el rumiante
El cascote de la literatura, antes de que venga el pibe y saque lo que sobra de la estatua.
viernes 16 de diciembre de 2011
Jet lag
Daniel Ripesi
sábado 20 de agosto de 2011
Una de Ceferino Piriz
Introducción
La estructura organizativa del fútbol argentino nació signada por el modelo decimonónico de exportación de materias primas a través de un puerto único: la AFA se fundó, de hecho, con equipos del área metropolitana-platense, a los que se le fueron afiliando directamente unos pocos equipos santafesinos y, más recientemente, algunos más no pertenecientes a las conurbaciones porteña y platense. Desde los años 60, con la creación, por Valentín Suárez, de los Nacionales, se confeccionaron diversos campeonatos para integrar a los equipos del Interior; si bien decenas de clubes llegaron a disputar estos torneos entre 1967 y 1985, el abismo organizativo, económico y deportivo entre las ligas locales, los campeonatos regionales y los nacionales que debían disputar cada año las instituciones chacareras, junto al tobogán económico por el que descendía el país, hicieron que ese paso fuera en general meramente testimonial, con decenas de clubes fundidos y hasta desaparecidos en algún caso.
En los 90 se pergeñó el Torneo Argentino A, con la plausible idea de darles a los equipos más poderosos del fútbol chacarero campeonatos que se disputasen a lo largo de toda la temporada, permitiéndoles desarrollar una estructura organizativa, presupuestaria, financiera y deportiva más estable que los bandazos que significaban jugar 6 meses al año barrio contra barrio, en un nivel prácticamente amateur, y el resto de la temporada alta con exigencias deportivas y organizativas crecientemente profesionales[1]. Sin embargo, la primera versión daba sólo un ascenso y sólo un descenso sobre 32 equipos que la disputaban: el resultado fue un torneo de grandes traslados y gastos, y con canchas vacías.
Con menos equipos, con una configuración y una cantidad de participantes que variaba de año a año, y con el nacimiento de sus hermanos menores (el Argentino B y el C) el Argentino A llegó a cumplir mínimamente con el objetivo de brindar un torneo que permitiera construir estructuras organizativas, económicas y deportivas (vale decir, planteles profesionales) atinadas, y con diferentes gradaciones de poderío y profesionalismo. Persiste, no obstante, la sensación de que los clubes del Interior exitosos, más que sumarse integralmente a las categorías nacionales, han ocupado los nichos dejados por la anemia de algunos equipos metropolitanos, que, sumando las dos categorías de nivel nacional, suelen ser más de la mitad del total, cuando los poco más de setenta equipos afiliados a la AFA y con sedes en el área metropolitana (las conurbaciones de Buenos Aires y La Plata) representan (según el Censo 2010) a aproximadamente el 32% de la población del país. Precisamente, el peso político en la Asociación del Fútbol Argentino sigue favoreciendo a los equipos del ascenso metropolitano, con sutiles sistemas de ascenso y descenso que limitan el crecimiento proporcional de los clubes chacareros en las dos categorías nacionales. Todas estas irregularidades quedan claramente expuestas en la incoherencia de las nomenclaturas: hay un torneo de Primera División, pero no uno de Segunda; una B Nacional, pero no una A Nacional; unas B, C y D Metropolitanas, pero no una A Metropolitana; unos torneos “Argentinos” A, B y C que excluyen a un tercio de la población del país. Pero, además, los torneos del fútbol chacarero que ha diseñado hasta ahora el Consejo Federal han sido racionales para el nivel superior solamente: en el Argentino C, persiste la estructura de disputa de los antiguos Torneos del Interior, y debajo de él, las ligas de cada pueblo, más o menos agrupadas y organizadas a piacere.
Con el objetivo de superar estas incongruencias y limitaciones, así como de reestructurar el fútbol argentino con vocación federal y de lograr torneos en los que la mayor parte de los equipos peleen por algo durante todo el año, integrando además de una manera racional y viable (en lo deportivo, en lo económico, en lo geopolítico) a los clubes chacareros, se propone la siguiente estructura de campeonatos.
Estructura de campeonatos nacionales y regionales
Primera A Nacional: 16 equipos, con 4 descensos directos. Los estadios tendrán una capacidad mínima de 16.000 espectadores sentados.
Primera B Nacional: 20 equipos, con 5 descensos directos. Los estadios tendrán una capacidad mínima de 8.000 personas sentadas.
Torneos Metropolitanos de Ascenso (integrados por todos los equipos del Gran Buenos Aires y Gran La Plata que no participen en alguna de las dos categorías nacionales. La pertenencia o no a la zona metropolitana se determinará, como la inscripción para nuevos equipos de la actual Primera D, para instituciones con sede a no más de 50 kilómetros de Buenos Aires).
Torneos Federales de Ascenso (con los equipos del resto del país).
Finalmente, habrá 3 Campeonatos Nacionales Juveniles, sub15, sub17 y sub19, que integrará a equipos del Interior y del área metropolitana.
A manera de homenaje al máximo ídolo de la historia del fútbol argentino, se propone nombrar al torneo de copa que integre a los equipos de las principales 4 categorías Copa Maradona. Participarán de ella los 16 equipos de Primera A, los 20 de Primera B, los 5 descendidos de la anterior temporada de la B Nacional, más 8 equipos de la A Metropolitana y 15 del Torneo Federal de Ascenso. Así como la Copa del Rey es entregada en España por el rey, se propone que, cada año, Diego entregue al ganador un trofeo especialmente diseñado con motivos alusivos a su gloriosa trayectoria con la camiseta albiceleste.
Las dos categorías nacionales y la Copa Maradona serán organizadas directamente por la AFA. El Comité Ejecutivo de la AFA estará integrado por representantes de todos los equipos de la A Nacional, más representantes de la B Nacional y de los Consejos Metropolitano y Federal del modo establecido más abajo.
Los torneos del Interior serán organizados por el Consejo Federal, y los del área metropolitana por un Consejo Metropolitano. Los representantes de ambos consejos en el Comité Ejecutivo de la AFA se designarán con una proporción de un tercio para el Consejo Metropolitano y dos tercios para el Consejo Federal (en proporción con los números del Censo 2010 para sus respectivas áreas de influencia). A su vez, cada Consejo estará conformado por representantes de todos los clubes de su máxima categoría (A Metropolitana en el caso del CM; Torneo Federal A en el caso del CF) y representantes de las divisionales B y C Metropolitanas o de las 24 Ligas, respectivamente.
Con el objetivo de apuntalar la apenas incipiente inserción de los equipos del Interior en las dos categorías nacionales, se propone que bajen de la A a la B Nacional los 4 equipos metropolitanos con peor promedio al finalizar la temporada en la que entre a regir la nueva organización de los campeonatos. En la B Nacional, el excedente de 4 equipos saldrá también de los 4 peores promedios de los equipos metropolitanos que disputen la mencionada temporada, además de los dos descensos de ese año (para dar lugar a dos ascendidos ese año: uno por la B Metropolitana y otro por el Argentino A). Por ejemplo: con la conformación de equipos de la temporada 2011-2012, quedarían en la A Nacional 8 equipos del área metropolitana y 8 del Interior (incluidos los de Rosario y Santa Fe), y, en la B Nacional, 11 del Interior y 9 del área metropolitana.
Asamblea de AFA
Encargada de elegir cada cuatro años al nuevo presidente de la Asociación del Fútbol Argentino y su Comité Ejecutivo, así como de gestionar futuros cambios en el Estatuto y en los diversos torneos, la Asamblea de la AFA estará conformada por representantes de: 1) los 16 equipos de Primera A Nacional; 2) 10 representantes de la Primera B Nacional; 3) 18 representantes del Consejo Metropolitano de Fútbol (a saber: 9 por la A; 6 por la B, y 3 por la C); 4) 36 representantes por el Consejo Federal de Fútbol (a saber: 12 representantes por el Torneo Federal, y 24 representantes de las Ligas (uno por cada una). En total, 80 representantes.
Torneos Metropolitanos de Ascenso
Jugarán en torneos todos contra todos a dos ruedas para cada categoría, salvo las excepciones a continuación explicadas.
Divisional A: Sucesora de la actual B Metropolitana, con 20 equipos y 4 descensos directos. El campeón ascenderá a la B Nacional. Un segundo ascenso se dirimirá con una Liguilla por eliminación directa en llaves de ida y vuelta, disputada entre los equipos 2º a 5º (2º contra 5º y 3º contra 4º, y los ganadores de esas dos llaves), con ventaja deportiva para el mejor ubicado en la serie regular. Finalmente, se clasificarán para la siguiente la Copa Maradona los 8 equipos ubicados hasta el 10º puesto que no hayan ascendido. Los jugadores serán profesionales, sin limitaciones de edad.
Divisional B: sucesora de la vieja Primera C, con 20 equipos y 4 descensos directos. El campeón ascenderá directamente a la A Metropolitana. Los otros tres ascensos saldrán de Reválidas entre los equipos del 2º al 7º, con ventaja deportiva para los mejor ubicados (el 2º contra el 7º, el 3º contra el 6º, el 4º contra el 5º). Los jugadores de esta divisional serán amateurs, sin limitaciones de edad en la conformación de los planteles.
