viernes 4 de julio de 2008

14. Punk

Me paré, con el taco en la mano, en actitud no amenazante, a prudente distancia, y le dije al quía Ey, es una chica, no seas bruto.
Fue lo que me salió en el apuro; ver que maltraten a una chica me pone nervioso, además me recordó al ayudante de Sotiroupolos y eso me indignó más. Así que la frase salió en un tono amenazante, más que contemporizador (como había sido mi {ilusoria} intención).
El tipo volvió el rostro hacia mí en cámara lenta. Tenía barbita con candado, un look grunge. En un lugar que vendía cerveza Budweiser, en un pool, todos vestidos de jeans y camisas a cuadros y zapatillas y algunos con remeras estampadas con letreros en inglés: podía ocurrir en cualquier rincón del mundo, en una película norteamericana. Me sentí el chico de la película por dos segundos, que es lo más boludo que me puede pasar.
La voz del tipo me sacó de mi efímera antropofanía. ¿Qué te pasa, pendejo?, me dijo articulando lentamente.
Ya estaba en el baile. Nicos, a un costado, observaba atento. La estás lastimando, dije, ya resignado a la golpiza: el compañero era no tan grande, pero sí tan musculoso; aún con Nicos a mi lado, nos iban masacrar.
El tipo soltó a la chica (ella me miró; tenía ojos marrones, una linda nariz; desié medir diez centímetros más) y se me vino al humo.
Yo, consciente de mi debilidad, enarbolé el palo por su parte más fina y lo revolié como un garrote por la cara del gorila; no alcancé a pegarle en la cabeza, pero debo haberle dado justo en el huesito de la muñeca derecha, porque dio un grito como si acabara de recibir un lanzazo.
El otro intentó reaccionar en ayuda de su compañero, pero Nicos, imitando mi táctica con mejor fortuna, porque lo agarró desprevenido mirando hacia nosotros, le encajó un tacazo en plena trompa que le rompió toda la boca y la nariz.
Mientras el varón B caía sobre su mesa de pool agarrándose la cara y aullando de dolor, yo seguí repartiendo palazos contra el varón A, que se me abalanzaba intentando arrinconarme, y que al final me arrancó el palo. Yo me le escabullí velozmente y agarré una silla, que le encajé en el lomo: mucho más espectacular que efectivo: era una de esas sillitas de fierro hueco y tapizado de plástico. Sólo sirvió para enfurecerlo más.
Entretanto, los dos que atendían el boliche, aterrorizados, trataban de detenernos. Yo confiaba poco en su capacidad persuasiva sobre el grandote, y, aunque también poco, un tanto más en mi capacidad disuasiva: agarré las bolas que estaban arriba de nuestra mesa y se las revolié por la cara. El varón A las atajó casi todas (le tiré cinco), pero le quedaron los nudillos a la miseria: cuando alcanzó a meterme la primera piña creo que le dolió más a él que a mí. Además, la única bola afortunada le había dado en el pómulo derecho, que lo tenía como si le hubiera pegado una piña Tyson, todo hematoma e hinchándose (yo en la secundaria gané un intercolegial en lanzamiento de bala, así que sé la técnica).
Nos trenzamos cuerpo a cuerpo, intercambiamos golpes. Él trataba de agarrarme para estrangularme o algo así y yo me le escabullía y al mejor estilo Nicolino Loche: retrocediendo, le encajaba piñas en la jeta.
Mientras tanto, Nicos había seguido apaleando al otro muchacho hasta que le pidió llorando a gritos que no siguiera dándole.
De modo que cuando yo ya estaba medio descalabrado por la tercera trompada, Nicos surgió de improviso y le partió el taco en la nuca al varón A. Éste, ya sumamente adobado por mis ágiles triquiñuelas, cayó como una bolsa de papas, y, antes de que los dos empleados o dueños del lugar (que ya habían llamado a la policía) nos pidieran la cuenta, salimos huyendo (de los grandotes, de la policía que seguro iba a venir, de la cuenta impaga).
Entre todo el miedo, íbamos corriendo a toda pata y riéndonos a los gritos. A las dos cuadras nos dimos cuenta de que la chica teñida de rubio y su compañera, una muchacha flaquita de rulos enormes color cocacola, nos seguían y nos pedían que nos dejáramos alcanzar. Nos detuvimos mirando con resquemor atrás de ellas.
Se acercaron corriendo y mirándonos y riéndose, mientras nosotros, agachados para recuperar resuello, las esperábamos. Se detuvieron frente a nosotros, jadeando. Estábamos los cuatro echando los bofes: ellas por la corrida, nosotros por la corrida y el susto.
Y ustedes ¿de dónde salieron?, dijo la rubia teñida, mirándome.
Estábamos, dije yo con mi acento. (Siempre esas frases que no dicen nada y le tiran la lengua al otro, para que siga descubriéndose sin descubrirme yo: el embozo es el mayor atributo de mi carácter, creo)
La de rulos dijo rápidamente Che, corrámonos en esta esquina, a ver si todavía nos encuentran.
Hicimos cinco cuadras más al trote, en zigzag, riéndonos, comentando ellas ruidosamente todo el cuadro, que habían visto como espectadoras privilegiadas.
La rubia decía admirada La cantidad de golpes que le pegaste al grandote. Lo de la bola blanca fue lo máximo.
Detuvimos nuestra media carrera y comenzamos a caminar. La de rulos dijo ¿Adónde vamos?
La teñida de rubio dijo Yo me tomaría unas birritas pero en un lugar privado, no en un bar. Y después me tomaría unas rayas, esto me ha puesto muy eufórica.
Pero es muy tarde para comprar cerveza en un negocio, para llevar
, dijo Nicos. A todo esto, ¿cómo se llaman?, agregó.
Yo, Isa, dijo la teñida de rubio.
Yo, Melina, dijo la de rulos. ¿Y ustedes?
Yo, Tobi
, dijo el de acento extranjero.
Yo, Nicos, dijo Nicos.
Yo no tengo adónde ir, dije yo, y me acordé inmediatamente de los Redonditos de Ricota. En ese momento éramos un cuarteto de lo más ricotero, de las bandas ochentistas (Aunque, más bien, me recuerda ahora la imagen que guardo a la canción esa de Bersuit que habla de “la rumba bardera ya toma color / con los descarriados fue mi corazón / hasta la cima / Esta noche iré hasta el fin / con los locos / los borrachos / con las putas y los guachos”. Fue como un bautismo, pienso ahora; algo litúrgico, ¿me entienden?).
Nicos adujo que su casa quedaba muy lejos.
Isa recordó la idea del alcohol y la merca.
Melina recordó que la pieza de Isa tenía una cama y un sofá.
Nicos recordó que tenía toda la plata que nos íbamos a chupar en el bar, y que no habíamos pagado, de manera que había resto para buscar un buen dealer. Nos reímos de vuelta, esta vez los cuatro, de tan agradable percance; no hay nada más dulce para los pobres que la plata venida del cielo: es teca para reventar.
Ya eran las tres de la mañana, o sea que tuvimos que caminar como una hora en busca de una plaza o esquina confiable.
Nicos buscó, con veteranía, un dealer levantado por la zona, y compró dos bolsitas de hierba y algunos gramos. Después la pateamos cuarenta minutos más conversando, conociéndonos, hasta la pieza de Isa, que quedaba en la punta de una loma.
Cuando pregunté por lo que restaba de camino e Isa indicó la loma, sentí de golpe todo el cansancio de la noche, de los días malcomido, y pensé ¿De dónde saco fuerzas? Tengo que estar a la altura. Este puto machismo. Siempre hay que estar enhiesto.

