Ninguno de los dos cejó en sus posiciones. La rubia volvió a desaparecer durante cinco días sin avisar y sin dejar el menor rastro entre los tiráceos que Tobi consultó. Eso lo puso peor, porque empezó a desconfiar de los tiráceos. Empezó a pensar que le estaban escondiendo algo, algo terrible, o algo que lo enojaría muchísimo, o que la rubia se estaba encamando con un tipo nuevo. Pasó todos esos días caminando enfurecido por las paredes, puteando y casi echando espuma por la boca, pateando las sillas, los dos sofás de la rubia, todo lo de la rubia que encontraba por el camino. Se ponía peor al anochecer (si no había fumado), cuando, sin llegada de la rubia que lo sacase un poco de clima y lo despejase un poco al menos con su presencia, se le hacía de noche y le empezaba a doler la cabeza de tanto fijar la vista en la pantalla de la PC, y los pensamientos se le empezaban a enredar casi junto con la lengua, con los ojos que le pesaban un poco.
A la tercera anochecida sin noticias, harto de cocinarse o de tomar yogur para llenar la panza antes de seguir escribiendo hasta las doce o la una o acostarse (pero el anochecer sin la rubia lo ponía tan tenso que después de las diez no podía concentrarse, no lograba escribir ni una línea coherente en diez minutos, como si poco a poco se le fuera trancando la mente; las manos le temblaban), se compró una botella de vodka carísima y se quedó chupando, sin leer, con la televisión prendida mirando películas europeas del año del pedo en no se sabe qué canal de esos doscientos mil que te ponen en el cable. Justo esa semana le tocó un ciclo de cine expresionista alemán, lo que no contribuyó, sumado a los porros de la tarde y al vodka y los ácidos de la noche, a su equilibrio mental. “El Gabinete del doctor Caligary”, sobre todo, lo mató. Soñó toda la noche con esas caras horripilantes, propiamente de pesadilla. Con “El Golem”, en cambio, se cagó de risa; era demasiado burdo para la sutileza del cine contemporáneo, una pieza de museo. En suma, durante tres noches seguidas (hubo compra de una segunda botella de vodka) se acostó recontra en pedo, drogado, descompuesto e insomne.
La quinta noche no podía contenerse, tuvo que prender un faso en la cama y fumarlo mirando la penumbra del techo a ver si le bajaba la furia. Estaba tan enfurecido con la rubia, con todo, con el mundo, que, contra su costumbre inveterada, había cerrado la persiana y las cortinas del ventanal, así que no podía mirar la miríada de luces nocturnas. En eso estaba cuando, como a la una y media, sintió ruido de llaves y el corazón le dio un brinco. La rubia abrió la puerta despacio y, cautelosamente, prendió la luz. Tobi tiró el porro al suelo sin apagarlo y se levantó de la cama hecho una furia. ¡Hija de remil putas, dónde carajo te habías metido! le gritó, mientras ella corría (para su mal) el cerrojo de la puerta. La rubia no alcanzó a reaccionar, porque, al oír, sin entender demasiado, la frase de Tobi, se dio vuelta para mirarlo, al mismo tiempo que Tobi se abalanzaba sobre ella y la tomaba del cuello, diciéndole ¡Dónde mierdas estabas, hija de remil putas, puta de mierda y la reconcha de tu madre!
La rubia estaba con la espalda contra la puerta, tomada del cuello por Tobi, que, quizá por no querer más que asustarla, quizá por su lamentable estado de coordinación física, no la apretaba demasiado. La reacción de Tobi la sorprendió tanto que permaneció medio minuto sofocándose entre las manos del muchacho sin atinar a defenderse, a separarse, a empujarlo.
A la tercera anochecida sin noticias, harto de cocinarse o de tomar yogur para llenar la panza antes de seguir escribiendo hasta las doce o la una o acostarse (pero el anochecer sin la rubia lo ponía tan tenso que después de las diez no podía concentrarse, no lograba escribir ni una línea coherente en diez minutos, como si poco a poco se le fuera trancando la mente; las manos le temblaban), se compró una botella de vodka carísima y se quedó chupando, sin leer, con la televisión prendida mirando películas europeas del año del pedo en no se sabe qué canal de esos doscientos mil que te ponen en el cable. Justo esa semana le tocó un ciclo de cine expresionista alemán, lo que no contribuyó, sumado a los porros de la tarde y al vodka y los ácidos de la noche, a su equilibrio mental. “El Gabinete del doctor Caligary”, sobre todo, lo mató. Soñó toda la noche con esas caras horripilantes, propiamente de pesadilla. Con “El Golem”, en cambio, se cagó de risa; era demasiado burdo para la sutileza del cine contemporáneo, una pieza de museo. En suma, durante tres noches seguidas (hubo compra de una segunda botella de vodka) se acostó recontra en pedo, drogado, descompuesto e insomne.