Divisional C: sucesora de la vieja Primera D, se jugará con el resto de los equipos del área metropolitana. Mientras haya en la divisional un máximo de 22 equipos (con no menos de 2 y no más de 4 desafiliados por temporada), jugarán todos contra todos; si se superara, descontados 4 desafiliados por temporada, ese número, el torneo se dividirá en dos o más zonas, con un sistema de disputa a definir en ese caso por las autoridades del Consejo Metropolitano y de la Divisional. Cada equipo de esta Divisional estará compuesto por futbolistas amateurs; además, ningún equipo podrá tener más de 6 jugadores mayores de 23 años, como en la vieja D.
Torneos Federales de Ascenso
Torneo Federal A, con 32 equipos, a disputarse durante todo el año.
Torneo Federal B, con 32 equipos clasificados de los campeonatos de las Ligas, a disputarse en los últimos dos meses y medio de cada temporada.
Las Ligas se reducirán a 24, cada una con hasta 16 equipos (hasta 384 en todo el país) en su divisional A. Cada Liga podrá disponer una divisional B con hasta 20 equipos (hasta 480 entre las 24) y una C con hasta 22 equipos todos contra todos, o con 23 en adelante hasta 40 equipos como máximo (hasta 960 entre las 24 regiones), dividida en dos o más zonas, según defina cada Liga. Cada divisional C deberá tener al menos 2 y hasta 4 desafiliaciones por un año. De no haber una cantidad suficiente de equipos para conformar una divisional C de acuerdo a los requisitos previstos, cada Liga podrá organizar una divisional B con las características reglamentarias de la C en cuanto a la cantidad de equpos. En caso de que no haya tampoco divisional B en la región, de cualquier modo la A seguirá siendo para jugadores profesionales y sin limitaciones de edad. Los equipos que no cumplan con los requisitos mínimos reclamados para la categoría inferior de su Liga dejarán de ser federados; las ligas locales por ciudad y sus poblaciones rurales circundantes también dejarán de estar federadas. Total: hasta 1824 equipos.
Para la formación de las Ligas y sus Divisionales, el año anterior las autoridades de cada una diseñarán dos Torneos Clasificatorios que durarán toda la temporada: uno Superior para los inscriptos con estadios de más de 4.500 localidades y otro Inferior para los inscriptos con estadios de más de 2.500 espectadores de capacidad; en todos los casos, se aplicará la limitación de hasta 4 equipos para ejercer la localía en un mismo estadio. En caso de que más de 4 equipos reclamaran la localía en un mismo estadio, serán aceptados los 4 clubes con mayor cantidad de socios. El Torneo Clasificatorio Superior servirá además para completar los 32 equipos del primer Torneo Federal de Ascenso.
Torneo Federal A
Disputarán este torneo 32 equipos, en tres fases y con 8 descensos directos. El campeón y el subcampeón ascenderán directamente a la B Nacional; un tercer ascenso será determinado por una Liguilla entre 8 equipos. Los planteles serán profesionales, sin limitaciones de edad. La capacidad mínima aceptada por estadio será de 8.000 localidades.
Forma de disputa
Primera Fase
Tendrá 4 Zonas de 8 equipos cada una que se enfrentarán todos contra todos a dos ruedas, determinados por su proximidad geográfica. Los 4 primeros de cada Zona pasarán a la Zona Campeonato; los 4 últimos, a la Zona Permanencia.
Segunda Fase
La Zona Campeonato estará dividida en 2 Subzonas (Norte y Sur) de 8 equipos cada una; los 3 primeros seguirán en la Zona Campeonato durante la Tercera Fase; los 5 restantes pasarán a la Zona Intermedia en la Tercera Fase.
La Zona Permanencia se dividirá en 2 Subzonas (Norte y Sur) de 8 equipos cada una; el ganador de cada Subzona pasará a la Zona Intermedia en la Tercera Fase; del 2º al 7º seguirán en la Zona Permanencia; el último de cada Subzona descenderá en esta Segunda Fase a su Liga de origen.
Tercera Fase
La Zona Campeonato se disputará con 6 equipos todos contra todos, a dos ruedas; los 2 primeros ascenderán directamente a la B Nacional; los 4 restantes quedarán clasificados para la Copa Maradona del año siguiente, y además jugarán la Liguilla por el tercer ascenso a la B Nacional. En éste, como en todos los casos, se definirán las posiciones: 1) por suma de puntos; 2) por los puntos acumulados en el transcurso del torneo; 3) por mejor diferencia de gol; 4) por mayor cantidad de goles a favor; 5) por los enfrentamientos entre sí a lo largo de todo el año.
La Zona Intermedia se disputará en 2 Subzonas (Norte y Sur) de 6 equipos cada una; 1º y 2º se clasificarán a la Liguilla y a la Copa Maradona; del 2º al 5º, clasificarán para la siguiente Copa Maradona; el 6º de cada Subzona jugará una Reválida con el correspondiente ganador de su Subzona de la Zona Permanencia para definir los últimos 2 representantes del TFA en la Copa Maradona.
La Zona Permanencia se disputará en 2 subzonas (Norte y Sur) de 6 equipos cada una; el 1º de cada zona jugará una Reválida para entrar en la Copa Maradona; del 4º al 6º, descenderán a su Liga. En todos los torneos del ascenso, en caso de que el número de descendidos de la categoría superior supere al de los ascendidos, el descenso extra se determinará con un partido desempate en cancha neutral entre los dos últimos equipos salvados de los descensos predeterminados.
Torneo Federal B
Lo disputarán los 24 campeones de Liga más 8 equipos salidos de reválidas jugadas por el 2º de cada Liga más 8 mejores terceros. La capacidad mínima admitida para los estadios será de 4.500 lugares. Los 24 campeones podrán incorporar cada uno hasta 3 jugadores que hayan participado en ese año del campeonato de la misma Liga y divisional; quienes accedan al TFB desde las Reválidas no podrán incorporar jugadores.
Los 32 equipos del TFB se dividirán en 8 zonas de 4 participantes cada una (designados por proximidad geográfica: 3 campeones regionales y el ganador de la Reválida entre los 3 segundos de las Ligas y el mejor de los 3 terceros), todos contra todos a dos ruedas. El ganador de cada una de las 8 zonas clasificará al siguiente Torneo Federal de Ascenso A. En todos los casos, el primer puesto se definirá: 1) por suma de puntos en la zona; 2) por mejor campaña en la respectiva Liga; 3) por diferencia de gol; 4) por mayor cantidad de goles a favor; 5) por los enfrentamientos entre sí en el TFB.
Las 8 zonas se formarán así: los campeones de Misiones, Corrientes y Chaco, más el ganador de su Reválida; los campeones de Formosa, Jujuy y Salta, más el ganador de su Reválida; los campeones de Tucumán, Santiago y Santa Fe, más el ganador de su Reválida; los campeones de Córdoba, La Rioja y Catamarca, más el ganador de su Reválida; los campeones de Buenos Aires Sur, Buenos Aires Norte y Entre Ríos, más el ganador de su Reválida; los campeones de Mendoza, San Juan y San Luis, más el ganador de su Reválida; los campeones de Neuquén, Río Negro y La Pampa, más el ganador de su reválida; los campeones de Tierra del Fuego, Santa Cruz y Chubut, más el ganador de su Reválida.
Las 24 Ligas del Interior
Consideración general: no más de 4 equipos podrán reclamar la localía en un mismo estadio, por cuestiones organizativas; si hubiere 2 equipos ejerciendo la localía en el mismo estadio, cuando uno sea local, el otro será visitante; si hubiera hasta 4 equipos ejerciendo la localía en el mismo estadio, los 2 equipos que en cada fecha jueguen de locales lo harán en días distintos.
Divisional A: tendrá hasta 16 equipos, que jugarán todos contra todos a dos ruedas. El campeón clasificará directamente para el Torneo Federal B; el 2º y uno de cada tres terceros (de acuerdo al esquema explicado), jugarán una Reválida (en dos llaves: el mejor 2º contra el mejor 3º, y los restantes 2º entre sí; luego, los ganadores de estas llaves; en todos los casos, habrá ventaja deportiva para el equipo de mejor campaña en la serie regular de su respectiva Liga) para definir el restante equipo de la Zona. Los últimos 4 equipos descenderán directamente a la Divisional B de la Liga. No habrá límites de edad y los jugadores podrán firmar contratos profesionales. Los estadios serán de al menos 4.500 localidades de aforo, aunque podrán ser de más de 2.500 lugares siempre que cumplan con las restantes normativas y sean el mejor estadio de su ciudad o zona de influencia.
Divisional B: La jugarán hasta 20 equipos, todos contra todos a dos ruedas (salvo en las excepciones explicadas más arriba). El campeón ascenderá a la A directamente; del 2º al 7º, se disputarán en un play off con partidos de ida y vuelta y ventaja deportiva los 3 ascensos restantes (2º contra 7º; 3º contra 6º, y 4º contra 5º). Los últimos 4 equipos descenderán directamente. Los estadios deberán tener un aforo de al menos 2.500 espectadores. Los jugadores serán amateurs, sin limitaciones de edad. En caso de que los afiliados no sumen al menos 8 (más 1 desafiliado por año) para la divisional B, se podrá armar un único torneo regional con dos zonas y dos fases, o dividir la cantidad de afiliados en la Liga por mitades.