jueves 3 de julio de 2008

13. Políticas de la amistad

Las pocas veces que me veía el pelo en la pensión, la gorda me mironeaba y me sacaba charla. Con la sana intención de cogerme, intuyo. Yo al principio le esquivé el bulto del modo más delicado, pero con el correr de los días y el huir del dinero empecé a contemplar la posibilidad de cogérmela por alquiler, o por comida. Ella siempre me decía, cuando nos cruzábamos, que yo estaba muy flaco, que qué haría para estar tan delgado, que tenía que comer porque si no me iba a evaporar.
Con las semanas, pasé de una indiferencia amable y disimulada a darle más bola, porque prácticamente pasaba dos o tres días sin morfar para poder fumar, comiendo restos de sánguche que otros compañeros de la calle abandonaban por falta de apetito o por desidia en las caminatas y ganduleos nocturnos. Así que la gorda me invitaba de vez en cuando a comer, y yo aceptaba siempre. Me llevaba a su cocina y me servía un guiso recalentado (a cualquier hora, yo me levantaba a las cuatro de la tarde o me acostaba a las diez de la mañana), y me tiraba la lengua.
Yo le hablaba de Argentina. De Buenos Aires, cuatro veces más grande y extendida que Atenas, muy bella y muy sucia, según el lugar; de Tandil, una ciudad chiquita, de cien mil habitantes (la asombraba el tamaño del país, y al mismo tiempo que estuviera tan vacío); del océano Atlántico, que yo conocía en Mar del Plata y Necochea y Puerto Madryn, miles de kilómetros de costa.
Un poco disfruté armándole el cuento, convirtiéndome por un rato en mitificador oral frente a la gorda, que escuchaba extasiada. El aroma rancio de sus axilas llegaba hasta mí mientras yo hablaba y comía con la nariz casi en el plato para no respirar mucho.
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El sexo con las chicas.
Fff. El sexo por el sexo mismo, por amor al arte, independientemente de la concha de turno.
La India es la primera del grupo que me cogí (no la primera levantada en las noches de Atenas que me cogí).
Eso es anterior al asado en lo de Constantin. Yo conocía… a Nicos.
Fue así.
Una noche de fumata en una esquina, un flaco de pelo lacio, muy delgado y con el pecho… como hundido, con un mechón lacio que le caía sobre los ojos tapándoselos, y que cuando los descubría dejaban aparecer una mirada que me sorprendió: una mirada… llena de vida interior… (¿cómo describirlo?) llena de vida interior pero de absoluta calma hacia fuera. Vi… una mirada inteligente. Me llamó la atención, era un estreno absoluto entre esa gente.
Un flaco, digo, entre el grupito de doce o trece muchachos y muchachas de treinta para abajo, me acercó un porro sin decirme nada. Estiró la mano derecha con el muñón encendido entre dos dedos. La mano apareció en mi campo visual a mi izquierda, lenta y a la vez sorpresivamente, como… como aparecía Kinski en las películas de Herzog.
O sea: yo vi primero una mano con un porro encendido entre los dedos, me quedé mirando el prodigio un instante; luego volví mi cara hacia la izquierda y vi un tipo de ropa holgada, muy flaco, con un mechón de pelo lacio cayéndole sobre el rostro, con el culo apoyado contra la pared, las rodillas flexionadas y la mano izquierda tirando todo el peso del cuerpo sobre la rodilla correspondiente, el brazo derecho extendido; luego miré la cara y justo pasó un auto o se corrió alguien y detrás del mechón aparecieron unos ojos enormemente mansos, vivaces.
Entonces agradecí con la cabeza musitando un Gracias, tomé el porro con la zurda y le di unas pitadas profundas mirando la calle, los negocios cerrados, el espectro de las colinas atrás de las luces del centro, atrás y arriba. Luego lo devolví, agradeciendo de nuevo.
Él me dijo Me llamo Nicos.
Hola, mi nombre es Tobi.
¿Tobi?
De Tobías, como el hijo del de la caca de golondrina.
Nicos sonrió y puso cara de no entender nada. Le pregunté si había leído la Biblia. Hizo que no con la cara enfáticamente, sin borrar su sonrisa, como si le hubiera preguntado si comía mierda. Yo me reí y le conté la historia, como me la acordaba.
Tobi, Tobías, Tobit… es un trabalenguas. ¿Y tu Sara?
Todavía está matando a sus primeros siete hombres, creo.
Sonreímos, simpatizando.
Luego de un silencio, él preguntó ¿Sos muy creyente?
No soy nada creyente, más bien soy descreyente.
¿…?
Soy la manzana que pudre el cajón.
Ajá. Interesante. Hablás raro. ¿De dónde sos?
De Sudamérica.
Eso queda lejos.
Yo me quedé esperando que me preguntase más. Se quedó callado. Enseguida cambió de tema. Ese solo gesto bastó para comprarme.
Nos quedamos hablando, dificultosamente, de temas diversos: música, qué hacíamos. Él me dijo que tocaba la guitarra, que le gustaba mucho la música norteamericana vieja (rock viejo, en realidad); que no hacía mucho. Cuando conseguía trabajo laburaba de albañil. Poco más. Le gustaba mucho no hacer nada, quedarse horas pitando, mirando nada, pensando.
Entusiasmado, le dije que era escritor, que había trabajado de estibador en el puerto y me habían echado, y que desde entonces rondaba por las calles, sin ánimo de nada. También me gustaba, o no, peor, no es que me gustase, es que no podía parar de pensar, todo el tiempo, en cualquier cosa. Es decir, pensar en el sentido de reflexionar consciente y articuladamente sobre cualquier tema, una deriva constante en cuanto me quedaba solo, algo medio vertiginoso. Para detenerlo, para exorcizarlo, me dedicaba a escribir. Escribía como pensando, como, cité sin nombrarlo a Macedonio, para ayudarme a pensar, o mejor a despensar, a despensarme.
Nunca conocí a nadie que hablando tan mal en griego se exprese tan bien. ¿Todo el tiempo es eso en tu cabeza?, me dijo.
Asentí. Es medio tormentoso. El artista siempre es alguien con un gran pedo en la cabeza, y trata de conjurarlo objetivándolo, elevé a ley.
Me miró y me dijo Mejor vamos a un bar a tomarnos unas cervezas y a jugar un pool, así te callás un poco. ¿Cuánto hace que no hablás con nadie?
Me sorprendió la perspicacia de la pregunta. Yyy… hablar lo que se dice hablar, comunicarse… desde que llegué acá, creo que con nadie.
Abandonamos el grupo de casi desconocidos en que estábamos (esa manera de conocerse que tiene la gente de las calles, de la noche: por la cara, a veces por la ropa, quizás por el nombre, recuerdo fijado por haber compartido una cerveza o un vino o un porro, con palabras de compromiso, camaradería de ocasión para los incomunicados de este mundo), y caminamos unas diez cuadras hasta un barcito con pooles. Nicos pidió una cerveza bien fría, un par de vasos y fichas para jugar.
Yo la verdad que soy malísimo para esas cosas. Nunca supe darle dirección al golpe, por más que me enseñaron miles de veces a empuñar el taco; no es una cuestión de ignorancia técnica, es una cuestión de imprecisión de cálculo. Raro, porque para los deportes siempre fui bueno, muy bueno. Igual que con los naipes, adjudico mi extraña torpeza para el pool a un central desinterés por esos juegos. Son para matar el tiempo (“el último recurso antes del suicidio”, decía siempre mi hermano).
Nicos jugaba moderadamente bien, como un habitué. Yo combinaba jugadas de blooper con otras geniales, producto de mi estrategia agresiva: pegarle para donde saliera, fuerte. Llegué a meter cuatro bolas en una jugada: dos mías, una de él, y la blanca. Nicos se reía mucho. Nos reímos mucho.
Nos jugamos cinco partidos y nos bajamos tres cervezas. Él ganó cuatro. Pedimos dos fichas más y una cuarta cerveza, y, cuando empezábamos el sexto juego sentimos un quilombo en el pool de al lado. Un pelilargo, bastante robusto, bastante alto, tenía agarrada de los pelos a una muchacha de piel muy blanca, teñida de rubio con el pelo atado en una colita muy alta, no muy fea, no extraordinariamente linda, pero interesante, atractiva. La chica gritaba y puteaba, y él le tiraba más el pelo. La tenía casi en el aire.
Miré en derredor; todos miraban de lejos, con disimulo, nadie hacía nada. Nicos me vio moverme e inició un intento para detenerme, pero estaba lejos.

miércoles 2 de julio de 2008

12. Catálogo de las naves

¿Vale la pena recordar sus nombres?
Era un grupo de callejeros en una conurbación capitalina de tres millones de personas.
La ciudad, que me había parecido tan chiquita desde el avión (comparada con Buenos Aires) se extendía hacia tierra adentro en barrios más pobres, más de trabajadores, más marginales, más de inmigrantes (aunque son una minoría).
De todos esos sitios, acudíamos a muchas avenidas algunos miles de gandules. Según la zona adonde uno viviera, tenía más posibilidades de encontrarse más con los de más cerca, pero los bohemios son trashumantes, y por ahí se caminaban noches de una punta a otra de Atenas.
De varias decenas o cientos traté, puedo nombrar a algunos con los que me junté más veces, un poco por casualidad, otro poco por afinidad o simpatía. Muchos no tenían casa, o prácticamente; nos cruzábamos de casualidad y nos hacíamos amigos en las calles, en las fumatas.
Nicos, de unos veintiséis años, pelo crespo e hirsuto; delgadísimo por flacura más que por contextura física; con prematuras patas de gallo que no lo hacen más viejo, pero que indican que ha vivido mucho y a la intemperie. Siempre de jeans gastados por el uso, no por elección de look; sin culo, como buen descendiente de Teseo; de talante a la vez amable y circunspecto. Quiero decir, no es de andar riéndose a los gritos por cualquier cosa, habla bajito, pero tiene muy buen carácter. Es un tipo con el que se puede conversar, que sabe hacer silencio y oír al otro.
Constantin, dos o tres años mayor que yo, más rocker, muy coquero, muy ruidoso, muy sonriente y entrador, de pelo azabache enmarañado y ojos verdes, más robusto y más bajo que Nicos, como de mi altura pero más fornido, o fofo (yo, una pila de nervios desde que tengo uso de razón, nunca tuve ni un gramo de grasa, que recuerde), pero no gordo.
Yorgos, hijo de marineros, tenía unos veinte años cuando lo vi por primera vez. Los padres son de Quíos.
A todos les llamaba la atención mi extraña historia (que yo mantenía lo más en reserva posible, lo que acrecía el misterio). Creo que el conjunto los asombraba y los llenaba de una cierta admiración hacia mí. Como que me cuidaban, a su modo hirsuto y varonil, porque me veían muy joven y huérfano y desvalido en mis condiciones de vida, pero guapo y estoico (fuckin' palabra) al mismo tiempo. Cuando podían, me invitaban a comer, porque sabían que yo a esa altura no experimentaba el menor impulso de trabajar, y la guita era poca, y se iba acabando, y todo eso les solía pasar a todos de vez en cuando o casi siempre.
Isa es una rubia (teñida) de pelo corto y cara de mala, de unos veintitrés años. Tiene cierto sutil instinto autodestructivo que me atrae; me gusta ser su amigo. Ella me cuenta cosas suyas con el secreto anhelo de que yo las incluya en algún texto mío. Bueno, ya ves, Isa, aquí estás. Yo la veo tan mala y tan salvaje que a veces le digo “India”, así, en castellano, mote que le encanta. Tanto que ahora se presenta ante desconocidos con ese apodo, India, La India.
Está también Varda, muchacha verdaderamente con nombre de pila, regordeta, simpática, de grandes tetas como muchas chicas de su contextura. Un metro sesenta y cinco, veintiún años, amiga dilecta de Jaspe. Ha estudiado Letras en Atenas (sólo un año) y conoce un toco de literatura clásica, así que nos bombardeamos desde la primera noche con charlas sobre Homero, sobre Píndaro, sobre Safo, sobre Hesíodo, etcétera, que por supuesto ella conoce mejor que yo.
Sofi es Sofi. Podría ser una Jaspe, si fuera prostituta y un poco más culta y un poco más grande. No obstante, es bonita, muy bonita, la otra linda del grupo que se fue formando en torno a mi vida ateniense, una flaquita de buen culo y buenas tetas con pezones de cobre, de ocaso, chiquititos y puntiagudos, siempre erectos. Tiene quince añitos y es como un hadita de la noche que todos los varones cuidamos con un sentimiento que se parece más al de hermanos mayores que al de posibles seductores suyos (aunque sin privarnos de esto último, siquiera potencialmente).
A Melina le digo “Mescalina”, una mezcla de Melina, Mesalina y mezcalina, chica alcálica capaz de drogarte con su sola presencia, curtidora de sustancias duras, viajera habitual, Es-Sindibad-del-cuerpo. Íntima travesía que yo escruto con mi sincera admiración por todos los seres que habitan en los bordes sin lloriquear, plenos y militantes. La ética valiente (e inconsciente, y temeraria) del border. Chica alcálica y promiscua, Melina, Mescalina, Mesalina, Mesca, veintinueve años, carne recontra usada pero vigente, una flaquita de no ostentosas curvas, pero de furibundos impulsos amatorios.
Los otros variaban bastante.