La quinta noche no podía contenerse, tuvo que prender un faso en la cama y fumarlo mirando la penumbra del techo a ver si le bajaba la furia. Estaba tan enfurecido con la rubia, con todo, con el mundo, que, contra su costumbre inveterada, había cerrado la persiana y las cortinas del ventanal, así que no podía mirar la miríada de luces nocturnas. En eso estaba cuando, como a la una y media, sintió ruido de llaves y el corazón le dio un brinco. La rubia abrió la puerta despacio y, cautelosamente, prendió la luz. Tobi tiró el porro al suelo sin apagarlo y se levantó de la cama hecho una furia. ¡Hija de remil putas, dónde carajo te habías metido! le gritó, mientras ella corría (para su mal) el cerrojo de la puerta. La rubia no alcanzó a reaccionar, porque, al oír, sin entender demasiado, la frase de Tobi, se dio vuelta para mirarlo, al mismo tiempo que Tobi se abalanzaba sobre ella y la tomaba del cuello, diciéndole ¡Dónde mierdas estabas, hija de remil putas, puta de mierda y la reconcha de tu madre!
La rubia estaba con la espalda contra la puerta, tomada del cuello por Tobi, que, quizá por no querer más que asustarla, quizá por su lamentable estado de coordinación física, no la apretaba demasiado. La reacción de Tobi la sorprendió tanto que permaneció medio minuto sofocándose entre las manos del muchacho sin atinar a defenderse, a separarse, a empujarlo.
Cuando la rubia tosió, roja y ahogada, Tobi pareció recapacitar, y la soltó. Se dio vuelta y caminó hacia el otro lado del depto, como en un break de boxeo, como si algo en él lo alejara de ella para no permitirle que le hiciera nada más. Todo esto sin dejar de putearla por encima del hombro. La rubia se quedó apoyada contra la puerta, tosiendo y tomándose el cuello con marcas rojas, mirando llena de pánico y de sorpresa a Tobi, abriendo los ojos enormes como nunca.
Cuando recuperó la respiración y el habla, le preguntó, con la mayor inocencia del mundo (no podía estar fingiendo, no podía estar actuando tan magistralmente, a menos que fuera una enferma tipo Hitler, sin cara ni carácter propios, sólo dotada con los mil rostros de los diversos personajes que sabía representar tan bien, si es que de verdad estaba actuando), le preguntó a Tobi ¿Q… qué te pasa… por qué te pusiste así? ¿Qué tomaste?...
Tobi se sentó en el rincón más lejano a la rubia, contra la pared, al lado de una de las PC, en el pasillito que daba al baño. Solo, agachó la cabeza, como si estuviera empezando a llorar. La rubia, temeraria, hay que decirlo, se acercó a él y se arrodilló para mirarlo de cerca; olía a veinticinco rasputines borrachos, el aliento casi la voltea.
Con un tono de sinceridad que le parecía increíble, imposible a Tobi, que comenzó a reírse entre dos lágrimas que apenas le habían asomado a los ojos, la rubia le preguntó, muy preocupada, acariciándole el cabello despeinado (todo un índice de lo sacado que estaba el pendejo), ¿Qué te pasa, qué tomaste? Era lo único que se le ocurría: Tobi había tomado algo raro, o había mezclado mal. Debe haber pensado en ese momento que, de llegar media hora más tarde, con Tobi fumando en la cama boca arriba, lo hubiera encontrado muerto, ahogado por un vómito. Debió haber pensado algo así, porque si no, no se entiende que sus ojos azules se inundaran de pronto de lágrimas, y que empezara a acariciarlo y a decirle Pero, mi amor, ¿qué te pasó? Pero mi amor, ¿qué te pasó, por qué estás así?, verdaderamente compungida y sin comprender.
Cuando recuperó la respiración y el habla, le preguntó, con la mayor inocencia del mundo (no podía estar fingiendo, no podía estar actuando tan magistralmente, a menos que fuera una enferma tipo Hitler, sin cara ni carácter propios, sólo dotada con los mil rostros de los diversos personajes que sabía representar tan bien, si es que de verdad estaba actuando), le preguntó a Tobi ¿Q… qué te pasa… por qué te pusiste así? ¿Qué tomaste?...
Tobi se sentó en el rincón más lejano a la rubia, contra la pared, al lado de una de las PC, en el pasillito que daba al baño. Solo, agachó la cabeza, como si estuviera empezando a llorar. La rubia, temeraria, hay que decirlo, se acercó a él y se arrodilló para mirarlo de cerca; olía a veinticinco rasputines borrachos, el aliento casi la voltea.