Divisional C: Estará integrada (en caso de haberlos) por el resto de los afiliados de cada Liga, hasta un máximo de 22 equipos (con no menos de 2 y no más de 4 desafiliados por temporada), y se disputará todos contra todos a dos ruedas; si se superara, descontados los desafiliados de cada temporada, ese número, el torneo se dividirá en dos o más zonas, con un sistema de disputa a definir en ese caso por las autoridades regionales y de la divisional. Cada equipo de esta divisional estará compuesto por futbolistas amateurs, y no podrá tener más de 6 jugadores mayores de 23 años. Cuando la divisional tenga más de 22 equipos, la cantidad de desafiliaciones podrá ser: hasta 32 equipos, 6; hasta 40 equipos, 8, pero nunca menos de 2. Los estadios deberán tener una capacidad de al menos 2.500 localidades.
D (excepción): si, sumados los equipos de la divisional C y los desafiliados, hubiera más de 48 instituciones que cumplieran con los requisitos mínimos para participar[2], se podrá crear una divisional D, con futbolistas amateurs y hasta 6 jugadores mayores de 23 años. En tal caso, la divisional C no podrá tener más de 20 equipos; la D se jugará con los equipos restantes, con un mínimo de 2 y un máximo de 4 desafiliaciones por año, todos contra todos o por dos o más zonas si hubiera más de 22 equipos. El mínimo de aforo permitido será también de 2.500 localidades.
Copa Maradona
La jugarán los 16 equipos de Primera A Nacional, los 20 de Primera B Nacional, los 5 descendidos de la anterior B Nacional, más 8 equipos de la A Metropolitana y 15 del Torneo Federal de Ascenso. El campeón clasificará a la fase de grupos de la Copa Libertadores de América.
La forma de disputa será por llaves de dos equipos, en eliminación directa a ida y vuelta. No habrá cabezas de serie; se sortearán las 32 llaves indistintamente hasta llegar a la final, que se disputará en cancha designada previamente al comienzo de la Copa; el equipo de la categoría superior (o mejor ubicado en el respectivo torneo en la temporada anterior, si fueren de la misma categoría) jugará como local el segundo partido, salvo en la final. Todos los estadios deberán tener un aforo de al menos 8.000 personas.
Así, las fases serán: treintaidosavos de final, dieciseisavos de final, octavos de final, cuartos de final, semifinal y final. Como mínimo, las primeras dos fases se disputarán los fines de semana, hasta donde lo permita el calendario internacional de selecciones y clubes en los que participen representativos argentinos, con cuartos de final como máximo. Semifinal y final se jugarán siempre entresemana.
Las 11 fechas de la Copa Maradona se irán intercalando de marzo a noviembre, por término medio, cada 3 fechas de la Primera A Nacional en las primeras fases y cada dos en las últimas que se jueguen los fines de semana. Este calendario podrá adecuarse para facilitar la cesión de jugadores del fútbol local a fechas FIFA, sean amistosos o Eliminatorias.
Torneos Juveniles Metropolitanos, Federales y Nacionales
Los 20 equipos de la A Nacional y los 20 de la B Nacional presentarán obligatoriamente equipos de Reserva en sus campeonatos respectivos. Lo mismo ocurrirá en los Torneos Metropolitanos de Ascenso, de acuerdo a las características que fija el actual Estatuto de AFA. En el Torneo Federal de Ascenso, el campeonato de Reserva será reemplazado (por cuestiones de costos) por un equipo B (con similares características a las de los campeonatos de Reserva) que siga participando en la segunda división de su Liga. La plaza extra que deje en la Divisional A de su Liga un equipo ascendido al TFA será disputada por los dos equipos de mejor colocación de la Divisional B que no hayan ascendido.
Cada verano, durante el receso del fútbol profesional, se organizarán en distintas sedes del Interior los Campeonatos Nacionales Juveniles sub15, sub17 y sub19. En cada uno de ellos participarán 10 equipos del Interior y 6 equipos del área metropolitana, con planteles de 18 jugadores cada uno. Cada uno de los tres campeonatos se disputará en 4 sedes cercanas geográficamente dentro de una misma Liga que cumplan con una capacidad mínima de 4.500 espectadores; estas sedes irán variando año a año entre las distintas Ligas.
Los Torneos Metropolitanos Juveniles de Ascenso se organizarán con una divisional A de hasta 18 equipos y divisionales subsiguientes de hasta 20 equipos, con las categorías Cuarta a Novena, según las características que determina el actual Estatuto de AFA para las distintas divisionales. La clasificación a los Torneos Nacionales Juveniles será teniendo en cuenta: para el Nacional sub15, a los 6 equipos que sumen más puntos entre la Novena y la Octava; para el Nacional sub17, a los 6 equipos que sumen más puntos entre la Séptima y la Sexta; para el Nacional sub19, a los 6 equipos que sumen más puntos entre la Quinta y la Cuarta.
Las divisiones menores de los equipos del Consejo Federal se organizarán en un Torneo Federal Juvenil en un primer nivel y los torneos de las 24 Ligas por debajo. En todos los casos, habrá tres categorías: sub15, sub17 y sub19.
El Torneo Federal Juvenil se disputará en dos zonas de 18 equipos (Norte y Sur) sacados el primer año de los que participen de las dos categorías nacionales, el o los que hayan descendido desde la B Nacional en la temporada anterior, y se completará con los equipos mejor rankeados de la última temporada del Argentino A hasta llegar a 36. Así, en la Zona Norte se agruparán los 18 mejores equipos de Jujuy, Salta, Tucumán, Santiago, Santa Fe, La Rioja, Catamarca, Córdoba, Misiones, Formosa, Chaco y Corrientes; en la Zona Sur se agruparán los 18 mejores equipos de Entre Ríos, Buenos Aires Norte y Sur, Mendoza, San Juan, San Luis, La Pampa, Río Negro, Neuquén, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego. En cada Zona, el campeón y los equipos ubicados hasta el quinto puesto se clasificarán para el Nacional Juvenil de su categoría; en tanto, los 4 clubes que menos puntos hayan sumado entre las 3 categorías descenderán a sus ligas de origen.
Luego, las 24 Ligas organizarán torneos de las 3 categorías con hasta 20 equipos, con divisionales A, B, C y hasta D, con 4 descensos en cada Divisional; los descensos de determinarán sumando los puntos de los equipos en las tres categorías, igual que los ascensos. Igual sistema funcionará para cada una de las 24 Ligas.
En tanto, los 8 ascensos al Torneo Federal Juvenil serán para el club que más puntos haya sumado entre las 3 categorías cada 3 ligas; en caso de empate en la suma de puntos, ascenderá quien más torneos (o segundos puestos, terceros puestos, etc.) haya ganado entre las 3 categorías. El emparejamiento será entre: 1) Jujuy, Salta y Formosa; 2) Chaco, Corrientes y Misiones; 3) Tucumán, Santiago y Santa Fe; 4) La Rioja, Catamarca y Córdoba; 5) Entre Ríos, Buenos Aires Norte y Buenos Aires Sur; 6) San Juan, San Luis y Mendoza; 7) La Pampa, Río Negro y Neuquén; 8) Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego.
[1] En efecto, uno de los grandes problemas de las estructuras de campeonatos del Interior ha sido la mezcla, en un mismo torneo, de equipos plenamente profesionales con planteles de profesionalismo incipiente, o directamente amateurs.
[2] Esto podría llegar a ocurrir en las Ligas más populosas: Córdoba, Santa Fe, Buenos Aires Norte y Buenos Aires Sur.
sábado 2 de julio de 2011
Acotación
jueves 23 de junio de 2011
El hedonismo, Gilda y San Agustín
sábado 21 de mayo de 2011
Apuntaciones
martes 14 de diciembre de 2010
De una apasionada circunspección
Todo eso estaba anudado extrañamente para Tobi, confusamente para Jaspe.
Jaspe había dado una solución genial para Ombú-Argentina, casi sin pensarlo, instintivamente. Un poco teniéndolo junado a Tobi luego de más de un lustro de convivencia, al modo como una mujer en sus trece logra junar en poco tiempo a seres tan boludos como son los artistas en particular y los varones en general. Viéndolo cómo se miraban con la rubia.
O sea. Habían vuelto a
Pero estaban en pelotas, tanteando contactos y sin gente confiable incluso a pesar del fructuoso viaje de una semana y pico a Punta y adyacencias a caretear fiestas y a conocer peluqueros y diseñadores y a cerrar con Nacho para vestir el scouting 2007-2008 de su agencia de modelos, con planes de lanzarse, como tarde, a la campaña primavera-verano austral.
Hasta que un día la rubia apareció de improviso desde su exilio en Londres como cada verano a Parque Chas (pero Tobi desconocía el detalle y todos se habían cuidado muy bien de comentárselo y Jaspe tenía aún menos idea, para ella la rubia era sólo ese mote en los poemas y prosas más amargos y abstractos de la adolescencia de Tobi, su ominosa presencia amenazante detrás de cada verso, de cada duda, detrás de cada horrible certeza) y se encontró con Leandrito correteando por un pasillo igualito al padre, la misma melenita y la misma carita de ángel a los cinco años y ojos violetas correteando por un pasillo, y le había preguntado por su nombre y Leandrito se había enamorado instantáneamente frente a esa flor de hembra en remera toda cortajeada y lentes azules gigantescos y minifalda deshilachada y zapatillas John Foos, y entonces había aparecido Jaspe casi desnuda con un vestidito sostenido por dos tiras invisibles y sin corpiño y con claveles furiosamente rojos del color de su boca sobre fondo dorado y hasta las rodillas y con zapatillas enormes y los cordones desatados, y ambas se dieron cuenta de que la otra era la otra, y eso.