martes 1 de julio de 2008

11. Lapis exilis

De madrugada, describiendo-escribiendo. Desescribiendo la ciudad que despierta, afanosa, industriosa, esforzada. Destellante. Y yo al costado, un verdadero perro (cínico) a mis horas, solito, roñoso y saliendo del tenue pedo gris de cada noche, morfando y con un cuadernito Rivadavia (no mentira: uno “Pericles”; en todos lados se cuecen habas, y qué mal huelen). Anotaciones:
Ontos: to’on; lo que está siendo.
Metáfora: mudanza; más allá de la forma (usurpación de la mentira en el sentido, ya aquí, siendo su mismo origen, dijo Fede).
Catarsis: volver a la pureza. Purificarse.
¿CUÁL pureza? ¿De dónde?
Ni siquiera Dionisos, porque para eso se necesitan el cardumen y la alegría de estar junto-a-los-otros, de pertenecer, la voluntad y el poder del olvido, siquiera momentáneo.
De manera que no, Jacques-Cabeza-de-Fósforo: sólo la letanía presuntuosa del pensamiento. Pero menos presuntuosa que la tuya, suplemento pedante de Foucault: mi vanidad es silenciosa y solitaria (por el momento silenciosa y solitaria) y desinteresada (por desvirtud, sin duda). Pero no existe la virtud: existe el vicio, la perla defectuosa, esto que somos, Santiaguito; pedaleadores barrocos del falogocentrismo (¡Y robándole al gran Jacques, a tu tocayo!: ¡debería darte vergüenza, Jacques-Cabeza-de-Fósforo!), urbanidad y fatuidad desmesuradas del pensamiento que se desmelena por llamar la atención, bobo Santiago, bobo Tobi, perro-Tobi. Bobosperrostodos.
Los veo caminando por la calle, mientras (símbolo involuntario) me como una manzana en una esquina, de sentado contra el umbral de la vidriera de un comercio, con este cuadernito que es lo único en la vida que me ase a la vida, que me da, si no alegría, si no placer, al menos un ciertooo… olvido paradójico (porque me olvido mientras me desmenuzo, mientras desguazo todo y me quedo con los fragmentos en las manos, con una especie de pánico sereno, de estupor conjurado medio a medias). Gente de traje y de corbata y de saco y camisa y zapatos oscuros y ataché que camina apuradísima y peinada, afeitadísima, atareadísimos en afanarse en atarearse, birlándose la vida como todos lo hacemos (no miro desde afuera, desde arriba: creo que queda claro), pero a su modo, que no es el mío pero es también absurdo y fútil como todos pero ellos no lo saben.
¿Cierta contradicción, o paradoja, o nostalgia, de ser un pez en el cardumen de los normales, ya sean yuppies o estudiantes o profesionales o trabajadores o desocupados o viciosos? ¡Mentira! ¡Gran mentira! ¡Como si ellos hubieran elegido! ¡Como si yo hubiese elegido esto, este no ser, este atisbar con ojos morbosos, de excretor de palabras, todo lo que me rodea (incluso yo, sobre todo yo)! ¡Como si hubiera “antes” o “paso previo” o “puente para volver”!: nunca hubo puente ni nave que quemar ni río u océano que rebasar para estar de este lado inhóspito (el lado del ver mirando, del mirar viendo, la vianda de palabras que me nutre, me corroe las vísceras).
Vianda… Bandeo, más bien. Cada uno se mueve en su círculo maldito y yo hay intersecciones; cada uno en su burbuja mediúmnica de cotidianeidades naturalizadas, incapaces de ver Lo Otro, Lo Afuera. No existe alteridad, y cuando existe (en el artista, en el místico, en el pensador) hay más egoísmo y vanidad que en la ceguera de los otros, los pelotudos que se desviven por la guita. ¡Tan pelotudos que a veces hasta son felices cuando la tienen! ¡Ja! ¡Hay para todo!
¿Cómo era eso del Eclesiastés?: Todo es vanidad; un esforzarse y correr el viento.

lunes 30 de junio de 2008

10. El rumiante

Las noches de parado.
Fumatas y tomatas en las plazas, chapurreando en idiomas, en medias lenguas con tipos que no conocen ni la mitad de la propia, tan sin ánimos de hablar con nadie que me parezco a ellos, hirsuto y parco y basto de expresión y de alma, y no este abismo de silencios sondeados de palabras hasta el vómito (el vómito mental y el ultrafísico, si la cerveza dura mucho).
Pero casi siempre es tan sólo apiñarse en un rincón oscuro de la plaza o de la vereda y fumar o chupar casi en silencio, intercambiando monosílabos y codazos y gestos para pasarnos el faso o la botella, y nunca llega el delirio o el pedo porqueee… ¡es tan raleado lo que llega de fumata y de chupe!, que no alcanzamos la beatitud de los borrachos sino tan sólo este grisnegro aplastamiento de cada uno contra sí mismo, este abstraerse del mundo y quedar a solas con la propia mente, con los pensamientos que vagan, dispersamente, desoladamente, desolladoramente, seis o nueve o doce juntos y solos, sin alegría, ni siquiera con tristeza, simplemente… apagados (demasiado adverbio, ¿no? Amén del participio).
Afuera de todo, pasando el faso en la penumbra. Ni siquiera dolor: en mi caso, tan sólo hastío o pesadumbre, hartazgo de mí mismo, de este pensarme que me agobia, que me llevo a todos lados (yo mismo mi propia jaula), yo, incapaz de sentir nada más que indiferencia, desinterés, de tener más deseo que olvidar las palabras y quedarme en blanco, aplastado por una mole negra de autoolvido. Ni siquiera la muerte me deseo. Ni siquiera es esto agonía (o sea: lucha). Mero entregarse, apenas, a los confines de mí mismo cuya lejanía me sofoca.
Minitas feas, de dieciocho años, punkescas (mezcla de punkies y dantescas) con el pelo corto y revuelto y mal teñido, y la cara con patas de gallo y algún diente de menos y los ojos opacos y la ropa rotosa, arrugada, sobrante, de sus cada vez más consumidos cuerpos; ¡dios mío, qué bestia tan absurda es el hombre!: viejas de veinte años, son. No es la descripción de una sola, ni siquiera de muchas: es, con pequeñas variaciones de caso, el retrato de todas.
Con los tipos igual. Barbudos, encima: ni en eso puedo mimetizarme, yo, lampiño y aniñado de rostro hasta un punto que siempre me dio vergüenza (y toda esta contradicción que llevo impresa en la jeta: cara de imberbe y mirada altiva: el mejor candidato para que lo trompeen al menor cruce de ojos).
Todos están drogados, borrachos, adobados, en este tono gris que digo, desde bien temprano (día y noche más bien). Todo el tiempo el pedo, con la cabeza agujereada (porque además casi todos curten merca de la peor {si cabe} y jeringas). Hasta de minas he ligado manotazos.
Alguno, con todavía algún atisbo de humanidad (mierda mierda mierda con la fuckin’ palabra) a veces me toma brevemente a su cargo por una noche o por un rato de una noche, confundiéndome, entre las sombras, con un crío de quince o dieciséis.
Muchísimos más son aquellos (anque aquellas) que quieren llevarme pa’l fondo, a empujones incluso. Es cosa fiera resistirse, tanto como aceptar, estas abyectas seducciones: decir que no (que digo) es el riesgo de un puñal en la panza o de una golpiza individual o en grupo (éstas en general instigadas por chicas que toleran mal los fracasos, no porque sean lindas, sino porque son ¡tan fáciles!, que daría gusto si uno no estuviese tan a disgusto en todos lados y no fueran casi todas bagayazos). Por lo que todo el tiempo hay que cuidarse el culo, la vida y la inmunoeficiencia rotando de lugares.
Así es que soy anónimo en todas partes, en todas las esquinas y plazas de esta “Áthina” contradictoria como Hermes o como Heráclito. (¿¡Dónde quedó Aristóteles!?: seguramente en las mansiones de los ricos, caminando razonablemente los jardines cuidados).
Esta Atenas que camino y conozco por las noches es traicionera, y oscura, y falsa, y oprobiosa, y taciturna.
Aunque a veces, a despecho de mí, por el afán de no mirar a nadie miro hacia arriba y me cruzo a la luna, al “campo de zafiro” en que “pacen estrellas”.
(Requiescant)
O la luz de la Acrópolis, y el silencio me gana (¡soy tan hijo de puta que me abstraigo de allí y me cuelgo a mirar la luna llena, los brillitos del cielo luminoso, verdaderamente conmovido!).
¡Sí, mierda!
Claro que dura poco (hasta el primer codazo o porro o birra), y entonces tengo que mirar, ya no ver, y me convierto de nuevo en el intruso mimetizado-inadaptado(-a-ellos) que rumia estas palabras.

