Pero antes, a la tarde. Cuando se despierta, solo (ni piensa en cómo carajo habrá hecho la piba para salir de la laberíntica casona sin su ayuda… si es que no la ha habido; solamente se extraña de estar solo en la cama, y eso por dos segundos). En seguida el dolor intensísimo de cabeza, maldita piña colada con vodka, le hace olvidarla. ¡Qué bestia, un vaso largo!, se dice tomándose las sienes.
Hasta que se levanta, acalorado y solo y dolorido después de dar vueltas media hora en la cama, ni se acuerda del asunto del pelo. Cuando se levanta y va al baño con la cosita de afeitarse y un toallón nuevo para pegarse un baño, y se ve ahí en el espejo… ¡Pega un salto, como si hubiera visto a otro! (¿Qué va a decir Jaspe {¡shit!}?).
Se mira de nuevo, con asombro. El cortecito suena uno de sus cíclicos ataques contra sí mismo, una delectación en lastimarse, en rebajarse o degradarse pero sólo íntimamente, los demás sólo ven, a la larga, el resultado del proceso. El desgarrón de ser.
Tobi no quiso, luego del susto y la resaca, pensarlo demasiado. Lo iba a arruinar, o iba a descubrir que era eso, un boicot contra sí mismo, un ritual de asesinato psicológico. En fin, cosas tremebundas, como siempre que le daba riendas a sus pensamientos. Quería restarle entidad a la tragedia, al “sentimiento trágico de la vida”, sin olvidarlo, sin abandonarlo, sin traicionarlo o escamoteárselo, pero, ¡hombre, un poco de alegría! ¡claro que no la boba alegría posmo, pero tampoco el cáustico gesto de un santo! ¿Qué quería hacer si no de su vida? ¡Nunca, por rechazo a la taradez general o al cinismo general o a cualquier cosa general, tenía que dejarse caer en el fanatismo oposicionista! La oposición a la pelotudez reinante debía pasar por otro lado, no por la “seriedad” que tanto le llenaba las bolas porque era la actitud “mo”, sino precisamente por una risa que no ignorase la tragedia, sino que la asumiera y la desafiara como Luciano en la ultratumba (¿era Luciano o un personaje de Luciano?), así: una risa que apostrofase al vulgo, que lo escandalizace, que se riera de la indiferencia del vulgo, de CADA rebaño; ni seriedad adusta y solitaria, ni carcajada entre la turbamulta. Ese era el punto, o el recodo de la marcha, en ese instante de su vida. Eso sentía que debía sentir, pensar, escribir, testimoniar(se).
No obstante estas disquisiciones, no pudo evitar pensarlo un poco, casi a despecho, previendo con placer maldito la sorpresa en Jaspe, en Leandrito.
Quizá era no tanto un daño a sí mismo como un asesinato. De algo. No importaba qué. O mejor dicho, importaba no saberlo con demasiada precisión. Pero no una muerte sino una clausura, una puerta tapiada… pero una tapia… de salud… o productora de salud. ¡Mierda, basta de Lacan en mi vida!, Roll over Beethoven, tell you to Heidegger… (¿Pero entonces qué? ¿Una liberación? ¿De qué? {¿De no preguntar?})
Pst…
O una liberación de la similitud, un encuentro y/o reconciliación con la singularidad que te escruta, baby. Una lejana intimidad con la pluralidad inescrutable, baby. Con "la verdad como el albergamiento en lo clareado y oculto". La poesía, Jaspita, Leandrito, las palabras, el silencio, el estupor, la luz, la sombra, baby.
Pero ya esto era precisar demasiado el asunto. Prefería mejor no saber muy bien qué cosas mataba con ese acto de cortarse el cabello. Enterarse más tarde, luego de que la vida decantase el asunto, hiciese el tamiz involuntario (o supra o metavoluntario), pusiese tiempo entre él y el anterior, o entre él y el próximo. Abjurar del morbo de saberse, de desguazarse entre palabras.
No obstante, la noche que siguió, y aunque al otro día llegaba Jaspe con el nene, no pudo evitar, borracho y solitario, meterse en Internet y conjurar la culpa que le daba su actuación ante Lucrecia, la imagen de granito que había adoptado para convertirla en incondicional de su literatura (porque sólo así pudo explicarse tan inusitada, ya que no inaudita, lujuria), escribiéndole a Jaspita un mail verborrágico y melodramático, explicándole con redundancia su ansia de absoluto y su hartura de querer entender (otra vez), su que no le alcance nada, ni siquiera entender; su necesidad de retornar a ella siempre y que ella lo perdone sin palabras porque sólo en Jaspe (y en su sangre) puede confiar, confiarse, darse para retornar al equilibrio, él, el desesperado de equilibrio aún sabiéndolo un imposible cosmogónico (equilibrio = absoluto, perennidad, quietud {¿muerte?: Bueno… dice Lacan de esa idea freudiana… se fue por las ramas, tuvo que andar borrando; en el medio se le pasó un poco el pedo y desdramatizó el escrito, que Jaspe JAMÁS LEERÍA: nunca chequeaba mails de su correo privado, o los leía cuatro meses después y terminaba preguntándole, perpleja, de qué carajo le hablaba en ese texto que había encontrado, por qué carajo se le dio por escribir incoherencias por mail si tenían todo el día y toda la noche para hablarse}).
