, Allen, Cinco Saltos, El Bolsón, San Antonio Oeste, Río Colorado, General Pico, Caleta Olivia, Pico Truncado, Puerto Deseado, cien mil.
Esto totalizaba un tope de unos treinta y siete millones y medio de personas (más del setenta y cinco por ciento de la población) en cuarenta y un ciudades integradas productivamente. El resto de la población, unos doce millones y medio de personas, debía ser distribuido en unas trescientas poblaciones de menos de cincuenta mil habitantes, que no figuraban como prioridades en los proyectos de unidades productivas. A ellas se destinaba a quienes peores notas tenían en el sistema educativo, a los inconstantes, a los indeseables que no merecían la cárcel o a los que recién salían de los centros de reeducación y tenían que hacer méritos.
Asimismo, en las ciudades más grandes, especialmente Buenos Aires, Córdoba, Rosario y Mendoza, el plan era organizar unidades productivas internas, de modo de aminorar el tráfico de autos y el traslado multitudinario de gente: el trabajo lo más cerca posible de casa, era el objetivo. También los centros bancarios, cooperativos, de gestión económica o social, los ministerios, los lugares de pago de impuestos: todo se “barrializó”.
El plan, ambicioso, daba por descontada la reelección de Mosse, o en todo caso la continuidad en el poder del Partido: nadie en su sano juicio, ni siquiera la acorralada oposición al sistema, pensaba que en cuatro años pudiera surgir una facción lo suficientemente fuerte como para vencer el fabuloso caudal de votos directamente plebiscitario que contaba el Partido. La única posibilidad que al principio habían entrevisto los opositores fuera del orden democrático, la desestabilización externa por parte de los mecanismos financieros internacionales, cerriles opositores al Partido, estaba cada vez más lejana: el país se manejaba con crédito interno, el peso lo tenía la producción y la inversión sobre la actividad financiera, el dinero era menos importante que lo que el dinero movía, significaba: “la riqueza se crea; las ventajas comparativas son un punto de partida nada más ni nada menos”, era una de las frases centrales del Partido Ecologista.
Mosse fue reelecto presidente en setiembre del 2045, con el noventa por ciento de los votos, y, cuando en diciembre del 2049 abandonó, esta vez de manera definitiva, el poder, a los setenta años, fue sucedido por su compañero de toda la vida, Mallardi, que asumió con cincuenta y nueve años de edad, una larga trayectoria política y el respeto general.
Ya nadie esperaba revoluciones ni retrocesos. La política era un margen de la vida cotidiana de los argentinos, dedicados a enriquecerse y viajar por el país y a colonizar el exterior en los enclaves europeos, asiáticos, africanos, latinoamericanos, australianos, que se dedicaban a difundir los productos y el modo de vida argentinos por el mundo, a propagar su cultura.
Mosse dedicó los últimos años de su vida a dictar conferencias por todo el mundo sobre el milagro argentino, como embajador plenipotenciario sin cartera para cerrar grandes acuerdos económicos entre Argentina y mercados potables.
Murió de viaje en Ginebra, a los setenta y tres años, a causa de un ataque de asma. Su velatorio en el Congreso de la Nación, con recibimiento en el Puerto de Buenos Aires, fue la manifestación más multitudinaria de la historia argentina: doce millones venidos de todos los puntos del país visitaron el féretro.
Todos se sintieron un poco huérfanos, y también supieron que se acababa una época, que el futuro deparaba nuevamente incógnitas. La labor de Mallardi no sería fácil en los siguientes años: asegurar la prosecución del proyecto, más allá de los nombres: él era el último prócer, el último padre de la patria indiscutible. No quedaba mucho por hacer, pero había que mantener lo mucho logrado, y Mallardi no sería eterno.
viernes, 11 de diciembre de 2009
16. Soma
Llovió todo el fin de semana. Las lluvias de Santa Rosa, que ese año llegaron atrasadas, se vengaron con una intensidad inusitada. No se podía salir a la calle.
El lunes, Lemma fue al trabajo con mucha tos. Las salidas con los chicos lo terminaron de liquidar.
Le dolían los pulmones, un poco. Hacía años que no le pasaba eso. Por supuesto, anotó mentalmente el detalle, pero no le dio bola: ya pasaría, enseguida se venía la primavera, lo peor del invierno quedaba atrás con Santa Rosa.
Pero siguió lloviendo toda la semana.
Lemma, deprimido por lo de Agustina, anduvo de la casa al trabajo y del trabajo a casa casi sin excepciones. Encargaba comida y ni bajaba a abrir: le subían la comida por el ascensor.
Pero igual se enfermó. La tos, con los días laborales, se le fue agravando. El jueves a la tarde, al salir, alguien le comentó Che, qué tos tenés, ponete un pulóver. Tosía de un modo que daba miedo, realmente.
Decidió pedir visita médica para el viernes a la tarde.
Cuando llegó el médico, lo encontró en cama, peor todavía, luego de una noche de perros, rodeado por sus hijos que estaban todos juntos de visita, cuidándolo. El médico le revisó el pecho, lo hizo toser, le tomó el pulso, la temperatura, le puso el estetoscopio en la espalda, lo hizo toser de nuevo, hablar.