viernes 27 de junio de 2008

9. Celda yoica

Nunca pude fundirme con ellos, ser uno más. Estábamos unidos en lo negativo (o sea, en no ser parte de, en no estar integrados); en todo lo demás, sólo podía reducirme a mirarlos y a pensarme, a examinar lo abismal de la grieta que me separa de todo lo otro, de los otros, incluso de estos otros.
De allí sólo puedo sacar centenares de apuntes sueltos y desaliñados y repetitivos y lunáticos que hablan de eso, de ellos, de ello (ça parlé), de mi abismarme malsanamente placentero.
Acá transcribo sólo algunos a modo de ilustración y porque me parecieron lindos.
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Y todo sin contar la lujuria de desgarrarme en las palabras, atisbar... ¿cómo decirlo?... la rajadura indómita de la fuente por donde se filtra el agua que ignotamente huye, lejos de las miradas (“piedras opresoras”, dijo Alejandra) que me edifican y desechan.
Distante, como la libélula sobre el arroyo respecto de su imagen, pero sin la certeza de ser libélula o reflejo. Ni siquiera Narciso (o en todo caso, siendo un Narciso desilusionado {¿y hay peor desilusión que la desilusión respecto de uno mismo?}).
Esto me recuerda a Tir (oráculo porteño), que contaba la historia de Chuang-Tzu y la mariposa del siguiente modo: “Despertó Chuang-Tzu, y recordó haber soñado que era una mariposa. Pero se dio a pensar que no tenía asidero que le permitiera saber si en verdad era un hombre que soñó que era una mariposa o una mariposa que estaba soñando que era un hombre, o quizá un hombre que soñaba que era una mariposa que soñaba que era un hombre... y así, hasta que vino un negro y se la dio bien dada por el orto. Desde entonces, se hizo monje zen.”
Mojensén...
La encalladura de la palabra, el encallar del verso o de la línea, la fractura invisible, fornitura / del dolor infinito.
... Pero esas son palabras, mariconería, y yo no quiero eso (ahora, en este instante). Lo verdadero es esta duda de ser libélula o arroyo, arrullo metafórico (quiero decir: mera metáfora que dura lo que dure mi vida).
Hay... como una especie... de envaramiento de los versos, tiendo al verso hasta cuando proseo, hasta cuando procedo a novelarme. Y hete aquí que del embozo irónico caigo, sin intentarlo, desesperadamente en el embozo catastrófico del verso. Hago catastros de mi alma, que se tornan catástrofes invisibles afuera, para los de afuera, para los que me ven o para aquellos de los que huí, como Caín (Caín de mí mismo: sí, ¡oh, gran maricón petulante y pesaroso y negro, de negras ironías que se me pegan a la piel como el cuero de león con veneno de serpiente que mató a Heracles!).
Y así, con estos arrancones espirituales, me sobrevivo a mi despellejamiento, sin dioses que me rescaten a su Olimpo, sin Olimpo ni Olimpia que me cuide o me vengue del sacrosanto y regio padre que no sé dónde está ni quién es, qué hazañas hizo en mí (impremeditadamente, por ausencia) para que yo me devuelva a mí mismo esta salva de improperios, este odio o desprecio a mí mismo que tanto me desgarra y tanto goce me procura.
En Buenos Aires mucha gente escribe en los bares, entre el ruido. Perfectamente comprensible: yo nunca tuve tiempo, entre mi adolescencia tandilense y mi rubia de Saavedra y mis fasitos y mis ácidos y mis pastillas (sus sus sus, en realidad).
En realidad lo real es este mero estar tan doloroso y tan oculto, el bicho raro y sucio entre los bichos sucios y zafios y normales, los bichos que me miran, roñoso con ganas, desaliñado, chupando vino del barato con quesito de cabra (cada vez más vino y cada vez menos queso, lejísimos del vodka importado con naranja exprimida de mis noches tiráceas) mientras rasguño las palabras en la página, palabras que entrechocan y se abren y me cierran, y me abren para cerrárseme, aserrándome el bocho con los dientes de fierro de la memoria que me serrucha cada noche, cada tarde o mañana salvo que esté dormido (y eso a veces).
¡Y toda imagen es falsa, exagerada, enfática (toda mínima palabra es un énfasis que colapsa y aprisiona al pensamiento, quiero decir a la imagen que fluye en mí antes que cualquier palabra y que es esta tristeza reseca de existir, dura a los veintiún años pero dura de nada, a causa de nada, sólo porque me empaco, o me empaqué y ahora sigo con porfía, con delectación empacadísimo en seguir empacado, buscando ¿qué coherencia? En esta guerra estúpida que libro contra mí mismo sin que nadie se entere y sin que a nadie le importe de los que me miran con odio mientras comen y beben y me ven comer y beber y escribir solo, un intruso entre ellos, intruso en cualquier parte, intruso de mí)!
Ni siquiera palabras desganadas [“para-labras”, escribí por error en el cuaderno, y está bien]. Devastaciones sin ton ni son ni mal ni bien, un presente perpetuo y burdo y aburrido en que trato (infructuosamente) de consumirme.
Me duermo, y a la mañana al despertarme hallo la misma estupidez de no ser hombre o mariposa o libélula o arroyo, sino yo, yo mismo, yo en todos lados, yo en la piecita, o entre los barcos de El Pireo, o en la avenida Patission o en la calleja sin nombre o en la plaza Omonia, un bicho más entre los bichos extranjeros de la vida, culpable, no sé de qué o por qué o para qué (Kafka de mí), esperando los ciegos veredictos que el azar o el hastío me deparen.

jueves 26 de junio de 2008

8. En la calle

Al otro día huí subrepticiamente para ocultar mi rostro marcado y fui hasta un teléfono público. Lo llamé a Sotiropoulos, a ver qué podía hacerse, si podía volver. Sotiropoulos me dijo con afectada indiferencia que estaba despedido, que no apareciera más por el puerto porque no me iba a dar trabajo nadie, y además su ayudante me quería comer el hígado.
O sea, estaba sin trabajo. Una cagada. Una gran cagada.
De inmediato, empecé a averiguar precios de pensiones más baratas: joven consumista al fin y al cabo, en medio de mi vida sórdida yo me daba mis gustitos a veces: me había hecho de un grabadorcito con compactera, y cada tanto compraba discos, recorría las disquerías tardes enteras buscando UN solo disco argentino aunque más no fuera, algo mínimamente bueno, pero sólo encontré un disco perdido de los Cadillacs. Así que compraba lo que había, mucho rock viejo inglés y norteamericano, jazz y clásico. La música me acompañaba, bajito, en mi pieza, a falta de otra cosa.
Esto fue muy elíptico: lo que quiero decir es que mis ahorros estaban mermando, que con lo ganado cada día como estibador pagaba la pensión y la comida y nada más. Estaba en peligro de quedar en la calle.
Encontré, en un suburbio al noreste, una pensión aún más sórdida que la de Stefanopoulos, que ni comida te daba, con una pieza de dos por dos y medio que por lo visto no se llovía, con un ventanuco que casi te pegaba en las piernas a mitad de la cama. La inspeccioné una tarde de calor espantoso; quedaba al fondo de un patio bastante grande donde daban las habitaciones de la planta baja y la baranda de la planta alta; estaba aislada de las demás, al final de una escalerita metálica y oxidada, una especie de altillo devenido pieza, apenas con espacio para la cama y el ropero, una mesita pequeñísima y una silla sola, y un mínimo espacio para abrir la puerta, no del todo.
A mediados de junio le avisé a Stefanopoulos que me iba. Junté mis bártulos a la tardecita y me despedí, sin ver a la hija, de la que ya ni recuerdo el nombre. Sudé la gota gorda en un colectivo, con la valija entre las piernas.
Acomodé todo en la pieza y salí a comprar un cacho de queso de cabra para morfar a la noche.
La dueña era una gorda de cincuenta y pico de años, enorme y tetona y putona, con aire de madama en decadencia, que andaba siempre con el mismo vestido muy escotado y sin mangas, a veces cubriéndose con un cárdigan todo estirado si hacía mucho frío, abanicándose con una revista cuando hacía calor.
El ambiente era distinto, marcaba como un sino: había ido ciego a lo de Stefanopoulos, donde por lo menos había porciones abundantes de comida y estaba lleno de malandras o gente que así lo parecía, y ahora caía en esta, donde todos los tipos tenían cara de perdedores desahuciados (todos arriba de cuarenta y cinco), y hasta había un par de viejas con gesto de haber tragado mierda para completar la dotación femenina. Todo más chiquito y claustrofóbico. Era un símbolo para mi caída voluntaria, casi gozosa.
La verdad que no tenía muchas ganas de buscar otro trabajo, ni demasiadas esperanzas de conseguirlo. Tenía plata para pagar tres meses de pen-sión y comer salteado. Ni siquiera podía decir Dios proveerá: ahí descubrí la desventaja de ser ateo.
Dediqué mis días a dormir y escribir, mis tardes a pasear por la ciudad. Empecé a recorrer las calles de noche a ver qué había, a pechar un pucho aunque más no fuera si no se podía un faso. Encontré rápido todo un ejército de jóvenes que buscaban más o menos lo mismo. Los vagabundos son siempre hospitalarios en todas partes, más que nada porque no tienen que perder, y nada más para dar que charlas aburridas o silencio.
Me sentí a gusto entre gente así: fumaban porro en ronda. Como yo tenía unas dracmas, cada tanto traía para comprar el porrito, y caminábamos de noche por las avenidas o nos apiñábamos en la oscuridad de las plazas, con alcohol cuando había, del peor, pasando de mano en mano.
Lo de vagabundos es una exageración romántica: no todos ellos vivían en las calles, y ninguno era lo que se puede llamar en Argentina un linyera. Sí todos corríamos la coneja, y todos nos drogábamos y bebíamos de lo que había.
Yo en algunas no entraba: no me picaba, no aspiraba.
A veces armaban una cena en lo de algún gañán que había ligado guita y nos reuníamos a comer un cordero a sus expensas, bien regado de alcohol, con larga trasnoche de drogas. Casi todos varones, pero algunas nenas bohemias que se encamaban con todos completaban esa hermosa dotación vital.
La mayor parte de mis ahorros se destinaron en esos meses a pagar la pensión, comprar porros y forros (porque ya no estaba tan loco como para cogerme a una de esas perdidas y que pasara lo que el azar quisiese).
Los más chicos andaban por los diecisiete o dieciocho años, a veces menos; los más grandes rondaban los treinta, acaso un poco más. Nos unía sólo la desolación de existir, aunque todos parecían bastante conformes con su destino y nada melancólicos, salvo yo para mis adentros, de a ratos. La sensación de tener una vida perdida, de haberse echado a perder o haberlo estado desde la cuna, afloraba sólo en la última hora del pedo químico o etílico: alguno se largaba a llorar con la cara tapada contra la mesa o entre las rodillas si estábamos en la calle, y los otros tres que quedábamos a esa altura le ofrecíamos nuestro menesteroso apoyo espiritual, le decíamos que nada que ver, que esa vida era mejor y más sincera que la de los tipitos de traje y corbata que habían estudiado toda la vida como esclavos, para casarse y trabajar como esclavos hasta la jubilación en pro de la familia que los patearía para un asilo en cuanto no produjesen más dinero. Pero esto lo creíamos a medias. Era más que nada una pose, una provocación secreta (salvo cuando a alguno, empedado, le daba por romper vidrieras con la botella vacía, y corríamos peligro de caer presos al peor estilo del “El juguete rabioso” con diez años más, mandando la provocación secreta a la mierda).
Yo me acordaba de alguna lectura crítica del “Martín Fierro”, no sé si Martínez Estrada o quién, que comparaba el llanto del gringo con el llanto del teatro griego, el llanto patético, y lo contraponía al estoicismo del criollo, que nunca llora, salvo en situaciones límite (aquello de “y a Fierro dos lagrimones / le rodaron por la cara” al irse para las tolderías, creo que la muerte de Cruz, el encuentro de la tapera y la ausencia de la familia, y nada más). Al gaucho ese llanto fácil del gringo le parecía grotesco, maricón, exagerado, como si el gringo no aguantara la intrínseca condición trágica de toda vida (según el tal crítico).
A mí me pasaba lo mismo. Yo era el gaucho, claro. Comprendía y me conmovían y me conmueven todas las vidas extraviadas, la tragedia de una vida echada a perder, y me veo reflejado en ella, si no en parejo destino, al menos en igual condición; pero esta es una condición inevitable de toda vida, que la tragedia artística o una vida desgraciada sólo ponen de manifiesto, y mi actitud ante eso era, es, de algo parecido a una amarga resignación en rebeldía (medio unamunesco, ¿no?), nunca de llanto.
Pero entre esos perdidos me sentía en mi medio, en el fondo del fondo del fondo, rascando el fondo para ir más abajo, a lo profundo del dolor de la vida, por un deseo insano de tortura, de autoescarnecimiento, de autohumillación, que Lacan llamaría goce: me daba claramente cuenta de que ansiaba mi perdición, era como un Hamlet desterrado, y no me importaba sentirlo, saberlo. Más bien, con una distancia que se parecía a un doloroso cinismo, corroboraba ese sentimiento en mí y punto, trataba de olvidarlo, de perderme en él, mi sino luctuoso, sin hacer alharacas: si eso era lo mío, ¡venga!
Amor fati, diría el Fede.