En fin, se dijo Tobi borrando todo, amar es no comprender (reminiscencia inmediata de Onetti que a su vez lo llevó a Nietzsche: "la fe es no querer ver la verdad", y también "la vida más alta y pura consiste en tener la verdad en la fe").
Y después se acostó y permaneció en un entresueño maldito entretejido de reflexiones sobre lo increíble de que Jaspe (una sana con una biografía y un ambiente enfermantes) y él (un enfermo al que la normalidad lo neurotiza), dos que no deberían saber o poder nadar, hayan logrado tanto tiempo, contra natura, sostenerse recíprocamente y mantenerse a flote con tanta prolijidad dentro de todo, mutua tabla de salvación el uno para el otro, las dos carillas de la misma hoja (habría que escribir el verdadero Libro de Jaspe, el de ella, ignota, y su infinito penar silencioso al que se impone con serenidad infinita, con espesura de bosque sagrado).
(Y Jaspe sabiendo que ama a Tobi porque es su tabla de salvación, su ideal de yo proyectado, pero también porque lo sabe, lo cree, un genio es decir un inadaptado, un Dostoievski, y eso ama en él, y quiere salvarlo, sostenerlo para que sea. ¡Para que sea! {pero esto nunca podría saberlo, imaginarlo, casi ni sospecharlo Tobi, tan sapiente de su impureza intrínseca y tan creyente en que sólo se puede adorar lo puro, lo absoluto, lo invulnerable, aunque la vida le desmintiese esto a cada paso, {tanto el atavismo pesa}})
(Y Leandrito y su peso de ancla en lo real, de llamado a sosiego al egoísta artístico. Leandrito, el resumen y la resolución de sus incompletudes, la sublimación, la flor, el grial, la consustanciación postverbal, desverbal. Sí. Desverbal, mejor. Fuckin's filósofos alemanes: casi todos capones curas, pastores o hijos de pastores o sin hijos. Malcogidos. ¿Cómo creen que pueden entender algo de nada si nunca tuvieron sangre de su sangre entre los brazos, olieron mierda de bebé a la mañana, malditos enanos que comen y cagan todo el tiempo, si nunca se desvelaron porque al bebé le estaba saliendo el primer diente, si nunca vieron al nene dar sus primeros pasos, balbucear heideggerianamente las palabras primeras que lo introdujeron en el encierro de lo humano, del verbo, del ser {¿Y esto qué es, papi? ¿Y esto? ¿Y esto? ¿Y por qué es así? ¿Qué es? ¿To'on?; pues nada, niño, no hay nada que explicar, no es nada, es eso que está siendo, y no hay explicación posible ni necesaria, es enfermizo pretender entender algo en este fuckin' mundo absurdo y azaroso y sin sentido y sin siquiera un loco lleno de ruido y furia que lo cuente; pero decírtelo a vos, bebito, Leandrito, hijito, amorcito, flor mía, lumbre de mi vida, redención mía, hermosura y tesoro de la madre y del padre, amor, amorcito, preciosura, muñequito, bocadito de mejillas rosadas y ariscas y mimosas… intentar explicártelo sería tan infructuoso como intentar explicárselo a un filósofo, y por eso vivimos repitiendo perpetuamente las mismas preguntas en todas las épocas, intentando entender, saber, hasta que la vida renuncia de esas inquisiciones a la gran mayoría, y otros nos hartamos, nos hastiamos, de querer entender {aun cuando tengamos recaídas todo el tiempo en eso, en la cavilación autógena}, y otros, los menos, los más tercos y obtusos, siguan buscando la pregunta originaria, esa que nunca existió más que en la mente podrida de los capaces de creer en la restauración del ser a partir de reencontrar esa pregunta {presunta} originaria {artificial, lingüística {el idioma nos habla}, mítica}; eso impreciso e indefinible que estaba y estuvo y estará ni siquiera en el balbuceo filosófico ni en el balbuceo infantil sino sólo en el silencio místico de amar, en el mero silencio de unos labios sellados o de un índice pegándose a los labios porque el motivo de la vida, el fruto, duerme por fin, después de estar todo el día con dolor de pancita.)