Y se quedaron charlando en la cocina mientras Lea se tomaba su merienda, en tanto ambas, heladas de pavor pero sobre todo la rubia, aguardaban la aparición inminente de Tobi desde ORTIGA (como había rebautizado Tir su salón de artes plásticas para bardear al MALBA y dejar sentado, de paso, su sentimiento acerca de la función del arte). Hablaron mirándose fascinadas, sabiéndose la otra de la otra, como en un cuento de Cortázar pero sin final triste, sin poder decir si era lindo o feo o triste o alegre o qué era o si era final o principio o medio o si era, oteándose las similitudes y las disimetrías, y en un momento la rubia dijo algo y Jaspe se quedó callada, mirándola, y pensó Sos su Dark Lady, así como yo soy su Light Lady, así: la frase exacta, y la rubia había preguntado qué estaba pensando y ella contestó cualquier cosa, o mejor dicho la verdad pero de un modo ambiguo (constatando un poco con tristeza cuánto lo había amado la rubia a Tobi y cuánto le había dolido, cómo se le notaban las cicatrices en la turbación de sus gestos) (en inglés, claro): En que el ser humano se enrosca tanto… y cuando lo mirás un poquito de lejos, todo es mucho más simple. Incluso que nada se explica por la razón, todo por la pasión (incluso la razón). Aunque esto enfurecería a Tobi si lo escucha así dicho. Y que es la pasión la que crea todos los pasadizos… anímicos e intelectuales, diría él.
Y la rubia había reído con irreprimible felicidad, reconociendo el paño, Ja ja, sí: es muy Tobi eso que decís. Tan Spinoza (con pedante ternura).
Entonces, descubrieron en un ratito de charla que no eran adversarias sino acaso máscaras del mismo fantasma (pero esto sólo hubiera podido pensarlo tan tomistamente-lacanianamente Tobi y él nunca tenía la cabeza clara para esas cosas y las veces que había tratado de tenerla le habían pasado las peores cosas de su vida, así que no se daba cuerda con un asunto así salvo en momentos de distracción o de debilidad máxima), contrapuestas acaso, pero también complementarias.
Y que además… eso: se simpatizaban. Instantáneamente se simpatizaron, pese a toda la melancolía que le surgió de golpe a la rubia cuando se quedó observando intensamente concentrada por un instante a Leandrito tomándose la leche chocolatada, y pese a que Jaspe había sabido inmediatamente al verla, antes del primer Hola, que esa mujer plácida era la belicosa rubia que existía abrumadoramente en los poemas porteños de Tobi, esos que Jaspe había leído no sin horror, contagiada del pavor sagrado con que la belleza de la rubia “increpaba” al poeta adolescente, y entonces, al saber primero que era ella, y al contemplar después con cuánto deseo se miraban en cuanto se cruzaron, cómo los pispeaban los demás tiráceos a esos dos, enfocándolos todos con los ojos como unas cenitales a la pareja central de la coreografía, no podía no pensar que objetivamente esa mujer tenía que ser su enemiga.
Pero misteriosa y genialmente, Jaspe le dijo esa misma noche a Tobi, mientras se cambiaban para bajar al asado que derivaría en gira noctámbula, que la rubia le parecía la persona perfecta para gerenciar Ombú-Argentina, dejándolo helado al pibe, que aún no se reponía del golpe de habérsela encontrado.
Jaspe jugó fichas fuertes, pero lealmente: le dijo que se notaba a la legua cuánto se deseaban. Y tuvo la temeridad o la sabiduría de agregar que tenía “permiso”.
En fin. En ese momento la rubia fue una solución, pero después (tres meses después, cuando la rubia aceptó abandonar Londres, donde vivía con un pintor británico, para armar lo de Ombú, y Jaspe vio la alegría en los ojos de Tobi, la expresión radiante de Tobi, por lo general tan circunspecto en sus emociones que había que andar rastreándoselas por un pestañeo, por un labio mordido cuando creía que no lo miraba nadie, etcétera) fue un problema: Tobi pasaba una semana por mes o casi en
Con algo así estuvo anudado lo de querer tener otro hijo. Con inseguridad, con temor a perderlo, porque la mesurada expresión de Tobi cuando debía partir hacia Italia era el otro extremo de las sonrisas abstraídas e irreprimibles que precedían cada viaje a
Pero no hubo maquiavelismo en querer tener un hijo por parte de Jaspe, sino temor. Eso. Temor. ¿Puede quererse tener un hijo por temor? Y sí, claro que sí, siempre es por algún acto de estupidez impremeditada o por alguna razón idiota (hubiera dicho Tobi).
Lo cierto es que en algún punto la dualidad Light-Dark funcionaba. Funcionaba, incluso bien, MUY BIEN (para lo que Jaspe la había pergeñado): desaparecieron las miradas a ninguna parte de 2006, los silencios de cinco días, la abulia exasperante que solían invadir a Tobi en ese período, y que tanto le habían recordado al Tobi de 2000, al desahuciado de veintiún años “como salivazos”. Ahora estaba ocupado, teniendo que solucionar los mil quilombos nuevos que su prosperidad le estaba acarreando, y conociéndose con Soldi y teniendo que armar una relación de igual a igual con un pájaro hábil y peligroso: más viejo, más poderoso, con más yeites en el negocio que él, que era un don nadie y un boludo a cuerda en su opinión.
¡Y apasionándose! Esa transformación la fascinó a Jaspe. ¡La fascinó! Tobi iba con pasión de coger a
O sea. Soldi le llevaba quince años. El hijo mayor era seis años menor que Tobi, que estaba cumpliendo veintiocho en esas fechas. Tobi cuando iba a Milán se quedaba siempre a dormir en la mansión (porque era una mansión) del tano, la misma donde muchas veces caía a dormir alguno de los tres hijos. Y Soldi no pudo menos que sentirse contento de tener un alumno tan aplicado y brillante y ambicioso, y no pudo menos que tomarle cariño, un cariño casi paternal cuando tenía que hacer la comparación con esos jóvenes lejanos, estudiantes de pulcras carreras liberales y sin el menor charme ni visos de ambición por ser unos triunfadores, unos self-made-men como él. Con una capacidad de trabajo que lo agotaba a Soldi mismo, acostumbrado a descomponer sobriamente secretarias y diseñadores merqueados cuando venía la zafra fuerte, y que ahora asistía a estas jornadas de trabajo que Tobi comenzaba a las 8, desayunando, y terminaba, a veces, pasada la 1 de la mañana, sin haber parado a veces más que para comer y bañarse (porque el maldito se bañaba todos los días), que ni salía a dar una vuelta a conocer o a tomarse una copa (frente a la exaltada aptitud para el vicio que él veía en sus universitarios hijos) salvo que Soldi mismo le insistiera, temiendo que se volviera loco encerrado tanto tiempo. Y lo más endiabladamente jodido de todo era que él sabía muy bien qué pájaro era Tobi: los hijos de él al lado de Tobi eran nenes de pecho. Pero el desgraciado iba a Milán y era un monje del diseño, concentrado, serio (algo como Keanu Reeves, esa sensación de que, hagan lo que hagan el Matrix o Sandra Bullock, el tipo nunca se despeinará ni sudará una gota), de una apasionada circunspección.
jueves 11 de noviembre de 2010
El héroe romántico
El héroe romántico cree que el mundo gira alrededor de él, que lo que él opina es muy importante, y se despecha con el mundo porque el mundo no lo adora. Un Edipo mal curado, Hitler salió de lugares así.
El romanticismo cree oponerse a la dictadura de la razón con su exaltación desorbitada de los sentimientos, la pasión, la intuición y demás, cuando jamás se salió del cartesianismo (el racionalismo por excelencia): su mundo se divide en un sujeto que es un yo que es el momento lógico inicial del análisis y un objeto que es mera materia manipulable por el sujeto; es un ser típico de la modernidad, o sea la primera cultura en la historia que entiende el mundo desde el yo y no desde el cosmos, la comunidad o dios. O sea: el romanticismo es el individualismo cartesianista convertido en fetiche de consumo: en obra de arte.
Tobi (nombre inspirado en el gran bardero Tobey Mannering del Cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell) es un héroe romántico, un Julien Sorel insertado en el contexto posmoderno: conseguidos legalmente todos los derechos y garantías, llegado el bienestar material, ya no se puede ser un héroe revolucionario; en una sociedad de consumo ni siquiera puede ser un rebelde; sólo se puede ser consumidor o excluido, y el tipo encima quedó del lado de los ganadores: imagínense a Patton en tiempos de paz, pero una paz que dura desde antes de que él naciera. Y tampoco se va a ir a liberar Grecia de los turcos, porque, muchachos: lo que lo convertiría en héroe es su egolatría, no su altruismo: como Sorel, no se entrega por los demás, se entrega por él, para ser el chico de la película. El héroe romántico en realidad no tiene vocación de héroe: tiene vocación de estatua, quiere ser el tipo adelante del caballo en la punta del Cerrito, oteando una Piedra Movediza más muerta que él.