(Nota al pie en el original: Las juventudes de todas las épocas han tenido como nota común la fe en sus fuerzas, la fe en el futuro, la capacidad de creer en causas, todo eso que en esta época nos parece tan extraño. Mi generación en cambio, y esto parece ser un fenómeno por lo menos occidental, se caracteriza por ese descreimiento hacia todo que yo llamo “doloroso cinismo”, porque es un descreimiento con la nostalgia de creer, con una vocación de verdad y de absoluto).

miércoles 25 de junio de 2008

7. ... llena de ruido y furia...

Trabajé en el puerto como tres meses.
En el medio de eso, renové mi visa e inicié averiguaciones para radicarme. Todo muy engorroso. Parece que en Europa no les gustan los extranjeros; esta endemia ecuménica de los estados nacionales: una aceitada maquinaria burocrática para hincharte las pelotas y que no te quedes.
En todo momento estaba solo. No hice la menor relación con nadie; no conversaba, con nadie, salvo con fines prácticos; me encerraba a escribir, ya que otra cosa no podía, salvo releer unos pocos libros que me había traído en la valija.
Extrañaba la lectura voraz más que todo. Ni siquiera extrañaba tanto la PC, porque me acostumbré rápido a comprar cuadernos de apuntes y llenarlos de letras desordenadas, y con las semanas los cuadernos se sucedían compulsivamente y yo revisaba, de aburrido, el “cuadernito azul”, el “cuaderno rojo grande”, el “verde, espiralado”. Cada uno tenía su particularidad; algún texto que no me resultaba meramente desagradable e insulso representaba mojones de tiempo en una estepa temporal (quiero decir espiritual) como esa en la que estaba metido. Eran mi única relación armónica con el mundo. Fechaba todo.
Cuando empezaba a acostumbrarme a la rutina, a adormecerme en ella, pasó algo estúpido e incomprensible.
Digamos, mediados de mayo. Casi justo para mi cumpleaños. Era mediodía, primavera, un clima como para enamorarse del universo; el viento del mar me había quemado y curtido y salado; ya olía a griego por todos mis poros.
Estaba acarreando unas bolsas para Sotiropoulos, pero ese mediodía no estaba él sino su segundo. El tipo, muy grandote, como un metro noventa, barba gruesa sin afeitar de cinco días, me dio una orden en griego que no entendí. Me quedé mirándolo un instante. Luego le pregunté, con mi pésimo acento, qué me había dicho, que no le había entendido. El tipo acentuó más su cara de orto y, luego de dos o tres segundos de inmovilidad, como a punto de proferir una puteada, se movió de golpe para tomarme por las solapas y me dio un puñetazo en la cara que me tiró al piso. Cuando estuve en el suelo, me pateó en las costillas cuatro o cinco veces. Al final me tiró un par de patadas a la cara, una bien puesta.
Nunca había sentido semejante humillación e impotencia. Más que las costillas, el estómago, la cara, toda la cara, me dolía saber que no podía defenderme.
Me quedé quieto hasta que paró de golpearme. Luego, a los gritos, me dijo algo así como que me fuera y que no volviera nunca más por el puerto, que no quería verme más o me degollaba.
Yo soy cabrón, pero no estúpido, así que, mientras se hacía el corro en torno, me levanté lo más lentamente que pude, me sacudí el polvo de la ropa, todo sin mirarlo, y me fui dándole la espalda, encorvando el lomo a la espera de una trompada o puntapié entre los omóplatos.
Caminé un par de cuadras hacia tierra adentro y después bordeé, muchas horas, la orilla del mar y la playa escarpada. Cuando al fin encontré un lugar solitario cerca del agua, me puse en cuclillas y estuve llorando, de orgullo, unas dos horas, inconsolable, hasta que anocheció.
Pensé en todas las posibilidades de vengarme de ese hijo de puta, incluso irlo a buscar y apuñalarlo en una calleja. Me deleité en la sombra imaginando mil formas de su muerte. Pero hasta en ese estado de humillación e ira me di cuenta de que era al pedo, de que no valía la pena, aunque todo mi ser quería matarlo. Nunca quise matar a nadie, pero a ese tipo, si pudiera, hasta hoy lo cortaría en pedacitos.
Caminé por la ciudad hasta que se hizo medianoche y volví deliberadamente tarde, con todos durmiendo, con la fonda cerrada.
Me acosté y seguí llorando.
A eso de las dos sentí un ruido de picaporte: la pendejita. La eché sin decir nada, en la sombra, de prepo. No estaba de ánimo para esas cosas.

martes 24 de junio de 2008

6. La memoria

La rubia.
No puedo recordarla.
O sea.
No puedo recordarla en hechos, en anécdotas completas, sino tan sólo en gestos, en poses, en figuras, en ramalazos.
SIEMPRE IMÁGENES en un silencio tétrico: la rubia en bata negra, regalo de Tir, caminando ofuscada sin motivo conocido para mí (pero siendo quizá yo el motivo: yo, mi presencia que cuando no tenía reclamaba perentoriamente, sinceramente acaso). La rubia en bata negra caminando ofuscada sin motivo conocido. Oyendo el ruido de sus pies sobre el parquet lustroso, mirándola de reojo desde la cama mientras dormito o finjo un sueño o leo, y la veo alejarse. El olor de la rubia desplegado en la cama; embriagarme de su aroma de hembra mientras la oigo lavar los platos en la cocina o la sé planchándose una ropa (estas cosas que derrumban deidades: no la perfección pública, la atracción abisal de la rubia comehombres de las discos y fiestas, sino esta hembra que silenciosa y enojadamente se plancha una ropa, o la dobla, o la descuelga de la soga). La rubia masticando ravioles de jamón y queso pensativa, abstraída, con el cabello recogido en un rodete displicente como siempre que estaba de entrecasa, y yo mirándola (¡adorándola!) entre mis propios pensamientos, de reojo, así toda la comida sin cruzar palabra, no de enojados o de enculados sino de puro repugnantes que éramos; no era una pose (o sí, todo es pose, pero quiero decir, no era premeditado: no podíamos no estar juntos, yo me sentía amputado si no estábamos compartiendo la cama; extrañaba su respiración profunda, su olor inconfundible a ella, pero estábamos juntos y ni nos mirábamos, o si no cruzábamos miradas siniestras {para los que no estaban en el palo y no sabían que éramos así, raros bichos crueles y bellos, siempre en discordia silenciosa}). Porque cuando estábamos en salidas, en la casona de Tir en Parque Chas, sede oficial de la tribu ecléctica-electrónica-viciosa-artística-disipada de los tiráceos, o en discos, saliendo juntos, ni nos mirábamos. Por ahí ella se perdía entre la gente o me perdía yo, o nos pasábamos toda la noche agarraditos de las manos (ella con un pucho en la otra salvo que estuviésemos en ronda de fasos), como siameses pero mirando EXACTAMENTE al otro lado del otro, hablando con alguien sin darnos la más mínima bolilla. Pero si estábamos de chupe o de fumata, la onda era sentarnos, ella cruzada sobre mis muslos (las piernitas al aire o enfundadas en pantalones milimétricamente ajustados {aunque no tenía un supercuerpo: la rubia era bella, superactractiva, los llevaba del pito a todos los tipos que se le antojasen, por alguna razón misteriosa que era ella misma en su existir de esfinge}), con un vaso en la derecha (yo, zurdo, con la derecha rodeaba su cintura y con la izquierda aferraba el vasito nunca transparente, generalmente lleno de vodka y pulpa de naranja y hielo picado), hablando ella con alguien y yo con otra persona, y si uno se sumaba como tercero a la conversación del otro, el otro enseguida lo dejaba al uno en charla mano a mano para enfrascarse en otra con el quinto, o con el cuarto que había quedado mostrenco entre los cruces de silla a silla, de sofá a sofá, de piso a piso, de rincón a rincón, todo el tiempo variando los interlocutores de unas conversaciones deliciosamente banales, incorruptiblemente beodas e incoherentes y relajadas, entre risas fáciles espontáneas. Pero si yo, gran cabezón, salía de mis silencios incomodantes a mis palabras balbucientes de lecturas feroces, y nos juntábamos con Tir (mi mentor y mi enciclopedia parlante beoda sobre cualquier tema artístico o filosófico, pero también el mejor amigo de ella), montaba en cólera y se iba, ofendida, a bailar con los piscuices que hubiera esa noche de casualidad (siempre había colados e invitados ocasionales o caídos por error, porque de ese modo se reproducía la tribu). {Se me amontonan las imágenes y las ideas en el bocho y ya tengo ganas de abrir otra antes de terminar la que estoy escribiendo} Que eran los que no sabían cómo era la onda entre la rubia y yo o ni nos conocían, ella lejísimos y sin mirarme (divirtiéndose y rencorosa, todo junto: vengativamente y olvidándose al segundo, acordándose sólo cuando le entraba mi cara a su campo visual), y yo riendo a pata suelta con Tir, sin siquiera mirarla, sabiendo que a la mañanita, cuando la fiesta o salida terminase y la gente se fuera o nosotros nos fuéramos a nuestra cucha, habría sexo insomne y dolorido antes de dormirnos dados vuelta, una vez despejados de la descompostura y biencogidos, hasta las cinco de la tarde del despertar de la resaca juvenil y atroz. La rubia desapareciendo para el baño (de Saavedra o de Lambaré) a aspirar cocaína, porque a mí me daban arcadas de sólo ver gente metiéndose el polvito en la nariz (ese o keta o lo que fuese: yo a la keta la comía). Los ojos brillosos, rojizos, vidriosos, obsesivamente inmóviles o crispadamente movedizos, los ojos rojos y celestes que se cruzaban conmigo de casualidad y sin pose, ahí sí sin pose, casi extrañada cada vez de verme mirándola, “radiografiándola”, “dictaminándola” me dijo una vez. Nadie escribió esos ojazos de la rubia drogada de cocó como Enrique Cadícamo, que la sabía lunga: “Rara, como encendida, te hallé bebiendo, linda y fatal. Bebías, y en el fragor del champán loca reías por no llorar. Pena me dio encontrarte pues al mirarte yo vi brillar tus ojos con un eléctrico ardor, tus bellos ojos que tanto adoré”. A Miller le habrá pasado con June Mansfield, y a tantísimos artistas fascinados con la brusca belleza corrupta de esas flores con trampa, de esas radiantes diosas disolutas que tienen un abismo entre sus piernas, y en sus almas, y en sus ojos. La rubia leyendo, abstraída, en piyama con dibujos del ratón Mickey y el rodete prolijo de recién levantada y pasada por el primer acicalamiento matutino, untando la mirada sobre el libro con displicencia, y masticando una tostada ruidosa con manteca. Y sus pantuflas negras-peludas con conejitos en las puntas. Sin mirarme, o a veces sí (y eso era milagroso, era el milagro de la belleza desplegándose ante mi vista fascinada mientras mi rostro apenas sonreía, la inteligencia en guardia frente a una agachada en puerta, deshecho de amor por la mirada celeste y la sonrisa párvula de tostadas, silenciosa). O sí, a veces palabras, palabras comunes y banales pero pronunciadas con el sonido ronco de la hembra que lleva diez años de reviente, desde la secundaria (la rubia me llevaba cuatro años, y parte del siniestro tironeo perpetuo y silencioso entre los dos era eso, esta contradicción estúpida y maldita entre mi cara de bebé y mi cuerpo en la cama, entre mi mocedad y mis palabras de intelectual inverosímil, repiqueteantes de autores y de libros y de ideas, entre mi cara de pendejo y mis baladronadas silenciosas, mi modo arisco de apoderarme de ella y doblegarla en cada cópula en que nos doblegábamos, cenit de nuestras vidas y de nuestros sentimientos y de nuestra relación. La imposibilidad puesta a la vista de que cada uno fuera para el otro indoblegable, inescrutable, y la porfía lujuriosa de domarnos, de esclarecernos de qué carajo estaba hecha esa atracción tan retorcida y tan tenaz y tan esclavizante y tan perversa y tan huérfana {ignaramente huérfana; esto lo agrego a posteriori} que nos mimetizaba en una coreografía silenciosa e inextricable, malvada {malvada a-través-de-nosotros, a pesar de nosotros, CONTRA nosotros y nuestro deseo del otro como satisfacción para uno mismo y como deseo de que el otro estuviera bien, si es que alguna vez llegamos tan lejos en nuestro altruismo de pareja entre todo el desmadre de ese año y medio corroyéndonos}).
Y ahora, entre paréntesis, me da por pensar un poco en cuánto la lastimaría (si es que algo la rozaba, o si es que todo estuvo en mi cabeza todo el tiempo y lo inexplicable brotaba todo el tiempo de mí en mi ansia de buscar y encontrar y bordear lo inexplicable, el inexplicable misterio del mundo, obligando a una pobre muchacha a que lo sintetizase, y de ahí surgiese todo el malentendido; y cuando pienso eso en la soledad de mi habitación o en las rondas de porro y cerveza por las plazas ME QUIERO MATAR, ME QUIERO REVENTAR LA CABEZA CONTRA UNA PARED POR HABERLO ARRUINADO TODO YO, TODO YO; si es que fue así, claro; las posibilidades son tantas… que volvamos al personaje, al pequeño relato deshilvanado de cómo recuerdo norecordándola a la rubia) mi hostilidad malvada.
La inerme bestia rubia, la coraza infranqueable, la imposibilidad de ver que detrás del hechizo no había más que hechizo, y negarse a saberlo aun sabiéndolo, al modo como nos mienten nuestros cuerpos cuando se embriagan de otredad, de joya, de sexo. Amándola hasta el odio, hasta el insulto, hasta la violencia, hasta la destrucción recíproca y en tácito acuerdo, empeñadísimos en que el otro lo asesinase a uno.
Así, demencial; enfermo y demencial. Y amado. Eso. Que era.
Y así se me viene la rubia todo el tiempo, en oleadas de imágenes que se agolpan y se arremolinan y me abaten, me desgajan, como un huracán que arranca un árbol. Pero sin movimiento: todo adentro del bocho y minuciosamente y cada segundo de cada minuto de cada hora de cada día de la vida, pulverizándome mientras mi rostro se muestra a Lo Demás como una máscara insondable, indiferente, desdeñosa, con la maldad y la crueldad de la belleza. Asfixiándome, mi máscara, con mi belleza que esconde monstruos y catástrofes minúsculos e ineluctables, que escande la tragedia cotidiana fingiéndose (o quizá mejor siendo {para Lo Afuera}) tan impasible como ella.
Y cuento esto así, como me surge, en el perpetuo presente inmisericorde que ase mi vida, salteándose las vicisitudes del presente que me resbalan como recuerdos. Más real la memoria que la vida.