Con un tono de sinceridad que le parecía increíble, imposible a Tobi, que comenzó a reírse entre dos lágrimas que apenas le habían asomado a los ojos, la rubia le preguntó, muy preocupada, acariciándole el cabello despeinado (todo un índice de lo sacado que estaba el pendejo), ¿Qué te pasa, qué tomaste? Era lo único que se le ocurría: Tobi había tomado algo raro, o había mezclado mal. Debe haber pensado en ese momento que, de llegar media hora más tarde, con Tobi fumando en la cama boca arriba, lo hubiera encontrado muerto, ahogado por un vómito. Debió haber pensado algo así, porque si no, no se entiende que sus ojos azules se inundaran de pronto de lágrimas, y que empezara a acariciarlo y a decirle Pero, mi amor, ¿qué te pasó? Pero mi amor, ¿qué te pasó, por qué estás así?, verdaderamente compungida y sin comprender.
Tobi levantó la vista y, al verla llorar y acariciándolo casi como una madre, se puso a lagrimear a su vez, silenciosamente, y a repetir Perdón, perdón, perdón, grotescamente. Luego, sin solución de continuidad, inclinó la cara hacia el costado derecho y vomitó sobre el piso (es un decir: sobre el piso y, antes, sobre su brazo derecho y un poco sobre su pantalón). La rubia lo dejó vomitar y siguió acariciándole el pelo, con los ojos aún húmedos, COMO SI REALMENTE NO SUPIERA por qué Tobi estaba así, por qué le había saltado al cuello. Después Tobi pareció quedarse sin fuerzas para nada más, porque, aparentemente ya sereno, apoyó la nuca contra la pared (los labios y el cuello sucios de vómito casi totalmente líquido, fuertemente oloroso a alcohol y a podrido), y se quedó respirando hondo, suspirando casi, como sereno, con la vista pensativa, perdida en un punto impreciso de la pared opuesta, sobre la heladera, como si estuviera sobrio reflexionando en una plaza y disfrutando del sol de primavera. Todo sin mirarla. Acto seguido, se sintió un ruidito a líquido manando sordamente, y el pantalón de Tobi se humedeció tibiamente casi hasta la rodilla. La rubia lo dejó mear, más tranquila, como si ya hubiera hecho su composición de lugar y tuviera previsto lo que ocurriría y lo que ella debía hacer.
Nunca Tobi había tenido un ataque de violencia, ni borracho ni drogado, desde que andaban. Por el contrario, precisamente lo que a la rubia más lo exasperaba del pendejo era esa reconcentrada falta de reacción, esa aparente indiferencia, casi desdén, casi hosquedad (mucho de hosquedad silenciosa), con que Tobi la trataba, con que Tobi se movía por el mundo. La enfurecía, a veces, una media palabra, un gesto súbito de enojo del que ella, por lo menos de arranque, no comprendía el origen, pero intuía vagamente que el origen estaba en algo que ella acababa de hacer o decir o de no hacer o no decir. Pero Tobi nunca explicaba nada, siempre se quedaba callado, se daba vuelta en la cama o se ponía a leer o a escribir sin darle más pelota, sin reaccionar ante lo que a veces eran provocaciones conscientes de la rubia, cuando se enojaba con él y lo quería hacer explotar. Y Tobi reaccionaba montarazmente, hoscamente, le daba vuelta la cara con desdén y rumiaba su enojo en el cerebro (a juzgar por la cara de culo, pero era imposible sacarle nada, nada, en esas circunstancias y eso la enfurecía a la rubia, que se quedaba pedaleando en el aire, con ganas de encajarle una trompada en la espalda o de rajarlo a puteadas a ver si decía algo). Pero Tobi era una tumba, un muro, no estallaba nunca, mantenía la violencia en un exasperante estado de inminencia que podía desmadrarse en cualquier momento, y eso era más agotador para los nervios de la rubia que si simplemente la mandara a la mierda. Y eso mantenía a los dos en una tensión insoportable que a la rubia la ponía de los pelos, y así era como a veces andaban dos o tres días durmiendo de espaldas en la cama y sin hablarse ni nada por el departamento, a veces en un boliche o en alguna fiesta, uno al lado del otro como siameses, incapaces de separarse, pero sin dirigirse siquiera una mirada.