Cuando volvió a mirar de frente a Lemma y le dijo que ya podía vestirse, la cara del médico era de extrañeza, más que de preocupación. Le dijo que tenía problemas en los bronquios, algo muy raro. Lemma respondió que era asmático, un asma nerviosa que se agarró de chico, y que a veces le daba. Él no sabía qué quería decir asma nerviosa; simplemente repetía lo que un médico le había dicho a su madre hacía como treinta años, o poco menos: cuando le daba mucha tos, se tomaba unas pastillas por un par de semanas, y pasaba. Pero esta era diferente.
Lemma reconoció que se había dejado estar, influido por la cercanía de la primavera. El médico le dijo que si tenía asma, la humedad de esos días le haría muy mal. Le recetó un medicamento y le aconsejó que se tomara una semana de vacaciones en un lugar seco, sierras cordobesas, o tandilenses, que quedaban más cerca.
A Lemma le gustó la idea de la licencia: no quería ver a Agustina. Esos días en la oficina habían sido un suplicio, intentando no verla, no mirarla, no saberla a dos escritorios de él, saliendo con López.
Así que le hizo caso al médico.
El lunes, Lemma fue al trabajo con mucha tos. Las salidas con los chicos lo terminaron de liquidar.
Le dolían los pulmones, un poco. Hacía años que no le pasaba eso. Por supuesto, anotó mentalmente el detalle, pero no le dio bola: ya pasaría, enseguida se venía la primavera, lo peor del invierno quedaba atrás con Santa Rosa.
Pero siguió lloviendo toda la semana.
Lemma, deprimido por lo de Agustina, anduvo de la casa al trabajo y del trabajo a casa casi sin excepciones. Encargaba comida y ni bajaba a abrir: le subían la comida por el ascensor.
Pero igual se enfermó. La tos, con los días laborales, se le fue agravando. El jueves a la tarde, al salir, alguien le comentó Che, qué tos tenés, ponete un pulóver. Tosía de un modo que daba miedo, realmente.
Decidió pedir visita médica para el viernes a la tarde.
Cuando llegó el médico, lo encontró en cama, peor todavía, luego de una noche de perros, rodeado por sus hijos que estaban todos juntos de visita, cuidándolo. El médico le revisó el pecho, lo hizo toser, le tomó el pulso, la temperatura, le puso el estetoscopio en la espalda, lo hizo toser de nuevo, hablar.
Cuando volvió a mirar de frente a Lemma y le dijo que ya podía vestirse, la cara del médico era de extrañeza, más que de preocupación. Le dijo que tenía problemas en los bronquios, algo muy raro. Lemma respondió que era asmático, un asma nerviosa que se agarró de chico, y que a veces le daba. Él no sabía qué quería decir asma nerviosa; simplemente repetía lo que un médico le había dicho a su madre hacía como treinta años, o poco menos: cuando le daba mucha tos, se tomaba unas pastillas por un par de semanas, y pasaba. Pero esta era diferente.
Lemma reconoció que se había dejado estar, influido por la cercanía de la primavera. El médico le dijo que si tenía asma, la humedad de esos días le haría muy mal. Le recetó un medicamento y le aconsejó que se tomara una semana de vacaciones en un lugar seco, sierras cordobesas, o tandilenses, que quedaban más cerca.
A Lemma le gustó la idea de la licencia: no quería ver a Agustina. Esos días en la oficina habían sido un suplicio, intentando no verla, no mirarla, no saberla a dos escritorios de él, saliendo con López.
Así que le hizo caso al médico.
jueves, 10 de diciembre de 2009
15. La derrota
El lunes, Lemma, más aplomado, dejó pasar el día, cambiando apenas desde lejos alguna sonrisa con Agustina. Esa semana, a más tardar el jueves, iba a invitarla a cenar a su casa. Estaba optimista, casi eufórico interiormente, tenía hasta una especie de expresión sonriente que era desconocida para sus compañeros de trabajo.
Pasaron el martes, y el miércoles, y todo el jueves, y cuando salían, Lemma se acercó a Agustina como la semana anterior, y le dijo si quería ir a cenar a su casa. Agustina puso un rostro incómodo desde el principio, como adivinando lo que Lemma iba a decir, y cuando Lemma terminó de hablar, con mirada huidiza, mirando cada tanto para los costados, como si temiese la aparición de alguien, le dijo que muy honrada por la invitación, pero que estaba saliendo con López.
López era el subjefe de oficina: ocho mil dólares al mes, casa en las afueras, treinta y cinco años, rubio, casi apuesto (más agraciado y entrador en cualquier caso que él, que Lemma).
Lemma se desplomó interiormente. Intentó una sonrisa, que apenas alcanzó para mostrar los dientes bajo el bigote, asintió con la cabeza sin intención precisa, y le deseó buen fin de semana a Agustina. Antes de despedirse, incluso tuvo la presencia de ánimo (o la cobardía) de felicitarla a Agustina por su relación; estuvo exagerado, desubicado.