lunes 23 de junio de 2008

5. Arlteana

No respondí esos correos de Tomi. Cada tanto recibo, más espaciadamente, ya no reproches ni puteadas, sino la enumeración de las prosaicas novedades familiares; y poco, menos, de Parque Chas. A la rubia no volvió a nombrármela, y esto me produce la misma ansia que si me la nombrase siempre. Cada tanto, si tengo plata, paso leo, ya ni imprimo esos textos: repeticiones, pedidos de dirección algunas veces.
Me gusta que esté allí, Tomi, y que me cuente que dio finales y empezó la cursada y que capaz que su novia de Tandil se muda a Caballito, a vivir con él. Que sigue trabajando en la librería de la calle Corrientes, que leyó tal o cual libro. Que me tranquilice (porque lo escribe para tranquilizarme, ¡amor de tipo!) diciéndome que convenció a todo el mundo para que no hagan denuncias por averiguación de paradero, o callando que seguramente la rubia lo va a buscar a la salida del trabajo para putearlo y putearme cada tanto, hasta que se canse, hasta que se olvide o se resigne o (lo más probable) la caliente otro tipo y chau pinela.
Y yo sé que él sigue escribiendo porque se dio cuenta de que los leo, a los mails. Porque no sé cuándo (dos, o tres, meses), si no usás la dirección, te la dan de baja. Así que debe haber deducido que si, a tantos días, los mails no le vuelven, es porque estoy; de modo que mantiene, así, un mínimo contacto, un hilito de comunicación conmigo; al menos sabe que estoy y le respondo con esta señal, y eso lo tranquiliza.
Pero no puedo más que esto, más que, cada tantos días, acercarme y leer sus palabras, sin fuerza para más, para escribirle.
Volviendo.
La vida en ese hotelito era un quilombo.
Había caído en un antro lleno de marineros cretenses o del Dodecaneso o de alguna otra isla, que hacían la pesca en el Egeo o la marina mercante, mezclados con inmigrantes turcos, armenios, albaneses (bastantes albaneses) y mínimas porciones de otras colectividades. Ahí adentro, por decir, yo representaba la comunidad argentina y latinoamericana.
Según me contaba Stefanopoulos en sus raros momentos de expansión oratoria, cada tanto caía un loco así como yo, de cualquier lado, mucho europeo y norteamericano, de vez en cuando un latinoamericano, todos locos en busca de la ballena blanca (pensé yo).
En el contexto de la rica Europa, Grecia es un país pobre y atrasado. Están en la Unión Europea, pero son el socio más pobre, ellos o Portugal. Son un país chiquito, atestado de gente y de montañas y de ovejas. Lo mejor son las islas, que están entre las zonas más pobladas.
Para mí resulta muy loco que las islas estén llenas de gente. Para mi mentalidad argentina, una isla es un lugar inhóspito donde sólo hay viento y buenísima pesca, donde la vida es una mierda al lado de las estufas mientras afuera sopla un viento del diablo, y generalmente viven kelpers allí, o como mucho pingüinos. Estas islas son preciosas, me dicen todos, orgullosos de su pasado y de su presente.
La mentalidad del griego es extrañísima, una mezcla de vergüenza y de orgullo altisonante, muy argentina en ese sentido: son los pobretones de Europa, los europeos ricos los consideran de “Europa Oriental”, y al mismo tiempo, ¡esa inmensa carga de cultura de casi treinta siglos de Homero y Hesíodo y los mitos para acá! ¡Cómo ser un artista entre semejante herencia recibida, pensaba yo cuando, en mi pieza, me ponía a enumerar mentalmente nombres de personas y de lugares y de batallas!
Yo repasaba a Laferrère y Payró y los Obligado y Ascasubi y Bartolomé Hidalgo y el Viejo Pancho y Martel y Wilde y Vicente Fidel López y Miguel Cané y Martínez Estrada y Ricardo Rojas y hasta Groussac y Florencio Sánchez y Pascual Contursi y Celedonio Flores y José Ingenieros y hasta Lugones y Quiroga y Storni e tutti cuanti, y se me estrujaba el corazón de pensar en lo chiquitos que somos los argentinos, galvanizados por la herencia inabordable de Borges (siempre es por la sombra de alguien, fuckin’ Hamlet), y me quedaba alucinado, fascinado.
En la pensión u hotel no había mujeres, salvo la esposa de Stefanopoulos y la hija. Ninguna de las dos demasiado linda. Entre las dos atendían la fonda. La pendeja, aunque más no fuera porque tenía trece años, era mirada con lujuria por los toscos pasajeros. Era morochita, de pelo apenas largo sobre la nuca, un poco ondulado, de ojos castaños y una boca que era lo más destacable. El único indicio de su desarrollo sexual eran unas tetitas que alcanzaban a dibujarse en la blusa.
A veces, estabas en tu habitación y había gritos desaforados, se escuchaba gente que de seguro revoleaba cuchillos, y Stefanopoulos, que no quería quilombos con la policía, sacaba una carabina de doble caño de abajo del mostrador y subía a las habitaciones para calmar a los muchachos, mientras yo oía todo con la oreja en la pared y el corazón en la boca.
Yo no hablaba con nadie jamás, y para no dar motivo a nada iba siempre con la vista baja; guardaba mi dinero en los huecos más inverosímiles de la pieza; paranoico total.
Los días que había trabajo para mí en el puerto me mataba para levantar los mismos bultos que los ursos, me reventaba de la cintura y de la espalda pero no emitía un quejido, una protesta, un gesto. No me iban a llevar arreando así nomás. Los estibadores me miraban burlonamente, y, en su idioma, me dedicaban bromas seguro, porque sonreían y me miraban en grupo aparte.
Yo me hacía el boludo todo el tiempo. Trabajaba hasta el agotamiento y hasta después del agotamiento, y en cuanto el laburo se acababa movía, después de recibir mi paga, sin más que saludar con la mano, casi sin mirarlos. Que me chuparan un huevo, yo la guita me la llevaba.
Sentía que estaba haciendo algo por mí, que por primera vez trabajaba de en serio fuera de la protección de la familia o de los amigos, que esa independencia que se parecía tanto al desarraigo y a una ordalía de nostalgias me hacía más adulto, más duro. Volvía todo sucio del puerto, a veces al anochecer, y no me importaba acostarme sucio: estaba muerto.
Era increíble, pero las minas me pasaban como de lejos. Los fines de semana no salía a bailar, menos que menos a chupar a algún boliche. Me quedaba escribiendo a la luz de mi lámpara de lectura verde de lata a la cabecera crujiente de la cama; mirando las luces escarpadas y festivas, extranjero a eso, como negándome el derecho.
Casi ni extrañaba la embriaguez del porro. A lo más, cuando había hecho una muy buena zafra en el puerto, me bebía solo, en la fonda del hotel, una botella de tintorro de la casa, solo, en una mesa alejada contra la pared más grande. A veces, distraídamente, garabateaba algún papel entre sorbo y sorbo.
Una vez la pendejita me fue a servir otra botella de vino de postre y me preguntó qué escribía. Yo la miré un segundo y supe lo que estaba buscando. Al tiempo que respondí Hago poemas, tanteaba la posibilidad de cogérmela, los peligros consiguientes, la envidia en cuanto se corriese la bola entre los mayormente célibes (salvo prostis) pasajeros del lugar.
Me preguntó si le podía regalar lo que estaba escribiendo: no podía entender nada, ni siquiera las letras, que estaban en caracteres latinos. Pero se lo di. No era nada más que despuntar el vicio de convocar la música del idioma y buscar algo que surgiese, inadvertido, inesperado. Un jueguito casi irónico pero lo único entrañable que me quedaba de mi vida: la posibilidad de alguna vez, cada tanto, encontrarme casi sin quererlo con un bello poemita entre las manos, un tesoro mínimo y fútil, y por eso mismo, por inútil, más preciado para mi alma.
Comencé a seguir subrepticiamente sus movimientos por la fonda: me comía con los ojos. El clima era invernal; más de un mes sin ponerla, después de un año y medio de biabas casi diarias con la rubia: mis miradas le respondieron.
Una noche, la pendeja se robó una llave maestra y se metió en mi pieza. Me desperté cuando me manoteaba, desnuda en la penumbra. No tenía forro, y a esa altura no me importó: estaba dispuesto a entregarme a mi destino, tanto si le hacía un hijo a una minita de la que no sabía ni el nombre y que no me atraía como si me metían en cana por corrupción de menores o me encajaban un balazo en la frente. Mientras me despertaba, me la fui cogiendo sin contemplaciones. Le enseñé a abrir las piernas y a acomodarse y a masajearme y apretarme la pija y también a lamérmela, y le chupé todo y la apreté con saña y le di con furia contra la almohada y contra el colchón y contra la pared y contra la cabecera, mientras ella, lo más asordinadamente que podía, lanzaba grititos abruptos y agudos, como de gallina que despluman.
La maté: al otro día, estaba toda ojerosa, no podía ni moverse. Le marqué todo el cuerpo a chupones. Casi puede decirse que me la cogí con maldad más que con lujuria, para vengarme en ella de todo lo que en mi vida estaba mal. Pero a ella pareció encantarle, porque siguió viniendo, cada tanto, mientras estuve ahí.

