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Ya volví, déjenme que me desentumezca.

jueves 21 de agosto de 2008

48. Teoría y puesta en acto de la tesis de la artefactualidad del ser humano

Ya he hablado de Félix. Es un verdadero bocadito para los pederastas: rubio, pelo lacio, ojos castaños claros, bellísimos, cándidos, un rostro totalmente lampiño, una piel pálida, no tanto como la mía, un cuerpo muy proporcionado pero con redondeces: en suma, un adolescente.
Este trabajo mío me ha dado, de rebote, una cierta desinhibición y una cierta curiosidad. La primera respecto de mis deseos: no los reprimo, si surgen los dejo jugar como delfines saltando sobre el agua. La segunda, qué le verán a cogerse un pendejo. Creo que es distinto que voltearse a un adulto: debe haber algo mórbido, distinto en cogerse un pendejo, porque estamos hablando de gente que le gustan NO LOS HOMBRES, sino los borregos.
En fin, nunca Félix ha dejado de tirarme onda a su modo juguetón y bromista. Una tarde, me descubrí mirándolo con cierto deseo mientras trabajaba en las máquinas, sudado. ¿No lo dije?: por uno de esos absurdos que tiene la vida, el pibe se peina como yo, con raya al medio, corte entero, los cabellos de adelante acomodados detrás de la oreja; sólo que yo soy de un castaño “miel”, y lo tengo un poco más largo. Noté el detalle en ese mismo instante, con algo de gracia disgustada. Después, nada que ver, no nos parecemos en nada. Pero de todos modos… una atracción un tanto enfadosa para mi superyó paranoico.
Últimamente no le doy mucha bola a mi superyó. Más bien, he desarrollado con los años lo que un amigo de Buenos Aires llamaba con sorna un “superello” que esclaviza a mi conciencia, torturada e indefensa (con gran contento mío).
Algunos dirán al leer esto: “puto”.
Es más complejo que eso. No me atraen los hombres particularmente. Mi oficio me ha dado un cierto ojo crítico para juzgar la belleza de un tipo. Me agrada más (o me desagrada menos) copular con (ser cogido por) un cuerpo armónico. O, si se quiere, soy capaz de extraer un cierto goce físico en ser penetrado por un tipo de cuerpo joven y armónico más que por un tipo viejo y/o feo y/o desagradable. Además, como se dice por ahi, el punto G del varón está en el ano: cuando te la están poniendo la sentís en toda la poronga. Pero bueno: si toca un feo, punto, lo hago igual, es mi trabajo.
Pero el hecho de que sea capaz de apreciar la belleza masculina, estética o hasta placenteramente, ¿me convierte en homosexual?: no me importa. Además (deleuzianamente, o foucaultianamente también), la sustancialización de las identidades sexuales es un movimiento propio de la Modernidad y de la Normalización, parte de la sustancialización cartesiana del yo que sigue siendo el disco rígido de nuestro sentimiento del mundo y de la formación de los individuos según parámetros, que pasó del "disciplinamiento de los cuerpos" al "disciplinamiento de las almas" (es decir: la formación de cada vez más refinados estereotipos subjetivos por medio del consumo).
Pero volviendo: en todo caso, jamás me sentí atraído por un hombre, jamás me “enamoré” de un hombre (sólo pensar en la posibilidad me resulta risible e inverosímil en mi caso, pero no me escandaliza ni me asusta). El resto es laburo. Otros trabajan con un torno o con una computadora; yo trabajo con mi culo; mi culo es mi instrumento de trabajo.
Punto.
Ni siquiera aquí, en el caso de este borreguito Félix, se puede hablar más que de deseo y atracción (pero ¿es que hay otra cosa?; el amor, ese fantasma mental {inoculado en la conciencia, también inoculada, como acabo de escribir recién}: proyectamos lo que vemos, vemos sólo lo que podemos proyectar; las gamas de lo experimentable, quía, lector, persona: la libertad es una soga larga y fuerte e invisible, que no vemos y a la que llamamos "libre albedrío": acá aparecen Sócrates y Spinoza).
Pero no me quiero ir más por las ramas: en síntesis, mi glande estaba húmedo. Nos pusimos a hablar como siempre a la salida, y lo invité a tomar algo para seguirla. A los griegos les encanta charlar. Es una suerte haber caído en Atenas y no en, digamos, Estocolmo o Seúl.
En un bar, le pregunté cómo andaba con los padres. Me dijo que muy bien, porque no los veía nunca. Le pregunté si bebía algo. Whisky, me dijo. La puta que lo parió al pendejo, que salió caro. Le pregunté si no era muy chiquito para tomar eso. Me miró de un modo que fue más claro que cualquier palabra. Yo me pedí un vasito de vodka con naranja, para no ser menos (total Jaspe no se iba a asustar de verme llegar en pedo).
Cuando dejé el vaso luego del primer sorbo, él acercó una mano a la mía (me refiero a la mano que acababa de soltar el vaso) y me la acarició. Yo me quedé duro y miré para los costados: si alguien vio algo, se hizo muy bien el boludo. Lo miré. Acercó su cara y me dijo, en tono de ruego y con un mohín conmovedor (la pequeña meretriz) Vamos a mi casa, dale...
Papito… La vida nos depara el absurdo cada tanto, para que no nos hagamos ilusiones de entenderla. Levantado por un pibe…

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