En todo caso, la había perdido, se la habían birlado en sus propias narices. Tenía que haber sido esa misma semana, después de la salida del viernes con él, acaso entre el lunes y el jueves, o acaso ella, por delicadeza, aceptó la salida de día, sin comprometerse demasiado, como compañeros de trabajo y nada más. De hecho, ella no había dejado que pasara en ningún momento nada más; no esbozó el menor atisbo de señal como para darle a entender a Lemma que pudiera pasar algo más que conversar y comer y mirar una película. ¿O sí, y él no lo había advertido y la mina pensó Es un tonto?
Se tomó el subte en la calle Rivadavia y, cuando llegó a su estación, cinco minutos después, le costó una enormidad ponerse de pie, como si tuviera un lastre en cada hombro, como si su cuerpo fuera de piedra.
Se sintió sucio, como si hubiera estado trabajando doce horas en vez de seis, con un barullo en la cabeza que se parecía a la migraña. En verdad, se dijo mientras caminaba hacia su departamento bajo el sol tórrido del final del invierno, de verdad le dolía la cabeza. Le dolía terriblemente la cabeza.
Llegó a su casa, se sacó la ropa de trabajo, se acostó a mirar una película cualquiera, sin ganas de hacer nada. Después de un cuarto de hora de pasar canales distraídamente, sin poder fijar la atención, la apagó, y puso música clásica argentina: Babasónicos, Ilya Kuriaki, Leo García, Rodrigo, Intoxicados, Miranda, La Renga, Marcela Morelo.
Pasaron el martes, y el miércoles, y todo el jueves, y cuando salían, Lemma se acercó a Agustina como la semana anterior, y le dijo si quería ir a cenar a su casa. Agustina puso un rostro incómodo desde el principio, como adivinando lo que Lemma iba a decir, y cuando Lemma terminó de hablar, con mirada huidiza, mirando cada tanto para los costados, como si temiese la aparición de alguien, le dijo que muy honrada por la invitación, pero que estaba saliendo con López.
López era el subjefe de oficina: ocho mil dólares al mes, casa en las afueras, treinta y cinco años, rubio, casi apuesto (más agraciado y entrador en cualquier caso que él, que Lemma).
Lemma se desplomó interiormente. Intentó una sonrisa, que apenas alcanzó para mostrar los dientes bajo el bigote, asintió con la cabeza sin intención precisa, y le deseó buen fin de semana a Agustina. Antes de despedirse, incluso tuvo la presencia de ánimo (o la cobardía) de felicitarla a Agustina por su relación; estuvo exagerado, desubicado.
En todo caso, la había perdido, se la habían birlado en sus propias narices. Tenía que haber sido esa misma semana, después de la salida del viernes con él, acaso entre el lunes y el jueves, o acaso ella, por delicadeza, aceptó la salida de día, sin comprometerse demasiado, como compañeros de trabajo y nada más. De hecho, ella no había dejado que pasara en ningún momento nada más; no esbozó el menor atisbo de señal como para darle a entender a Lemma que pudiera pasar algo más que conversar y comer y mirar una película. ¿O sí, y él no lo había advertido y la mina pensó Es un tonto?
Se tomó el subte en la calle Rivadavia y, cuando llegó a su estación, cinco minutos después, le costó una enormidad ponerse de pie, como si tuviera un lastre en cada hombro, como si su cuerpo fuera de piedra.
Se sintió sucio, como si hubiera estado trabajando doce horas en vez de seis, con un barullo en la cabeza que se parecía a la migraña. En verdad, se dijo mientras caminaba hacia su departamento bajo el sol tórrido del final del invierno, de verdad le dolía la cabeza. Le dolía terriblemente la cabeza.
Llegó a su casa, se sacó la ropa de trabajo, se acostó a mirar una película cualquiera, sin ganas de hacer nada. Después de un cuarto de hora de pasar canales distraídamente, sin poder fijar la atención, la apagó, y puso música clásica argentina: Babasónicos, Ilya Kuriaki, Leo García, Rodrigo, Intoxicados, Miranda, La Renga, Marcela Morelo.
miércoles, 9 de diciembre de 2009
14. La chance
Un jueves al mediodía, a la salida de la oficina, Lemma hizo lo que venía pensando todos esos meses: hacer contacto con Agustina.
Durante noches de insomnio y tardes de aburrimiento, Lemma había pensado y recontra pensado y dado mil vueltas a la idea de cómo acercársele: buscar una excusa, invitarla directamente a un café, invitarla a almorzar, sin excusas o buscando una, simplemente acercándosele a conversar de cualquier cosa. Pero se conocía: si se acercaba a una mujer sin ninguna idea en la cabeza se quedaba en blanco, tartamudeando, y la mina se quedaba mirándolo y dándose cuenta pero pensando quizás algo terrible, como Por qué este tipo está tan nervioso, Qué me viene a pedir, Si se pone tan tenso debe ser porque es un depravado, cosas así; porque después de eso, la mina irremediablemente se le empezaba a poner lejos cada vez que se cruzaban, y Lemma no se atrevía a acercarse nunca más. Lo que más lo cohibía en este caso, como siempre, es que jamás él, por iniciativa propia, se le había acercado a Agustina en lo más mínimo, para decirle nada; acercársele así, de buenas a primeras, para invitarla a comer, era algo traído de los pelos.