Este héroe romántico se indigna, sí, pero sobre todo se problematiza. Y mira con rencor a todas esas personas que se matan por convencer a los demás de que son alguien como él, es decir, “verdaderamente distinto”.

miércoles 31 de marzo de 2010
Cicatriz
domingo 28 de febrero de 2010
Anotaciones para London 2010: John Ge
lunes 1 de febrero de 2010
47. Utopía
Había que rearmar toda la estructura organizativa de la isla.
¿Cuatro hordas? ¿Internarse al centro, dejando las costas descubiertas? ¿Instalarse en la frontera más frágil de manera permanente? (eso seguro que no: no tendrían con qué alimentar toda esa cantidad de personas) ¿irse bien al sur, buscando la mayor tranquilidad posible, y vivir de la rica pesca en el Paraná, hasta donde el alambrado los dejase?
Decidieron esto último. No había modo de cubrir las fronteras en forma efectiva, porque una vez invadidos, los hechos habían demostrado que se desperdigaban demasiado en el terreno, y eso hacía muy dificultosa una reacción rápida.
Los últimos días del invierno los pasaron tranquilos. Ni noticias de cazadores, pese a que las guardias en cercanías de cada asentamiento se mantenían siempre. Estaban como solos; cualquier partida que invadiese la isla en el futuro los iba a tener que buscar muchos días; no les iba a quedar mucho tiempo de las dos semanas con licencia para perseguirlos, y ellos podrían defenderse en cualquier caso.
Clara murió a los pocos días, quizá de una infección en la herida, probablemente de pena. Todos la lloraron como a una reina.
Juan, al despedirla sobre la pira que habían armado en su honor, dijo eso, que para todos Clara era como una reina, como una deidad que los alegraba a todos, como un talismán de la buena suerte, de la fe en el futuro, de la rebelión ante los insucesos que les deparaba el destino, y que de allí en adelante permanecería en sus corazones de igual modo, acompañándolos con su belleza y con su fervor, quizá acompañándolos como un espíritu benéfico del bosque, como el hada que era. Algunas embarazadas parieron en esos días, y algunas nenas recibieron el nombre de Clara. Era como asumir el ciclo de la vida continuándose.
Para poder estar más juntos sin pasar necesidades alimenticias, se habituaron más a la pesca en canoas, y pasaban todo el día al borde del agua correntosa del Paraná, sin peligro de ser avistados por cazadores.
Si te acercabas a la orilla del Paraná de noche, podías llegar a ver las luces de los pueblos bonaerenses. Esto lo sabían los flechadores, más libres en sus movimientos en busca de comida. Uno de los pueblos tenía que ser Ramallo, era el que se veía más clarito. El otro, que se adivinaba detrás de una isla, tenía que ser, según los conocedores, San Pedro. Muy muy contra el extremo oeste de la isla de las Lechiguanas, se veían unas luces que tenían que ser San Nicolás de los Arroyos.
Los locos, en sus momentos de depresión, se arrimaban a la orilla del río y miraban largamente y con añoranza las luces para siempre inalcanzables.
viernes 29 de enero de 2010
46. Helado Armaggedón
Hasta media tarde no encontraron gente. A esa hora empezaron a recoger mujeres desesperadas aferrando a alguno de sus hijos. Muchos niños se habían perdido en el bosque durante la huida. Había sido una carnicería. Los flechadores de esa zona se habían portado heroicamente, tratando de organizar y cubrir la retirada, pero los habían matado a casi todos.
Un tercio de la tropa trabajó toda la noche en la vigilancia de la zona y en la búsqueda de sobrevivientes.
Al otro día, a la mañana, pudieron contar setenta flechadores (veinte de ellos mujeres, sólo cincuenta en condiciones de combatir) y unas ciento veinte personas de las distintas hordas. Había la esperanza de encontrar quizá medio centenar más.
Recién cuatro días después del combate del este dieron con la partida de cazadores del oeste. Los tipos también estarían cansados, tenían que haberse detenido a juntar resuello. Estaban ocultos en la espesura de un bosque.
¿Cómo emboscarlos?
Había que emboscarlos, era ridículo darles la ventaja de un golpe por golpe, conociendo el terreno como lo conocían los isleños. Pero los tipos estaban a cubierto.
La cuestión era vigilarlos sin perderlos de vista pero sin que se dieran cuenta de lo cerca que los tenían.
Juan envió de inmediato a Lemma con los guerreros heridos en custodia de la gente, que se retiró hacia el este. Eran toda la resaca, los que no podían combatir, mujeres y enfermos e impedidos y niños, pocos hombres. De los ciento veinte, las dos terceras partes eran mujeres.
Hecho esto, se decidió esperar a que la partida de cazadores saliera de su sitio estratégicamente fuerte, y ahí aguaitarlos y sorprenderlos en un sitio apropiado.
Ahora, luego de cuatro días de marcha, ¿se extrañarían de la falta de señales de los invasores del este, o considerarían que la isla era demasiado grande y estarían tranquilos? ¿Pensarían que la cosa en el este había sido fácil como para ellos en el oeste y que habían masacrado a casi todos los locos, y entonces estaban tranquilos? ¿O estarían inquietos por ese silencio de dos días sin encontrar a nadie, acompañados sólo por ese murmullo de la naturaleza tan traidor, que no presagia nada hasta que algo ocurre? No tenían espíritu selvático, como el que habían adquirido los isleños. No podían más que estar inquietos o tranquilos ante ese silencio; no advertirían las señales de movimiento sigiloso en derredor de ellos. ¿O aguardaban? En todo caso, no parecía.
Lo cierto es que se mantuvieron toda esa jornada en lo oculto del bosque, a salvo de cualquier ataque masivo.
A la noche, Juan estrechó la vigilancia, para que no se les escapasen.
Al día siguiente, tampoco se movieron.
¿Qué esperaban? ¿Acaso una señal del otro grupo? ¿Creían quizá que no quedaban más locos, y esperaban en un sitio convenido en el centro de la isla la llegada de los del este?
Juan esperó hasta media tarde y después, en comunión con los otros jefes sobrevivientes, decidió juntar a los doce mejores tiradores y darles los fusiles con mira telescópica y todas las balas que tenían.
Debían matarlos de a uno, eligiendo el disparo. Tenían una hora para tomar posiciones y elegir el primer blanco. Luego, por los costados, los esperarían ballesteros. Los cazadores no tenían más huida que un arroyito lo suficientemente ancho como para que fueran blanco fácil en una eventual retirada por ese lado, que también estaba cubierto.
Como a las cinco y media, antes de que anocheciera, empezó el tiroteo. Hubo gritos y gemidos y terror y sorpresa entre los cazadores, pero nadie se movió de su sitio. Todos se agazaparon y esperaron así.
Los tiradores eligieron nuevo blanco, y bajaron a otra media docena. Al menos quince de los treinta cazadores habían sido heridos.
Los invasores se refugiaron, arrastrándose, entre los cadáveres, a modo de trinchera, juntos entre los troncos y la maleza, quizá esperando un movimiento.
De nada les sirvió: los tiradores, en la penumbra brusca del crepúsculo, fueron haciendo blanco y, cada cinco, diez, quince minutos, sonaba un disparo, se sentía un gemido.
Cuando ya fue de noche y los disparos siguieron, los cazadores hicieron oír su desesperación. Gritaron que se rendían, pero nadie respondió. Cada tantos minutos, los tiradores, que esperaban pacientemente el menor movimiento en la sombra, disparaban luego de medir con la mayor exactitud el blanco, y otro más moría.
Desde poco antes de la medianoche, no notaron más movimiento. A pesar de eso, se quedaron en sus puestos, vigilantes, hasta que Juan los reemplazó.
Hubo guardia hasta el amanecer.
Con el sol clareando ya la selva, mientras desde los árboles lo cubrían lo tiradores, un grupo pequeño se acercó a revisar los cadáveres. La orden era acuchillar a todos por las dudas, por si alguno estaba vivo o se hacía el muerto.
Dos o tres se movieron, y fueron degollados.
jueves 28 de enero de 2010
45. La noche triste
Juan decidió que el ala izquierda envolviera por el norte a los cazadores, al mando de Alfredo. El resto haría maniobras de distracción sin comprometerse demasiado, desde lejos, con flechazos para molestar, para que Alfredo y los suyos ganaran tiempo.
El bosque los escondía a ellos, y también a los cazadores. Pero ellos conocían el bosque. Eso recompuso un poco la moral, que estaba destrozada por tantos reveses.
Igualmente, hubo una batalla descomunal, con los cazadores avanzando a pie firme cubiertos por los árboles,y los isleños defendiéndose sin dar combate abierto, pero también sin fe.
Estaban consternados. Los bajaban.
Juan ordenó una retirada estratégica hacia el sur un momento antes de que la columna de Alfredo empezara a diezmar a los cazadores por retaguardia.
Eso dio nuevos bríos a la columna del sur, que armó el abanico y empezó a aniquilar cazadores desde las copas de los árboles, eligiendo el blanco.
El griterío era infernal, como nunca nadie lo había oído. El odio y el terror les daban a los isleños una bravura sobrenatural. Los enemigos parecían expertos depredadores humanos, no los chambones que a veces se topaban.