viernes 20 de junio de 2008

4. El dolor y la rubia

Al otro día me desperté al amanecer. A cara lavada y bien peinado, en ropa de fajina, salí hacia El Pireo. Quería un trabajo así, de estibador, bien de fuerza bruta. No sé por qué, o sí. Instinto autodestructivo o sed de olvidar.
Caminé toda la mañana por dársenas, preguntando si necesitaban gente para descargar bolsas. Los tipos que me atendían no junaban ni jota de inglés. Con mis pocas palabras aprendidas, traté de hacerme entender. Esa mañana no conseguí nada, pero empecé a pasar todos los días, conociendo el idioma un poco más, y ellos empezaron a conocerme. Después de algunas semanas, se hartaron de mí o les di lástima, andá a saber (todos eran tipos de espaldas anchas y de uno ochenta para arriba, yo soy una ratita esmirriada al lado de esos ursos), y uno de ellos, Sotiropoulos, con un gorrito de lana en la cabeza y polera abrigada, porque el veranito de mi primer día se había vuelto otra vez crudo invierno, me conchabó.
Así que empecé a trabajar de estibador, cuando había laburo, a paga diaria, las horas que hubiera. Había que romperse el lomo hasta cargar o descargar todas esas cajas o bolsas, armar los pales y acomodar el bulto rectangular que luego el guinche se llevaba.
El primer día gané unas dracmas que me levantaron el ánimo, pero me retiré con la espalda molida. Me fui satisfecho hacia la fonda de mi hotelito, y comí como un desaforado una especie de guiso de cabra: picante y abrumador. Me tomé mi primer vinito griego, de baja estofa, para bajar el picante. Después, de postre, comí queso de cabra, más picante aún, lo que me reclamó otra botellita de tintorro de la casa, puesto en botellas verdes sin etiqueta.
Me acosté temprano, agotado y casi feliz, y dormí como una piedra, como jamás he dormido en mi vida.
Si tuve pesadillas, ni me acuerdo.
+++

Con las entradas mínimas pero permanentes del trabajo me desasosegué un poco de varios mambos: en primer lugar, la angustia de quedarme sin plata, en la calle; en segundo, la angustia de estar medio día tirado en la cama mirando el techo, pensando en todo lo que mi pasado me reclamaba, en lo mucho que extrañaba a todos.
Me dio curiosidad (y angustia) saber en qué andaba lo de allá, así que una tardecita, a la vuelta del puerto, me metí, casi sin pensarlo, en un ciber, a ver si había correo.
Encontré como cuarenta mails de mi hermano puteándome en todos los tonos, desde la sorpresa, la incredulidad, la furia, el despecho, la desesperación, la súplica, la amenaza, la advertencia. Preguntándome qué carajo me había pasado, por qué me había ido. Diciéndome que estaba en pedo, que (yo) era un hijo de puta sin corazón, que los viejos estaban hechos mierda, la abuela angustiadísima, porque todos temían que me hubieran matado y apareciera flotando en el río, o estuviera preso por algún motivo ignoto en un sitio clandestino, y les daba impotencia y dolor no poder enterarse. Que él había tenido que confesar, de entrada, a mamá y a papá, que había encontrado, el 19 (de enero) la carta manuscrita que yo había escondido en su departamento, donde explicaba todo. Es decir: que me iba a Europa, ningún sitio demasiado preciso, porque lo importante era irme, huir de allí, de mí, de la encerrona anímica en que me encontraba porque si me quedaba iba a hacer desastres, matarme yo o a la rubia o a algún otro, y todo era un caos y una locura y no se podía… yo no podía… eso. Que ya le enviaría mis señas (que no le había enviado hasta entonces y que no le envié hasta ahora) cuando me estableciese en algún lado. Que por nada del mundo le dijera mi paradero a la rubia, o a Tir o al resto de mis amigos, y menos que menos a papá y mamá, y a la rubia sobre todo no, que si no volvía y le rompía la trompa. Que tranquilizara a los viejos. Que lo quería más que a nada en el mundo, y que no fuera tarado y que no aflojase y se portase como el hombre que era.
Tomi es mi hermano mellizo. Lo extraño y lo quiero más que a nada en el mundo. Siento que en el pasado he sido inclemente y malvado y egoísta con él, que siempre lo postergué en pos de mi egoísmo, sin que me importase (pero esto sin saberlo, inconscientemente, y acaso fueran todos mambos míos, y darme cuenta {o inventarlo} era gran parte del quilombo que había en mi cabeza).
También me decía, en muchos mails, que la rubia había andado con un ataque de nervios, que había hecho mierda el departamento en un ataque de furia cuando le tuvo que contar lo de mi huida.
El asunto fue así: yo desaparecí, ¿qué?, el 16 de enero. Ella cayó a preguntar, angustiadísima, el 18, porque yo había dejado un papel diciendo que a la noche volvía tarde, que comiera sin esperarme. Y ella se levantó el 17 a la mañana como siempre para ir a trabajar al Salón de Artes Plásticas de Tir (un amigo cuarentón, curador de artes plásticas, mi mentor y mecenas artístico, mi gurú) y no me encontró, y estuvo en el trabajo y luego a la tarde preguntándole a todos los conocidos, y NADIE, NADIE, sabía decirle nada. Así que cayó a la nochecita al depto de Tomi en Caballito.
Tomito atendió al portero insistente, un poco enfadado por la impaciencia del ruido, y escuchó la voz de la rubia, y ella estaba tan alterada que tuvo que hacerla subir (nunca había dejado que la rubia se le acercase demasiado después que él la pateó y luego empezamos a andar), porque ella no le creía que yo no estuviese oculto allí: cuando nos peleábamos fiero, yo agarraba para dormir en lo de Tir o en lo de mi hermano. Así que no quiso creerle al fastidio de Tomi que le respondía a través del portero ¡Qué sé yo en qué carajo anda Tobi, si ni él lo sabe! Yo hace como una semana que no le veo el pelo. Y después, ya adentro, ella lo rajó a puteadas de arriba abajo y lo empujó a tal punto histérica que Tomi comenzó a preocuparse, y le preguntó Pero qué, ¿se pelearon de nuevo?, y ella le respondió enajenada ¡Es que no sé, ya no sé! ¡No sé qué puede haber pasado! ¡Si nos mudamos en dos días, ahora desaparece, es un hijo de puta!
Así que, cuentan los mails, tuvo que hacerla sentar y darle un vaso de agua y charlarla un buen rato para que se tranquilizase al menos.
Los correos eran tantos que los hice imprimir y me fui a leerlos a la pieza.
Tomi, realmente preocupado por mi desaparición "TOTAL", le prometió sinceramente que iba a averiguar él por su lado, que no sabía nada, y que yo estaba muy loco hasta para hablar con él, que en las semanas anteriores habíamos mantenido charlas en las que yo le manifesté mis sentimientos de culpa hacia él, y él me había dicho que aflojase un poco con la droga, que me estaba agujereando la cabeza (en realidad me había dicho: “la droga… y la mina esa”), pero que no había dado ningún indicio de desaparecer, aunque estaba reloco, como él nunca me había visto.
Eso la angustió peor. Y cuando, el 19, descubrió en el ropero la carta mía, él también enfureció y se la tuvo que comer solo, porque a nadie podía avisarle, y además era posible que yo me hubiese ido al Tigre o a algún pueblo con una mina o un amigo, todo era posible, y estuviera escondiéndome (pensaba él) de la definitiva convivencia con la rubia en su casa nueva de Caballito. Y no podía andar boqueando demasiado, preocupando a los viejos, porque por ahí todo se solucionaba en pocos días.
Pero la rubia cayó de nuevo a preguntar, y Tomi quiso no decir nada y ella ya no le creyó, lo miró a los ojos a este pelotudo que se compadece enseguida, y que no pudo menos que compadecerse hasta de la rubia, y aunque tuvo el suficiente coraje para callar mi huida, igual se comió la furia y las trompadas, y al otro día cayó Tir (toda la tribu de Parque Chas ya alarmada) y le contó que la rubia había destrozado todo el departamento de Lambaré 149, donde habíamos convivido la rubia y yo unos pocos meses; que la encontró llorando entre los sillones despanzurrados y las sillas rotas, y tuvieron que medicarla, y toda la mierda.
Me shockeó leer estas noticias tan tremendas, de las que yo era el causante, y que, a la par de un dolor inmenso (el deseo desgarrador de estar allí, de volver con ella, de perdonarla si había algo que perdonar, el dolor de lastimar a Tomi y a los viejos), asistiese a la historia como si fuera ajena, ficcional, con bastante morbo y hasta algo de placer: pero un placer malsano, un placer en lacerarme, verdaderamente horrible.
Y eso sentí, siento aún, de mí. Que soy una criatura horrible, monstruosa, imperdonable, y que nada me importa, y que hasta mi dolor es egoísta. ¡Pero no puedo otra cosa! Tan sólo estar aquí, lejos de todo y desolado, estragado por el recuerdo de los que amo, sintiendo que lo mejor es esto, estar aquí y no lastimar a más nadie, que no me lastimen, tratar de vivir el resto de mi vida lejos de todo, sin conocer a nadie, vedado a toda pertenencia.