Lemma le dio vueltas al asunto, y finalmente pensó que lo más razonable era un acercamiento previo y cauto antes de proponer nada, una charla a la salida del trabajo, mientras todos juntaban los sacos del perchero y las carpetas de los escritorios para irse a almorzar.
Eso hizo.
Empezó con un comentario casual sobre el calor. Se acercaba la primavera, el máximo de temperatura ya rondaba de día los treinta grados, ya se salía con ropa más liviana, con sacos de verano. Agustina le dijo que sí, que en dos semanas los mosquitos iban a estar terribles, ella ya había comprado un líquido antimosquitos porque a ella la mataban a picotones.
Lemma le preguntó a qué se dedicaba fuera del trabajo. Ella dijo que había estudiado arquitectura, pero había dejado en tercer año, y que no tenía hijos, y que fuera del trabajo hacía yoga y miraba pelis. Que de vez en cuando leía algún libro, preferentemente literatura clásica del siglo XX (mencionó a Saer, Aira y Cucurto).
Lemma le preguntó si le gustaba el cine. Ella repitió que sí, que dos o tres veces por semana alquilaba o iba. Él le dijo que qué opinaba de ver una película los dos juntos esa tarde, o al día siguiente. Ella contestó que esa tarde imposible, pero que al otro día a la salida del trabajo podían ir a almorzar y después ir al cine.
Bicha, la mina: si salían a las trece, encontraban un restaurante para las trece treinta, empezaban a comer a las catorce, sobremeseaban hasta las quince, tomaban un subte hasta el departamento de Lemma, y veían una película a las dieciséis o dieciséis treinta, para las seis y media o siete de la tarde se iban a despedir, no había espacio para la cena, ninguna incomodidad ulterior de despedirse (salvo que ella eligiera que el asunto siguiese).
Son bichas las minas. Lemma nunca alcanzaba a descifrarlas. Dijo que sí, incrédulo de lo fácil que había resultado todo. Le habían transpirado poco las manos, ni siquiera había tartamudeado, todo había salido de perillas. Como siempre, se reprochó no haber hecho esto antes, de entrada, como si todos esos meses los hubiera perdido para siempre, meses acaso de felicidad.
Al otro día fueron a comer. Hablaron de sus vidas. Lemma no podía quejarse: tenía tres hijos, una nena y dos nenes, entre doce y ocho años; ganaba bien, con la antigüedad y todo eso, tenía un buen seguro de retiro, invertía regularmente en forestación, tenía realmente un buen pasar, ni mejor ni peor que la mayoría.
Ella, como contó el día anterior, había cursado arquitectura, hasta que se puso de novia y se casó con un estudiante de arquitectura y quedó embarazada. Se casaron, perdieron el hijo. Después, las cosas no fueron iguales: la vida de pareja se les hizo insoportable a los dos, como si inconscientemente se reprocharan mutuamente esa pérdida, o una unión sin amor. Así que, a los veinticinco años, tuvo que salir a buscar trabajo de cualquier cosa. Por suerte, entró en el ramo comercial, desarrolló aptitudes para eso, hizo carrera, hasta que ese año entró en la compañía.
Lemma era muy callado, comentó ella sonriendo, segura de sus encantos sobre el tipo. Lemma dijo que era más bien parco, una persona equilibrada, segura de lo que quería, y no quería cosas alocadas, sino normales.
Nada más.
Fueron al departamento. Vieron una película europea, muy mal filmada, premiada por la crítica y los festivales. Estuvo buena, para ella. A él el dio más o menos lo mismo, pero, para congraciarse con Agustina, dijo que le había gustado.
A las siete de la tarde se separaron, con un beso en la mejilla, hasta el lunes, hasta el trabajo (lo dijo ella, primereándolo, antes de que Lemma se atreviese a tirar los garfios de un ¿Te invito a cenar mañana?).
Hasta el lunes, se resignó.
Durante noches de insomnio y tardes de aburrimiento, Lemma había pensado y recontra pensado y dado mil vueltas a la idea de cómo acercársele: buscar una excusa, invitarla directamente a un café, invitarla a almorzar, sin excusas o buscando una, simplemente acercándosele a conversar de cualquier cosa. Pero se conocía: si se acercaba a una mujer sin ninguna idea en la cabeza se quedaba en blanco, tartamudeando, y la mina se quedaba mirándolo y dándose cuenta pero pensando quizás algo terrible, como Por qué este tipo está tan nervioso, Qué me viene a pedir, Si se pone tan tenso debe ser porque es un depravado, cosas así; porque después de eso, la mina irremediablemente se le empezaba a poner lejos cada vez que se cruzaban, y Lemma no se atrevía a acercarse nunca más. Lo que más lo cohibía en este caso, como siempre, es que jamás él, por iniciativa propia, se le había acercado a Agustina en lo más mínimo, para decirle nada; acercársele así, de buenas a primeras, para invitarla a comer, era algo traído de los pelos.
Lemma le dio vueltas al asunto, y finalmente pensó que lo más razonable era un acercamiento previo y cauto antes de proponer nada, una charla a la salida del trabajo, mientras todos juntaban los sacos del perchero y las carpetas de los escritorios para irse a almorzar.
Eso hizo.