Los cazadores organizaron una fila india y huyeron hacia el este, mientras los isleños les tiraban de atrás y los iban bajando de a uno.
A mediodía quedaba medio centenar de cazadores muertos entre los bosques, y unos veinte isleños.
Estaban a mano, o peor. Entre desaparecidos y muertos, Juan y sus subordinados pudieron contar unas sesenta y cinco bajas. Era la peor jornada de sus vidas en la isla.
Estaban desolados.
Clara seguía muy débil, pero parecía estar ganándole a la muerte, aunque con fiebre y con el brazo inutilizado.
Juntaron los cadáveres y los quemaron en una pira al borde de un arroyo. Era lo único que se podía hacer para evitar la peste. Enterrarlos no podían. La quemazón duró horas y horas, triste espectáculo para todos los isleños, cuyo triste olor dulzón los persiguió luego toda la noche, kilómetros adentro de la isla.
A la tardecita, Juan dejó una treintena de personas al mando de Alfredo e iniciaron la vuelta hacia el norte. A la noche, un correo agotado de correr por la selva les trajo la noticia que menos esperaban: una treintena aproximadamente de cazadores había invadido la isla por el oeste y masacrado a la población. Por lo menos cien o ciento cincuenta personas habían muerto, muchos de ellos niños, y el resto de la gente huía desperdigada y desordenadamente por los riachos y las selvas, narró el mensajero.
Esto no cuadraba con nada. No podía ser el Partido, no tenía lógica. No podía pasar siempre, se iba a armar en la cúpula del Estado un tremendo lío en cuanto se supiera, comentaron con mucho más desaliento que convicción. Esos cazadores iban a ir todos presos, si sobrevivían. Eran unos perfectos imbéciles, comentaban en voz baja. Pero se habían llevado ¿cuántas?; ¿ciento cincuenta? ¿doscientas personas?
Era una tragedia. Una verdadera tragedia. Todos estaban con la moral hecha bolsa.
De inmediato, al saber la noticia, en plena noche, Juan envió a la columna de Alfredo a que retrocediera. De nada valía defender una frontera tan extensa; primero tenían que exterminar a los invasores que quedaban, y luego vivir juntos, lo más juntos posible, resignados a que de vez en cuando los invadirían.
Al fin y al cabo, dijo uno de los jefes en tono de revancha, ¿cuántos cazadores habían liquidado ellos desde que estaban en el coto, o, sin ir tan lejos, desde iniciada la expedición? Había que contarlos. Más de medio millar, seguro. Quizá más, quizá cerca de mil, arriesgó otro. ¿Cuántos gomones habían hundido, durante meses? No había que darse por vencidos, esto no podía pasar todos los días porque era irracional (Lemma no se acostumbraba aún a escuchar esta palabra en boca de, digamos, un esquizofrénico de hacha y tiza como el jefe en cuestión; aunque intentara reprimir la risa, siempre extendía los labios, lo más discretamente que podía), no entraba en la lógica del Partido. Por estas sonrisas tenues y enigmáticas en los momentos más graves, Lemma tenía fama de una gigantesca sangre fría.
Al final de todas las deliberaciones, los jefes decidieron que estaban todos agotados físicamente y sin fuerzas anímicas para encarar otra noche de combate. Por eso, Juan dispuso tres turnos de tres horas de guardia, para que todos descansaran.
Apenas amanecido el día siguiente, despertaron a todos y reanudaron el movimiento.
Por primera vez, con los despojos de la batalla del día anterior, tenían más ballestas que combatientes. Ahora, sumando lo que había quedado con las hordas, había un centenar y medio de ballestas en buen estado, y casi seis mil flechas. Unas ciento veinte ballestas y unas cuatro mil flechas estaban en poder de la columna. Sin contar las armas de fuego, cuyo uso se racionaba con meticulosidad: sólo para blancos difíciles a una distancia de medio kilómetro o más.
miércoles 27 de enero de 2010
44. Sorpresa desde el este
Entre marzo y agosto, casi medio año, los isleños rechazaron casi sin bajas todo intento de invasión. Eran una máquina de guerrilla, ya que no de guerra, que tenía que combatir contra tipos en inferioridad numérica y que venían de sus trabajos en sus ciudades y de su cómoda vida burguesa a pelear a modo de vacaciones contra tipos que vivían jugándose la vida, la propia y la de todos.
El número de habitantes de la isla se acercó, entre nacidos e “inmigrantes”, a los cuatrocientos. Alrededor de ciento cincuenta estaban sobre armas, aunque como siempre las ballestas y las armas de fuego bastaban apenas para las dos terceras partes, y los otros tenían que conformarse, cuando no estaban “de servicio”, con los palos puntiagudos que se usaban para pescar y para el combate cuerpo a cuerpo, y sólo de última como armas arrojadizas.
Pero a finales de agosto algo se escapó de las manos de los guardabosques. Un grupo coaligado de medio centenar de cazadores se confabuló para acudir al coto por Gualeguay y Gualeguaychú y organizar una expedición contra la isla de las Lechiguanas. Tuvo que haber existido corrupción para lograr esa sincronización y ese silencio.
Cortaron todo contacto por celular con las postas y se dirigieron de inmediato contra la frontera este de la isla. Se reunieron en el Paranacito, lejos del río Ibicuy, y eligieron la zona más angosta del río para cruzar de noche en gomones con el motor apagado, a remo.
Esa noche, Lemma estaba de guardia, como veinte kilómetros más arriba de donde la invasión tuvo lugar. Ni sintió el ruido del combate hasta que le vinieron a decir, tres horas más tarde, que un grupo de media centena de cazadores armados hasta los dientes había invadido la isla y asesinado a casi todos los vigías de ese sector, unos quince. Los tres que sobrevivieron huyeron para donde se pudo, y uno de ellos fue el que le dio la noticia a Lemma.
De inmediato, mandó llamar a Alfredo, puso en movimiento toda la organización de guerra y envió correos al centro de la isla.
Según le contó el sobreviviente a Lemma mientras se tomaban las medidas pertinentes, los cazadores parecían haberse ido hacia el interior de la isla, como hacia el sur.
Juan recibió la noticia dormido en una bolsa de dormir al raso, entre una arboleda. Envió un mensajero urgente al este, porque hacia allí parecía haberse dirigido la expedición invasora. Enseguida llegó un segundo sobreviviente con la noticia.
Recién al amanecer pudieron organizar un grupo de unos ochenta guerreros, juntados a toda velocidad del resto de las zonas, para reforzar el este.
Lo fundamental era que no los encontrasen desperdigados, o en el peor de los casos, que pudieran retirarse sin muchas bajas. Una masacre en el este iba a ser una tragedia e iba a mandar la moral al suelo. Además, los mejores guerreros estaban en su mayor parte en esa franja.
Ya en camino, les llegó la noticia, con los primeros sobrevivientes: Fernando, sorprendido a mitad de la noche, muerto con otros doce. Clara había alcanzado a reunir una veintena de flechadores somnolientos y se dedicó con ellos a retirarse en forma ordenada y a hostigar el avance de los invasores. Eran unos cincuenta por lo menos. Una quincena más de flechadores estaba desaparecida, sin rastros, quizá flechando a los cazadores por su cuenta.
A media mañana, se juntaron la partida de Clara y el grueso de los defensores. Clara estaba demacrada, con los ojos rojos de llorar, con el hombro derecho destrozado por una flecha que no habían podido sacarle: se moría desangrada.
A todos los derrumbó verla a Clara así. Juan, ayudado por otros, le arrancó la flecha entre gritos de ella y lágrimas de todos. Trataron de cauterizarle la herida con agua abundante, pero la flecha había literalmente destruido la coyuntura del hombro, inutilizando el brazo bueno de Clara, aunque sobreviviera. Pero no iba a sobrevivir.
martes 26 de enero de 2010
43. Reorganización preventiva
Pero la dificultad, objetó Clara, realista o fantaseando con combates, era vigilar decenas de kilómetros de costa con cincuenta tipos solos.
Juan citó el error de Marcó del Pont al defender la frontera de los Andes contra la invasión de San Martín. Los conocimientos históricos de Juan siempre venían bien: no había que desperdigarse demasiado, y, a falta de mejores elementos, había que ejercitar la variante (dijo Juan) napoleónica: ganar la guerra con las piernas de los soldados.
Más en privado, de vuelta a la propia horda, Juan se explayó, mano a mano, con Lemma, mientras los otros caminaban más adelante; era muy difícil que pudieran impedir perpetuamente las invasiones, había que hacerse a la idea de que alguno se iba a meter, y había que trabajar en consecuencia. Eso quería decir aprovechar el conocimiento del terreno, su condición enmarañada perfecta para emboscar grupos pequeños, la táctica, en suma, que habían aplicado en su período en el norte con relativamente gran éxito: estaban vivos, todos ellos.
Las semanas le dieron la razón a Juan.
A finales del verano, ya sería marzo, una partida de cazadores se les filtró inadvertida por el este, en la zona menos correntosa de las costas de la isla. No se enteraron hasta cinco días más tarde.
No fue exactamente una sorpresa, o bien fue una sorpresa mutua. Se toparon de golpe, los cazadores, impacientes, los isleños, distraídos, y hubo combate de flechazos.