La rubia esperó que Tobi dejara de mearse, le dio un momento de descanso y después, con paciencia y serenidad, lo levantó tomándolo de un brazo y lo llevó hacia el baño, lo desnudó (Tobi la dejaba hacer como un niñito, como atontado, como anestesiado), abrió la ducha y lo metió bajo ella una vez que el agua empezó a echar vaporcito. Luego lo lavó como si fuera un nene o Cristo, de la manera más maternal o enfermeril, de la manera más asexuada que Tobi jamás pudiera haber imaginado (aunque en ese instante no le dio demasiada pelota al detalle, estaba en lo suyo, en el limbo de los borrachos, quemándose indiferente con el agua). Después lo enjuagó, lo secó frotándolo enérgicamente con un toallón, lo hizo salir y calzarse sus ojotas, lo paró frente al foco de encima del botiquín del baño y empezó a peinarlo prolijamente hasta que quedó el habitual peinado de Tobi, lacio, con la raya al medio y el cabello cayéndole en melena sobre la nuca y el cuello, castaño miel, con un mechón lacio detrás de cada oreja y el resto del cabello, el de los costados, cayendo un poco sobre las orejas.
Ya estaba tranquilo y ni la miraba, perdido en sus cavilaciones. A la rubia no le extrañó porque conocía su inclinación a abstraerse largos ratos del mundo exterior y porque, pensó, Está borracho y drogado, debe estar muerto de cansancio. Cuando Tobi finalmente la miró a los ojos, la rubia le sonrió, serena, y le dijo, pellizcándolo, Estás hecho un querubín, te falta el traje de marinerito.
Perdoname.
Nunca Tobi había tenido un ataque de violencia, ni borracho ni drogado, desde que andaban. Por el contrario, precisamente lo que a la rubia más lo exasperaba del pendejo era esa reconcentrada falta de reacción, esa aparente indiferencia, casi desdén, casi hosquedad (mucho de hosquedad silenciosa), con que Tobi la trataba, con que Tobi se movía por el mundo. La enfurecía, a veces, una media palabra, un gesto súbito de enojo del que ella, por lo menos de arranque, no comprendía el origen, pero intuía vagamente que el origen estaba en algo que ella acababa de hacer o decir o de no hacer o no decir. Pero Tobi nunca explicaba nada, siempre se quedaba callado, se daba vuelta en la cama o se ponía a leer o a escribir sin darle más pelota, sin reaccionar ante lo que a veces eran provocaciones conscientes de la rubia, cuando se enojaba con él y lo quería hacer explotar. Y Tobi reaccionaba montarazmente, hoscamente, le daba vuelta la cara con desdén y rumiaba su enojo en el cerebro (a juzgar por la cara de culo, pero era imposible sacarle nada, nada, en esas circunstancias y eso la enfurecía a la rubia, que se quedaba pedaleando en el aire, con ganas de encajarle una trompada en la espalda o de rajarlo a puteadas a ver si decía algo). Pero Tobi era una tumba, un muro, no estallaba nunca, mantenía la violencia en un exasperante estado de inminencia que podía desmadrarse en cualquier momento, y eso era más agotador para los nervios de la rubia que si simplemente la mandara a la mierda. Y eso mantenía a los dos en una tensión insoportable que a la rubia la ponía de los pelos, y así era como a veces andaban dos o tres días durmiendo de espaldas en la cama y sin hablarse ni nada por el departamento, a veces en un boliche o en alguna fiesta, uno al lado del otro como siameses, incapaces de separarse, pero sin dirigirse siquiera una mirada.
La rubia esperó que Tobi dejara de mearse, le dio un momento de descanso y después, con paciencia y serenidad, lo levantó tomándolo de un brazo y lo llevó hacia el baño, lo desnudó (Tobi la dejaba hacer como un niñito, como atontado, como anestesiado), abrió la ducha y lo metió bajo ella una vez que el agua empezó a echar vaporcito. Luego lo lavó como si fuera un nene o Cristo, de la manera más maternal o enfermeril, de la manera más asexuada que Tobi jamás pudiera haber imaginado (aunque en ese instante no le dio demasiada pelota al detalle, estaba en lo suyo, en el limbo de los borrachos, quemándose indiferente con el agua). Después lo enjuagó, lo secó frotándolo enérgicamente con un toallón, lo hizo salir y calzarse sus ojotas, lo paró frente al foco de encima del botiquín del baño y empezó a peinarlo prolijamente hasta que quedó el habitual peinado de Tobi, lacio, con la raya al medio y el cabello cayéndole en melena sobre la nuca y el cuello, castaño miel, con un mechón lacio detrás de cada oreja y el resto del cabello, el de los costados, cayendo un poco sobre las orejas.
Ya estaba tranquilo y ni la miraba, perdido en sus cavilaciones. A la rubia no le extrañó porque conocía su inclinación a abstraerse largos ratos del mundo exterior y porque, pensó, Está borracho y drogado, debe estar muerto de cansancio. Cuando Tobi finalmente la miró a los ojos, la rubia le sonrió, serena, y le dijo, pellizcándolo, Estás hecho un querubín, te falta el traje de marinerito.
Perdoname.
No hay problema. Estás borracho. Pero la próxima vez poneme un cartel en la puerta, así entro armada. Ahora vamos a dormir, estoy muerta.


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