Empezó con un comentario casual sobre el calor. Se acercaba la primavera, el máximo de temperatura ya rondaba de día los treinta grados, ya se salía con ropa más liviana, con sacos de verano. Agustina le dijo que sí, que en dos semanas los mosquitos iban a estar terribles, ella ya había comprado un líquido antimosquitos porque a ella la mataban a picotones.
Lemma le preguntó a qué se dedicaba fuera del trabajo. Ella dijo que había estudiado arquitectura, pero había dejado en tercer año, y que no tenía hijos, y que fuera del trabajo hacía yoga y miraba pelis. Que de vez en cuando leía algún libro, preferentemente literatura clásica del siglo XX (mencionó a Saer, Aira y Cucurto).
Lemma le preguntó si le gustaba el cine. Ella repitió que sí, que dos o tres veces por semana alquilaba o iba. Él le dijo que qué opinaba de ver una película los dos juntos esa tarde, o al día siguiente. Ella contestó que esa tarde imposible, pero que al otro día a la salida del trabajo podían ir a almorzar y después ir al cine.
Bicha, la mina: si salían a las trece, encontraban un restaurante para las trece treinta, empezaban a comer a las catorce, sobremeseaban hasta las quince, tomaban un subte hasta el departamento de Lemma, y veían una película a las dieciséis o dieciséis treinta, para las seis y media o siete de la tarde se iban a despedir, no había espacio para la cena, ninguna incomodidad ulterior de despedirse (salvo que ella eligiera que el asunto siguiese).
Son bichas las minas. Lemma nunca alcanzaba a descifrarlas. Dijo que sí, incrédulo de lo fácil que había resultado todo. Le habían transpirado poco las manos, ni siquiera había tartamudeado, todo había salido de perillas. Como siempre, se reprochó no haber hecho esto antes, de entrada, como si todos esos meses los hubiera perdido para siempre, meses acaso de felicidad.
Al otro día fueron a comer. Hablaron de sus vidas. Lemma no podía quejarse: tenía tres hijos, una nena y dos nenes, entre doce y ocho años; ganaba bien, con la antigüedad y todo eso, tenía un buen seguro de retiro, invertía regularmente en forestación, tenía realmente un buen pasar, ni mejor ni peor que la mayoría.
Ella, como contó el día anterior, había cursado arquitectura, hasta que se puso de novia y se casó con un estudiante de arquitectura y quedó embarazada. Se casaron, perdieron el hijo. Después, las cosas no fueron iguales: la vida de pareja se les hizo insoportable a los dos, como si inconscientemente se reprocharan mutuamente esa pérdida, o una unión sin amor. Así que, a los veinticinco años, tuvo que salir a buscar trabajo de cualquier cosa. Por suerte, entró en el ramo comercial, desarrolló aptitudes para eso, hizo carrera, hasta que ese año entró en la compañía.
Lemma era muy callado, comentó ella sonriendo, segura de sus encantos sobre el tipo. Lemma dijo que era más bien parco, una persona equilibrada, segura de lo que quería, y no quería cosas alocadas, sino normales.
Nada más.
Fueron al departamento. Vieron una película europea, muy mal filmada, premiada por la crítica y los festivales. Estuvo buena, para ella. A él el dio más o menos lo mismo, pero, para congraciarse con Agustina, dijo que le había gustado.
A las siete de la tarde se separaron, con un beso en la mejilla, hasta el lunes, hasta el trabajo (lo dijo ella, primereándolo, antes de que Lemma se atreviese a tirar los garfios de un ¿Te invito a cenar mañana?).
Hasta el lunes, se resignó.
martes, 8 de diciembre de 2009
13. Santa Clara
Clara tenía el berretín de la guerra. Era paranoica. Dormía aferrada a un palo puntiagudo, la cabeza apoyada en alguna raíz de árbol.
De noche hacía frío, era inhumano estar desnudo a la noche en invierno, y también en algunos días del otoño. Alguno que otro, al principio, murió de frío, aunque no helaba nunca: era zona de clima subtropical.
A Clara la deseaban varios locos, porque tenía un cuerpo bien proporcionado, fibroso y montaraz, con unos buenos pechos. Pero, después que unos cuantos intentaron acercársele del modo más grosero a manotearla directamente y se encontraron con aullidos salvajes y un palo clavado en el pecho o en el estómago, la empezaron a mirar desde lejos, con un deseo redoblado por esa mujer bella y violenta, inalcanzable.
Era hiperkinética. Siempre andaba caminando con brío entre el grupo de gente, organizando todo hasta los mínimos detalles, ayudando a algún enfermo, acarreando maderos o cuencos que intentaban hacer naturalmente con troncos huecos, para juntar agua.
El agua era un recurso estratégico en momentos difíciles, había que encontrar el modo de llevar agua con la horda la mayor parte del tiempo. El tema era cómo fabricar o de dónde sacar cantimploras?
Para Clara, no había otra: había que robárselas a los cazadores. Eso era muy peligroso, le dijeron, y tenían razón. Era casi suicida, le dijeron. Pero algo había que hacer para mejorar la situación idiota en la que estaban metidos. Así que dejaron el tema para más adelante en los conciliábulos de cada nochecita, aunque Clara lo siguió carburando para sí, de manera obsesiva, enfermiza: el agua era un recurso central.