La ventaja era de los cazadores hasta que los locos pudieran reunir fuerzas en superioridad numérica. Mientras tanto, no tuvieron más chance que proteger la retirada de las dos hordas más cercanas hacia el noroeste, mientras unos pocos armados con fusiles y ballestas trataban de emboscar el avance a ciegas de los cazadores.
Hubo muertos de ambos lados, pero cuando los isleños lograron reunir una veintena de guerreros frescos, la batalla ya estaba ganada: quedaban cinco de los doce, aterrados, se acercaba la noche, ya conocían su fin próximo.
Alfredo hizo imperar la razón entre los irascibles guerreros, que querían acribillar a los cazadores sobrevivientes. Las balas no podían reponerse, las flechas sí. Los acribillaron a flechazos luego de una sádica maniobra de encierro que duró horas, y que terminó en un paroxismo de flechas atravesando los cuatro cuerpos que había a esa altura con vida. [ESTO HABRÍA QUE AMPLIARLO]
Hasta ese día, el cariño y la afinidad de vida o de caracteres habían primado en la conformación de las hordas sobre las razones prácticas, porque había bastado con ese esquema para asegurar la sobrevivencia de todos. Pero ahora, acostumbrados a varios meses de no pasar sustos, se dieron cuenta de que era necesaria una reforma de la organización armada. Había que centralizar el mando, hacer una especie de estado mayor de poca gente y regionalizar las jefaturas distribuyendo a los más idóneos para el mando y la guerra. Eso significaba separar a los jefes de la horda de Lemma, que formaban mayoría en experiencia y aptitud.
A Clara, la que reunía mayores condiciones y audacia para la guerrilla, la enviaron al este, secundada por la prudencia de Fernando, para hacer promedio.
A Alfredo, el guerrero de sangre fría y temperamento implacable en los momentos más calientes, le ordenaron la jefatura de la zona norte, secundado por Lemma.
El comando de la zona noroeste, la costa del Paraná Pavón, la menos expuesta, se encargó a otro jefe militar de experiencia, pero con mayoría de guerreros noveles.
En resumen, la mayoría de los veteranos estaba distribuida entre el este y el norte en menor medida, y un tercio restante quedaría repartido en el resto de la isla a modo de subjefes y para mejorar el entrenamiento de los más bisoños.
Hacia el sur, en la orilla del Paraná propiamente dicho, no había gran peligro, porque era necesario atravesar a río una gran distancia antes de acercarse a la isla, y de Victoria para abajo la tierra estaba infestada, hasta el Paraná Pavón, de arroyos y riachos que dificultaban todo avance sorpresivo, y hasta cualquier avance (aun con mapas).
Juan quedó elegido por unanimidad como jefe del estado mayor (llamado así entre risas, pero con algo de solemnidad y orgullo, entre los isleños), con la tarea de rondar en el centro de la isla, presto a acudir a los lugares de eventual conflicto y lo más a mano a un tiempo de las necesidades particulares.
Las hordas, es decir, los no armados, se moverían en adelante por el centro de la isla con los niños, los impedidos y las madres, custodiados por guardias más pequeñas, de manera sincronizada.
Toda la tarea de búsqueda de alimentos quedaba a cargo de las hordas. Los guerreros de la frontera sólo pescaban para comer en el día.
lunes 25 de enero de 2010
42. El sueño terminó
Lemma estaba cómodo en la nueva situación de paz y tranquilidad, retirado a una posición menos expuesta socialmente por propia inclinación. De todos modos, los jefes lo llamaban para consultarlo en asuntos importantes y las mujeres confiaban en su juicio para asuntos domésticos; a ellas les gustaba charlar con él “porque se notaba que era un caballero”.
Ese invierno, concibió, con distintas mujeres, tres hijos, o por lo menos tres mujeres que habían copulado con él concibieron hijos. El tema de la paternidad estaba esfumado entre las hordas, donde todos debían cuidar de cada uno, y cada uno de todos. Esto se redoblaba en el caso de los niños, que eran todos muy chiquitos.
La satisfacción y la esperanza en que se encontraban sumidos se notaban en charlas de los mayores que imaginaban, por ejemplo, cómo sería la adolescencia de esos muchachitos que corrían, semidesnudos y con pieles curtidas, entre ellos, sin conocer otra cosa que el salvajismo de esa vida en la que estaban presos sin saberlo, que jamás verían una PC ni aprenderían a leer.
Pero no todo eran dulces: de vez en cuando, un yaguareté se comía un cristiano, o una víbora picaba, en la espesura, a un caminante. Esos eran los enemigos ahora: se armaban batidas cada vez que hallaban cerca un "tigre", y se trataba de eliminar las serpientes venenosas.
Pasó todo el invierno y toda la primavera. Llegó el tórrido y húmedo verano. Tenían que dedicar los días, a la hora más fuerte, a siestas en lo profundo del bosque o a nadar abundantemente en los arroyos y ríos interiores. Cada tanto, llegaba gente de otras hordas, unas diez personas por mes. La población, a finales de año, llegó a trescientas cincuenta personas entre nacidos e “inmigrantes”.
Ese verano empezaron a ver, de manera esporádica, en sus cada vez más distraídas vigilancias del norte de la isla, gentes que miraban a lo lejos, armados, como buscando paso.
A las pocas semanas de advertir eso, unos flechadores notaron que, en la orilla de enfrente, en el cruce del Gualeguay y el Ibicuy, los guardabosques construían una posta con muelle. La alarma cundió de inmediato. ¿Sería sólo un puesto de vigilancia o empezarían a mandar cazadores fluviales, esos hijos de puta?
Tuvieron que reforzar la vigilancia de manera permanente. Pronto, empezaron a ver gomones con diez a doce personas armadas, intentando con suma dificultad el cruce al Ibicuy. No llegaban a destino: tiradores avezados los flechaban, como mucho, a veinte o treinta metros de la isla.
Pero, de todos modos, era un engorro. Tenían en la isla unas ciento veinte personas en pie de guerra, ballestas para las dos terceras partes, unas cuatro mil flechas de metal, algunas decenas de armas de fuego con algo más de quinientas balas de distintos calibres: si los mataban antes de llegar a la orilla, no había modo de renovar ese parque: la corriente del río se los llevaba.
Juan, de inmediato, puso a trabajar un grupo con exclusividad en la fabricación de armas arrojadizas y lanzas. Las flechas requerían mucha técnica y suficiente peso para soportar la fuerza de la ballesta. No había forma de construir arcos, así que no quedaba otra que flechas de madera un poco más gruesas de lo común, para no perder efectividad en el disparo.
Luego de media docena de gomones acribillados a flechazos, los cazadores cambiaron de táctica; partían del puesto Gualeguay-Ibicuy, pero buscaban, corriente abajo o incluso corriente arriba, otros sitios para acampar en la orilla norte, e intentaban cruzar por otros puntos para eludir la vigilancia.
Una angustia inmensa embargó otra vez a los isleños: la posibilidad cierta de un desembarco, de una vuelta a los horrores que creían parte del pasado, tomó de golpe proporciones casi de pánico. Tuvieron que cambiar todo el modus vivendi de la isla. Mantener medio centenar de flechadores custodiando la costa norte, mientras rápidas batidas por el interior de la isla buscaban alimento y las hordas se internaban bien al centro para retrasar cualquier peligro ante una invasión. Esto obligó a un movimiento físico constante de los flechadores, agotador para el cuerpo y para los nervios, durante todo el verano, aunque fructífero, porque repelieron una veintena de intentonas, las últimas con huidas más tempranas que las primeras: ante los primeros flechazos, los cazadores retrocedían despavoridos.
viernes 22 de enero de 2010
41. El Paraíso recobrado
Los jefes deliberaron y decidieron rápidamente: había que conocer la isla al máximo; los escondites abundaban; tenían que conocer cada porción de terreno con fines defensivos y averiguar además por supuesto qué comestibles podían encontrarse.
Las exploraciones fueron peligrosas, arduas y desilusionantes en algunos sentidos: no había frutales en cantidad suficiente, sólo peces en unos riachos al interior de la isla, y mucha alimaña, algunos yaguaretés, muchos pájaros... tendrían que acostumbrarse a comer pájaros: a la mañana temprano, el sonido era ensordecedor, maravilloso, como una sinfonía de la naturaleza.
No era sabio desperdigarse demasiado por la isla, por cuestiones de seguridad, pero tampoco podían alimentar a un cuarto de millar de personas todos los días durante mucho tiempo, de manera que los cabecillas dividieron a los sobrevivientes de la expedición en siete hordas de parejo número, habilidades y recursos materiales y militares, que se moverían de manera sincronizada peinando toda la isla a dos horas de camino una de otra.
La vigilancia de semejante extensión de fronteras era también imposible para tan pocos; de los doscientos treinta, además, sólo alrededor de cincuenta estaban capacitados para el empleo de armas en la guerra: había que entrenar a los nuevos y hacer nuevos flechadores entre lo mejor que se encontrase en los sobrevivientes no adiestrados, aún en mujeres, si eran lo suficientemente fuertes y hábiles. Por lo menos un tercio de la gente tenía que estar preparado para la lucha.