De noche hacía frío, era inhumano estar desnudo a la noche en invierno, y también en algunos días del otoño. Alguno que otro, al principio, murió de frío, aunque no helaba nunca: era zona de clima subtropical.
A Clara la deseaban varios locos, porque tenía un cuerpo bien proporcionado, fibroso y montaraz, con unos buenos pechos. Pero, después que unos cuantos intentaron acercársele del modo más grosero a manotearla directamente y se encontraron con aullidos salvajes y un palo clavado en el pecho o en el estómago, la empezaron a mirar desde lejos, con un deseo redoblado por esa mujer bella y violenta, inalcanzable.
Era hiperkinética. Siempre andaba caminando con brío entre el grupo de gente, organizando todo hasta los mínimos detalles, ayudando a algún enfermo, acarreando maderos o cuencos que intentaban hacer naturalmente con troncos huecos, para juntar agua.
El agua era un recurso estratégico en momentos difíciles, había que encontrar el modo de llevar agua con la horda la mayor parte del tiempo. El tema era cómo fabricar o de dónde sacar cantimploras?
Para Clara, no había otra: había que robárselas a los cazadores. Eso era muy peligroso, le dijeron, y tenían razón. Era casi suicida, le dijeron. Pero algo había que hacer para mejorar la situación idiota en la que estaban metidos. Así que dejaron el tema para más adelante en los conciliábulos de cada nochecita, aunque Clara lo siguió carburando para sí, de manera obsesiva, enfermiza: el agua era un recurso central.
lunes, 7 de diciembre de 2009
12. Comité Militar Revolucionario
Juan era el más carismático de los locos. Tenía unos treinta y cinco años, era morocho, lo que se diría un bolita, de un metro setenta, bastante robusto, con rostro sereno y afable, de extracción humilde. Había estudiado psiquiatría hasta que una neuropatía grave y súbita obligó a su internación, hacía más de una década. Era muy práctico, muy simpático, muy accesible y razonable y humilde, y los otros le habían ido delegando con naturalidad las decisiones estratégicas. Aunque, claro, algunos temas se discutían, a veces con sumo fervor y hasta con gran amenaza de violencia. Pero los cazadores que aparecieron para nunca irse y las primeras muertes por disparo de ballesta acabaron con todo bizantinismo: ahora no era cuestión de conseguir o no comida, era cuestión de vivir o morir cazado.
Fernando tenía unos cincuenta y cinco años, y a pesar de frecuentes ataques de delirium tremens, o quizá a causa de ellos, poseía un gran ascendiente sobre sus compañeros. El resto del tiempo, mantenía una gran serenidad de espíritu; siempre consideraba fríamente cada situación, aislando las variables objetivas de sus emociones involucradas. Era alto, como de un metro ochenta y cinco, canoso, con un cuerpo pesadón, pachorriento, pero fuerte. Provenía de otra horda originaria, pero habían congeniado desde el principio con Juan y advertido a un tiempo las ventajas de permanecer juntos.
Estaba también Clara, que tenía unos treinta años, y que mostraba dotes de organizadora enérgica, a mitad de camino entre la enfermera de guerra y una guerrillera nata. Tenía unos be-
llísimos ojos verdes, un cuerpo atlético y atractivo; era la más bonita, acaso la única bonita, de la horda. Había estado internada desde los quince años, y parecía tenerle un horror cerval al sexo. Exhalaba en cualquier caso una gran energía, galvanizaba a todos los que estaban a su alrededor.
Pero, a pesar de todas estas virtudes diseminadas en la horda reunida por Juan, Fernando y Clara, los únicos elementos para organizar una defensa del grupo eran palos, ramas y trampas muy rudimentarias, frente a gente que podía disparar con fuerza desde cientos de metros.
Había que elaborar medidas de estrategia para proteger a los más débiles, a los más indefensos, mantenerlos siempre en medio del grupo, que recibieran antes que nadie los alimentos. Había que organizar con más precisión el circuito de alimentos y de agua, recordar variantes por si se tornaba necesario cambiar de derrotero debido a la presencia de cazadores en las cercanías.
Juan y Clara pensaban ambiciosamente en una especie de liga de hordas que se turnasen en el trabajo de construir de a poco trampas en distintos lugares, moviéndose siempre, sin estar más de medio día en un mismo lugar, pero avanzando en un sistema de huida-emboscada que los sorprendiera a los cazadores de golpe en un pozo profundo y lleno de estacas. Pero todo esto debía realizarse cavando con palos y afilando estacas con piedras, y llevaría muchísimo tiempo.
Por lo pronto, lo que se intentó fue tener garrotes y palos afilados para emboscar de cerca a los cazadores, pero esto era muy difícil de llevar a la práctica, y potencialmente costosísimo, y además el logro de una acción más o menos coordinada de guerrillas entre las distintas hordas era de muy difícil realización, por falta de intercomunicación rápida. Alguno, en este sentido, propuso la creación de un sistema de cantos de pájaros como los indios del cine, que todos los grupos conocieran, y que permitiese actuar con celeridad y precisión en vastas zonas para el detectamiento y el rechazo o la evitación de los grupos de cazadores, que nunca eran muy grandes: todo el tiempo surgían medidas así, impracticables por las dificultades materiales o incluso espaciales.
Pero estaban en bolas, como dijo Fernando en una noche en penumbras y estrellada, comiendo tortuga cruda a los tirones: no sabían su exacta ubicación geográfica, no tenían armas ni pertrecho alguno, no tenían cómo encender fuego, por más que lo intentaban con piedras a modo de yesca (nadie había dado con pedernal o materiales similares que sirvieran); los grupos de cazadores con ballesta venían de cualquier lado, eran sigilosos y ágiles, eran letales disparando al bulto de una horda desde menos de sesenta o cincuenta metros, si lograban acercarse lo suficiente sin ser advertidos, entre lomadas y bosquecillos.
Fernando tenía unos cincuenta y cinco años, y a pesar de frecuentes ataques de delirium tremens, o quizá a causa de ellos, poseía un gran ascendiente sobre sus compañeros. El resto del tiempo, mantenía una gran serenidad de espíritu; siempre consideraba fríamente cada situación, aislando las variables objetivas de sus emociones involucradas. Era alto, como de un metro ochenta y cinco, canoso, con un cuerpo pesadón, pachorriento, pero fuerte. Provenía de otra horda originaria, pero habían congeniado desde el principio con Juan y advertido a un tiempo las ventajas de permanecer juntos.
Estaba también Clara, que tenía unos treinta años, y que mostraba dotes de organizadora enérgica, a mitad de camino entre la enfermera de guerra y una guerrillera nata. Tenía unos be-
llísimos ojos verdes, un cuerpo atlético y atractivo; era la más bonita, acaso la única bonita, de la horda. Había estado internada desde los quince años, y parecía tenerle un horror cerval al sexo. Exhalaba en cualquier caso una gran energía, galvanizaba a todos los que estaban a su alrededor.
Pero, a pesar de todas estas virtudes diseminadas en la horda reunida por Juan, Fernando y Clara, los únicos elementos para organizar una defensa del grupo eran palos, ramas y trampas muy rudimentarias, frente a gente que podía disparar con fuerza desde cientos de metros.
Había que elaborar medidas de estrategia para proteger a los más débiles, a los más indefensos, mantenerlos siempre en medio del grupo, que recibieran antes que nadie los alimentos. Había que organizar con más precisión el circuito de alimentos y de agua, recordar variantes por si se tornaba necesario cambiar de derrotero debido a la presencia de cazadores en las cercanías.
Juan y Clara pensaban ambiciosamente en una especie de liga de hordas que se turnasen en el trabajo de construir de a poco trampas en distintos lugares, moviéndose siempre, sin estar más de medio día en un mismo lugar, pero avanzando en un sistema de huida-emboscada que los sorprendiera a los cazadores de golpe en un pozo profundo y lleno de estacas. Pero todo esto debía realizarse cavando con palos y afilando estacas con piedras, y llevaría muchísimo tiempo.
Por lo pronto, lo que se intentó fue tener garrotes y palos afilados para emboscar de cerca a los cazadores, pero esto era muy difícil de llevar a la práctica, y potencialmente costosísimo, y además el logro de una acción más o menos coordinada de guerrillas entre las distintas hordas era de muy difícil realización, por falta de intercomunicación rápida. Alguno, en este sentido, propuso la creación de un sistema de cantos de pájaros como los indios del cine, que todos los grupos conocieran, y que permitiese actuar con celeridad y precisión en vastas zonas para el detectamiento y el rechazo o la evitación de los grupos de cazadores, que nunca eran muy grandes: todo el tiempo surgían medidas así, impracticables por las dificultades materiales o incluso espaciales.
Pero estaban en bolas, como dijo Fernando en una noche en penumbras y estrellada, comiendo tortuga cruda a los tirones: no sabían su exacta ubicación geográfica, no tenían armas ni pertrecho alguno, no tenían cómo encender fuego, por más que lo intentaban con piedras a modo de yesca (nadie había dado con pedernal o materiales similares que sirvieran); los grupos de cazadores con ballesta venían de cualquier lado, eran sigilosos y ágiles, eran letales disparando al bulto de una horda desde menos de sesenta o cincuenta metros, si lograban acercarse lo suficiente sin ser advertidos, entre lomadas y bosquecillos.
jueves, 3 de diciembre de 2009
11. Mallardi conducción
Consecuentemente, el objetivo central de su política exterior fue generar nuevos mercados fuera del Mercosur y América Latina, con una fuerte política de subvenciones para combatir los altos aranceles puestos por la Unión Europea y los países asiáticos más ricos. Cuando lograban entrar a un país estableciendo una factoría, en vez de tomar empleados del lugar, exportaban argentinos capacitados para la tarea, de modo que había una especie de colonización a lo heleno entre las ciudades más importantes del mundo, colocando y produciendo sus mercancías en otros países, de manera creciente, difundiendo la cultura argentina (entendido ese término en un sentido amplio, como un modo de vida, como prácticas culturales).