Al principio decidieron moverse, ocultos entre el follaje tupido, cerca de la costa norte de la isla, al borde del Ibicuy, para vigilar lo mejor posible eventuales invasiones. Pero los guardabosques, luego de la terrible noche de los tiroteos, parecieron olvidarse por completo de los de la isla.
Los cazadores no tenían modo de pasar hasta allí, de modo que los nuevos isleños vivieron muchos meses en la mayor tranquilidad. De vez en cuando, grupos de cinco o diez personas se aventuraban a cruzar las correntosas aguas del Ibicuy hacia la isla, y muchos se ahogaban. De este modo, y con muchos embarazos ese invierno, la población de la isla creció notablemente a unas trescientas personas.
Se hicieron notables pescadores a distancia, a palo puntiagudo (ahora, adecuándose al Ibicuy, hacían palos de dos o tres o cuatro metros, flexibles, para pescar sin mojarse las patas).
Aprendieron a construir canoas con los troncos de árboles (lo que les llevó un enorme esfuerzo mancomunado de las siete hordas con las pocas hachas y cuchillos que tenían como herramientas), y a navegarlas con cierta habilidad para ser extranjeros a esas prácticas, porque casi todos se habían criado en ciudades, eran bichos urbanos. Además, las canoas eran más rápidas y fáciles de construir y llevar a hombro que las balsas que habían practicado para el cruce del Ibicuy. Con gran dificultad, lograron construir unos remos bastante utilizables, lo que les dio una versatilidad inverosímil; recorrían por ese medio los riachos interiores a grandes velocidades diarias.
De todos modos, trataban de no exponerse mostrándose en el Ibicuy más que cuando el hambre los picoteaba demasiado.
Se puede decir que tuvieron días felices ese invierno; que, a salvo de la amenaza constante de los cazadores, le tomaron el gustito a la vida en naturaleza.
Pasaban el día imitando los cantos de las aves, mirando horas una nube de formas raras, trepando árboles por el mero gusto de hacerlo, tirados sobre el pasto mirando dar vuelta el sol, copulando, viendo jugar a los niños. Ya había niños que cumplirían los cuatro años, los más grandes nacidos en el coto: sólo nueve, pero todo un acontecimiento para los que habían conocido otra cosa que el coto en su vida.
Los conflictos personales que surgían, entre hombres casi siempre y por cuestiones fútiles, porque los bienes, las armas sobre todo, eran de propiedad común, se resolvían en un tribunal de la asamblea de mayores de cada horda; los más peliagudos se resolvían en asambleas de jefes de horda, que funcionaban como tribunal supremo e inapelable.
jueves 21 de enero de 2010
40. El cruce del Ibicuy
Entre los despojos del campo enemigo, encontraron armas largas con mira telescópica infrarroja y varios binoculares de la misma índole: habían sido unos pelotudos, los guardabosques, en el anterior combate; habían creído que con unos fueguitos en la noche los iban a poner en fuga.
En seguida, con las más extremas recomendaciones de economizar disparos, porque no había balas suficientes como para andar desperdiciando, los jefes pusieron una veintena de flechadores armados también con las nuevas armas. El resto, agotado, siguió toda la noche hachando árboles.
Sin duda, la lucha había sido calamitosa también para los guardabosques, porque no jodieron más en toda la noche. Empero, al amanecer comprobaron que los muertos eran noventa de su parte y treinta y cinco de la otra. Podía haber huido otro tanto, quizá un poco menos.
No había muchas sogas como para atar los troncos. Decidieron armar las balsas anudando lo poco que tenían a palos transversales, más finos, arriba y abajo (eso les costó un buen esfuerzo antes de poder atar los troncos), de manera de sujetarlos por las puntas.
En total pudieron armar cinco balsas bastante grandes.
A media tarde, y en medio de una vigilancia ansiosa, probaron la primera balsa: podían entrar, apretadas, unas veinte personas. Eso, a cinco balsas, eran tres viajes hasta la otra orilla por cada una.
El tema era cómo llegar hasta el otro lado sin que la corriente los arrastrase. El río era demasiado profundo para guiar con un palo al estilo Huckleberry Finn. Porque acá no era cosa de dejarse llevar por la corriente, muy fuerte, sino de cortarla perpendicularmente.
Se decidió, en medio de esa penuria, que la decena más fuerte de cada balsa remase con los brazos a todo lo que dieran en la derecha de la balsa, mientras la otra decena de tripulantes hacía contrapeso del otro lado, dejando el bagaje al medio. Así, aún con una trayectoria oblicua, podían llegar hasta un lugar más o menos cercano de la otra orilla.
La isla era un enorme misterio, una tupida selva silenciosa.
Tardaron varias horas en cruzar, mientras en la orilla norte hombres armados vigilaban los alrededores y cubrían a las balsas ocupando las orillas en un abanico amplio.
Hubo una balsa que zozobró, y diez ahogados. Por lo demás, la operación fue un éxito.
A la nochecita, cruzaron las últimas tres balsas con medio centenar de combatientes.
Por fin, después de casi treinta días de marcha, de trescientos kilómetros de caminata, de más de ciento veinte muertos, estaban en la Isla de las Lechiguanas. Era como… haberle hecho pito catalán al destino; era una hazaña militar digna de figurar en los libros de historia, hecha con medios mínimos, se enorgulleció Juan.
Los jefes estaban exultantes. Pese al agotamiento extremo, festejaron hasta bien tarde, y después durmieron todo lo que quisieron.
miércoles 20 de enero de 2010
39. El combate del Ibicuy
¿Cuántos podían estar atacándolos? ¿Desde dónde?
Los vigías anunciaron, en cuanto pudieron acercarse, en un cuarto de hora (mientras tanto seguían sonando tiros aislados, que les helaban la sangre a todos), que una treintena por lo menos de guardabosques con rifles estaban disparándoles desde muchos puntos. Podían ser incluso sesenta o setenta.
Era ridículo: no había tantos guardabosques entre las tres postas del sur. Con la mitad o menos alcanzaba para cuidar la flora y la fauna (de los cazadores, porque los de adentro del coto no depredaban la naturaleza, formaban parte del equilibro ecológico). Lemma dijo, desde el piso, a Alfredo, que quizá les disparaban por talar árboles.
Que se jodan, fue la respuesta de Alfredo. No habían llegado hasta allí para quedarse en el borde.
El asunto era cómo desligarse de ellos.
Juan envió una cincuentena de flechadores a la rastra divididos en seis grupos (a razón de un binocular por grupo), para ver si podían divisarlos y liquidarlos. Sin mira telescópica y desde el suelo, iba a ser jodido, porque las ballestas daban, pero no era cuestión de andar tirando al pedo, malgastando flechas que después no podrían recuperar.
Estuvieron así todo el día. Los tiradores, ocultos entre árboles y elevaciones, disparaban cada tanto tiros aislados. Los flechadores, entre yuyos y matorrales, procurando acercarse sin que los vieran, disparaban cada tanto con sus ballestas. En cuanto un guardabosques intentaba ganar terreno de un escondite a otro, una o dos flechas lo atravesaban o le pasaban cerca, tiradas desde ciento cincuenta o doscientos metros. Así cayeron unos pocos.
Anocheció.
Los guardabosques prendieron grandes reflectores que iluminaban la penumbra, impidiéndoles a los locos volver a hachar.
Finalmente, a medianoche, exasperados por tantas horas de tensa calma, Juan envió una veintena de tiradores con armas de fuego y algunas ballestas a que se acercaran más, a ver qué podía hacerse. A diferencia de la vez anterior, los focos cegaban a los guerreros y los guardabosques se mantenían prudentemente detrás de la luz. Cada tanto, disparaban.
Clara tuvo una intuición genial: era una docena de faroles de una potencia enceguecedora: había que apuntarles con un arma de fuego a cada uno y reventarlos. Después, estaban a mano.
Mandó un mensajero a la retaguardia, a ver qué se podía hacer después. Necesitaban gran ruido.
Juan, recordando mucho en esos días la Biblia, se acordó de Gedeón, y pensó que la mejor estrategia era que, ni bien volados los faroles, todos, hasta los desarmados, en posiciones más seguras por cierto, iniciaran un avance lo más ruidoso posible, golpeando armas y caramañolas y cacerolas, para ver si los asustaban.
Eso hicieron.
Fue una pésima idea. En un santiamén quedaron todos en penumbras, y la vanguardia comenzó a disparar a discreción mientras el resto avanzaba dando gritos y golpes; pero, luego de unos segundos de aparente perplejidad, empezaron a sonar tiros por doquier, y a diezmar a los integrantes de la horda.
Clara, en un desesperado intento de empardar lo que ya era un desastre, ordenó avanzar lo más rápido posible a descubierto y combatir cuerpo a cuerpo con los tiradores, fueran cuantos fuesen.
Eso generó un cierto caos y un ralear de tiros, que los flechadores más retrasados aprovecharon para adelantarse la misma desesperación a la vanguardia y llegar, con muchas bajas, hasta donde se libraba un disperso combate cuerpo a cuerpo entre la sombra.
En ese tipo de combate, los flechadores, armados con largos palos puntiagudos, llevaban ventaja, y en una áspera disputa dieron cuenta de decenas de guardabosques.
Como a las tres de la mañana, por orden de alguien o porque los estaban masacrando, los guardabosques retrocedieron. Había sido el más espantoso combate jamás imaginado por las hordas.