Todos esperaban (los opositores con esperanza, la gente con inquietud), el fin del año sabático de Mosse y lo que podía convertirse en una interna del único partido verdaderamente poderoso del país (la oposición oficial estaba reducida a once senadores y un veinte por ciento de diputados, y el otro partido tradicional había virtualmente desaparecido; la izquierda había sido casi totalmente cooptada por el reformismo agresivo de Mosse, y casi no existía más que en sus variantes más extremas; los partidos provinciales eran la tercera fuerza, dispersa y, aunque más bien conservadora en los hechos, alineada en general, por conveniencia política y económica, a los lineamientos del PEN; en la práctica, la oposición oficial representaba un atavismo de voto cautivo entre las clases más bajas, cada vez más reducidas, en provincias del norte (las más pobres) y el ocho o diez por ciento rico que tradicionalmente votaba a la derecha).
Cuando Mosse volvió triunfalmente al país (recibido en Ezeiza por miles de personas, como si fuera la selección de fútbol después de ganar un mundial), la sorpresa fue general, y la desazón aplastó a los opositores: Mallardi lo nombró inmediatamente Jefe de Gabinete.
La prensa más tradicionalmente de derecha hizo comparaciones (insidiosas) de la dupla Mosse-Mallardi con Epaminondas y Pelópidas, y el Partido hizo suya esa fórmula, y la inmortalizó en afiches y graffitis sobre la hegemonía argentina.
En rigor, la política se había reducido como discusión a detalles locales, a resolución de problemas para la comunidad, en todo caso a conflictos de competencia productiva entre dos ciudades. No había debate político, porque las tres cuartas partes de la gente estaba de acuerdo con lo que ocurría en el país.
En sólo un período, Mallardi redujo la desocupación permanente a un 1,5 por ciento de la población, un 1,5 que además era flotante: nadie estaba sin trabajo más de dos o tres meses, y había un seguro social, ampliamente satisfactorio, que cubría ese período. La creciente clase pasiva no era tal, porque podía dedicarse a otras tareas activas desde su casa, o se la volcaba a tareas administrativas, o de fiscalización. O, si no, eran convertidos en representantes políticos, locales, provinciales o aún nacionales; en rigor, se hizo costumbre que los representantes políticos elegidos y los jueces fueran trabajadores ya retirados, con una vida hecha.
La tarea del Congreso Nacional, los congresos provinciales y los Concejos Deliberantes estaba reducida a minucias, lo principal estaba logrado. Una nueva reforma constitucional en el anteúltimo año de su mandato elevó las edades para asumir magistraturas públicas: un presidente debía tener al menos cincuenta años; un senador nacional, al menos sesenta, lo mismo que un juez; un juez de la Corte Suprema, al menos setenta; un diputado nacional, al menos cincuenta; un gobernador, al menos cuarenta y cinco; un senador provincial, al menos cincuenta y cinco, lo mismo que los jueces de las Cortes Supremas provinciales; un juez provincial, cincuenta y cinco; nadie podía ser elegido intendente antes de los cuarenta, ni asumir un secretariado; nadie podía asumir como concejal si no tenía al menos treinta y cinco años. La idea era que las personas se dedicaran a la gestión política sólo cuando habían hecho ya una vida y un nombre en la esfera privada: se consideraba que la actividad privada era un modo de enriquecimiento personal, pero también de servicio comunitario, y que la etapa superior de este servicio, que duraba toda la vida, debía ser la gestión política, no como carrera profesional, sino como devolución a la comunidad de lo que ésta le había brindado para facilitarle al individuo una vida plena en lo material y en lo espiritual. Asimismo, las tareas legislativas estaban pensadas para que el diputado o senador trabajara los tres meses de sesiones ordinarias, y luego volviera a su ciudad a continuar con sus labores personales: las dietas sólo se pagaban por esos tres meses, y los Parlamentos nacionales y provinciales no fueron convocados a sesiones extraordinarias luego de la segunda presidencia de Mallardi. En el caso de los concejales, había una semana de sesiones por mes.
En ocho años de Gobierno, Mallardi, siempre con Mosse como Jefe de Gabinete, pulverizó la desocupación y pudo decir que había toda una nueva generación de argentinos capacitados educativamente y cívicamente, bien alimentados y embebidos en una nueva cultura de participación comunitaria y de compromiso con el prójimo. No había desnutrición infantil, y no había, significativamente, mortalidad infantil. No había analfabetos funcionales. No había pobres. Había bosques y reservas ecológicas llenando todo el territorio no habitado o cultivado o dedicado a la ganadería o a alguna industria o a lo turístico. El paisajismo se había convertido en obsesión nacional, y cada ciudad se dedicaba a mejorar estéticamente el campo y la ciudad. Había una renovación artística y arquitectónica que llenaba la vida cotidiana de los argentinos.
El 10 de diciembre de 2041, a la edad de sesenta y dos años, Pablo Mosse inició su tercer período como presidente, igualando el record de Perón, y en camino a superarlo. Su primer acto de gobierno, la conformación de Gabinete, consistió en nombrar a Mallardi jefe del mismo, y encargarle la elección de los ministros.
La Argentina potencia era un hecho indesmentible. Y Mosse había sacado el ochenta y cinco por ciento de los votos.
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