jueves 19 de junio de 2008

3. Exiliado

Al otro día visité la Acrópolis. Fui caminando (imposible perderse con ese mojón arriba, blanco y deslumbrante). Hacía menos calor.
Igual, me costó encontrar calles que me llevaran hacia allí, porque cada tanto una calleja me hacía dar vueltas de media hora hasta que encontraba paso. Cuando llegué, estaba lleno de turistas que sacaban fotos. De muchos países. (No incurriré en el lugar común de decir que estaba lleno de japoneses.)
Me metí en el Partenón. La gente lo sacaba un poco de contexto, yo quería caminar entre los mármoles y pensar en los dos mil quinientos años de mi patria, de mi verdadera patria espiritual, eso que llaman la cultura de Occidente, y que tantas reverberaciones produjo. Hasta yo, y todos los que caminábamos esa tarde y todos que alguna vez quizá lean estas páginas.
En un momento logré apartarme del bullicio de los turistas y los guías y me quedé solo en un rincón, junto a una columna. Por entre medio de esa y de otra más a la izquierda, se veía toda la ciudad, y un cacho de mar demostrando la curvatura de la tierra, pero también su desnudez, su agrestez, su salvajismo delicioso. Y el cielo.
¡Todo era tan azul, y tan verde, y tan blanco! (No reincidir en errores mentados, recordar a Lessing).
Quería ir al mar, y tardé, a paso tranquilo, mirando todo. Llegué con el cielo ya atardeciendo hacia el costado de la ciudad. Me metí hasta donde pude, me saqué los zapatos y me senté a sentir el rumor del mundo griego. Por aquí había visto el padre de Teseo las velas negras retornando de Creta, pensé eso, las velas negras (los heraldos negros trayendo su mensaje falso). Me sentí como Dédalus caminando con su bastón. Solo. Confortado en mi soledad de poeta, pensando en tantos jóvenes extranjeros que la habían visitado devotamente, mis hermanos muertos (a los poetas jóvenes nos gusta la amargura; somos fetichistas del dolor; nos gusta compararnos con los muertos, pensar en su gloria ya indeleble, que uno ansía, inseguro de sus dones pero lleno de anhelos; enemistados con la vida, con la sofocante cotidianeidad de la vida).
Había sido un buen día, después de todo. Los edificios y el paisaje, la ciudad, me hicieron olvidar de mí. Creo haber sonreído, casi entre sombras, con los pies desnudos sobre la piedra, el pantalón blanco recogido sobre las pantorrillas y los zapatos negros en la mano.
Volví tarde y sin encontrar cena. Me abrió el sereno e intercambiamos unas palabras en inglés. El tipo, pobre, debía estar aburrido, toda la noche en vela mirando una t.v. en colores viejísima, con ese sonido bajito tan melancólico de los televisores en cualquier canal a la madrugada, cuando la única luz que ilumina el cuarto es la del artefacto relumbrando, oscureciéndose, estallando en colores alternativamente. Pero tenía un inglés horrible, y maldito si le entendí algo.
Me fui a dormir. La ciudad, desde esa habitación, estaba medio enmudecida. Hasta pasaban pocos autos. Como una ciudad de provincia, así. Sentía un bienestar de esos que sólo provienen del autoolvido, del placer del presente.
Me desnudé y me acordé del papelito que me había dado el taxista. Al otro día tenía pensado salir en procura de trabajo. Saqué el pedazo de papel y vi todas esas letras que no entendía nada (no llegué a darle mucha bola a las lenguas clásicas: mis putas desatenciones de estudiante ñañoso las estaba pagando ahora: los profesores de secundaria tenían razón cuando nos decían que estudiásemos, que el estudio servía para la vida: solamente conmigo tenían razón), y ahí me acordé de dónde estaba (en el mundo) y el humor se me vino al piso.
Me acosté cansado por todo el día caminando, desnudo (increíble ese calor en pleno invierno).

miércoles 18 de junio de 2008

2.Clave

Cerré la puerta y me quedé solo, tan solo como no había estado jamás en mi vida. Era bastante deprimente. Decí que yo estaba tan mal que nada me podía empeorar el ánimo. Estaba tan destrozado de los nervios que me hubiera lanzado por las calles a pedirle un porro a cualquiera que pasase. Eso hubiera sido perfecto, poder tirarse en la cama boca arriba con una mano bajo la nuca y la otra con el porro, fumando tranquilo, dejando que se pasase la tarde sin pensar en nada.
Esa era la utopía; pensar en nada, lograr vivir aunque más no fuera un día entero, un día solito, sin pensar. Hubiera sido una desintoxicación formidable, me hubiera sacado cinco años de vida. Eso me llevó a pensar que tenía veinte años. ¡Me parecía tan falso! Yo lo menos me daba veinticinco.
Miré la pieza: había un espejo chiquitito, un ropero pijotero en el que a mis cosas les sobraba lugar, una mesa de luz, la cama (angosta, bajita). Donde terminaba la cama, a los pies, empezaba una ventana no demasiado grande, por donde se podía ver el paisaje sucio de la ciudad en el medio de las manzanas, pero también la blanquedad deslumbrante que se arrinconaba contra las colinas, el cielo de un azul no menos irreal que el del mar. El cielo más lindo y puro que yo hubiera visto. Traté de concentrarme en eso, en el cielo, en la ciudad, y lo logré sinceramente por unos cuarenta segundos. Después, de un modo un poco mecánico, me di vuelta y calculé la latitud y longitud de la pieza: unos tres por dos, casi todo ocupado por la cama el ropero y la mesita.
Golpearon la puerta. Abrí y era el del mostrador (Stefanópoulos se llamaba), que venía a traerme las sábanas. Me dijo que a partir de las ocho y media de la noche se podía cenar, y que la comida era aparte, si elegías. Por el plato del día a los clientes del hotel les descontaban un treinta por ciento. Le pregunté qué había. Al pedo: no sé qué me dijo. Después de arduos esfuerzos mutuos, logré entender algo así como “guisado” de algo, en inglés. A esas alturas empezaba a lamentar ya el haberme pasado toda la secundaria mirándoles el culo a las profesoras de inglés en vez de atender. Me dijo que al fondo del pasillo estaba el baño, y que el día que me correspondía para bañarme era el jueves. Yo lo miré como para decirle ¿Pero vos estás en pedo?
El tipo lo notó y se sintió un poco incómodo (con el estado de ánimo en que estaba yo en ese momento, lo pienso ahora, le debo haber tirado una mirada de facineroso inolvidable). Por las dudas, le pregunté si me estaba diciendo que me iba a poder bañar una vez a la semana.
El tipo, como quien tiene que contestar que dos más dos son cuatro, mirándome él a su vez con algo de enfado, me respondió que sí.
¿Y para cagar?, le pregunté (no pude hallar ninguna palabra más que “shit”, así que el tipo por un momento creo que sintió que lo estaba puteando), ¿también hay horario?
Me miró como dudando si pegarme o insultarme o preguntar de nuevo qué le había dicho. Yo intenté hacer gestos aclaratorios, pero nada. Era desesperante. No hagás más ironías, pelotudo, que te van a surtir, pensé.
Me dijo algo así como que podía usar el baño siempre que no estuviera ocupado para hacer mis necesidades, a cualquier hora del día. Y se fue, algo molesto, sin saludar.
Por las dudas, como estaba al pedo, esperé un rato y me fui hasta el bañito, una covacha infame de dos por uno y medio. Era la décima habitación del pasillo.
Meé, más que nada por rencor, mientras pensaba que ahí cerca tenía el mar, que en todo caso el pelo se me iba a poner a la miseria. Quedaba la posibilidad de lavarse la cabeza en el lavabo, medio a escondidas.
Golpearon la puerta. Me lavé las manos y abrí, mientras los golpes crecían en frecuencia, y se escuchaban lo que debían ser imprecaciones. Abrí, pedí disculpas en inglés, el tipo masculló algo mirándome amenazante. Tendría unos cincuenta y cinco años, aspecto y aroma de marinero (de los que andaban seis meses sin bañarse en la época de la conquista de América), unas formas de moverse y de hablar y de gesticular que me repugnaron casi tanto como su aliento.
Salí, le dejé paso. El tipo me cerró la puerta en la cara.
Me quedé pensando en el tema de la guita, que no me la robaran. De golpe sentí una angustia muy infantil, pero duró poco porque llegó en seguida a suplantarla el hastío.
Era de tarde, demasiado tarde para almorzar, con el sol aún alto, no tenía ganas de escribir, ni siquiera de leer. Estaba absolutamente desvelado, en ese modo de estar despabilado que tiene uno cuando ya lleva dos días sin dormir y entonces como que todo ocurre a la mitad de la rapidez normal, y uno es capaz de percibir cada segundo que pasa, cada destello del sol, cada mancha de humedad, cada respiración propia o ajena.
Me tiré en la cama, con la cabeza apuntando a la ventana, descorazonado, porque lo mejor hubiera sido dormir hasta la hora de la cena, dormir hasta el fin de la historia, dormir eternamente...
Oía conversaciones cambiadas por lo bajo, y el ruido agudo de una radio inmisericorde. No tenía hambre. Tenía una sed espantosa. Me levanté, fui otra vez hasta el baño, abrí la canilla y me puse a tomar del pico. Me debo haber bajado un buen litro y cuarto de agua. Me quedó la panza que reventaba.
Me acosté y logré dormitar, apenas. La cabeza se me llenaba de imágenes dolorosas, de todo el pasado que me hablaba en mi cuerpo, cercano, inmodificable, ineluctable.
Me aburrí y más tarde, con el sol aún alto, salí a la calle a conocer.
Caminé sin rumbo y me perdí por la ciudad blanca, deslumbrante, ondulada, por entre los rostros griegos, mucho más feos que sus esculturas (maldito concepto aristotélico de mímesis, que le hace a uno soñar con una Grecia que no existe). O mejor dicho, con unos griegos que no existen, ahora por lo menos. Parecen aturcados, después de tantos siglos otomanos.
Venía en el avión con el libro de Miller en la cabeza, con todas sus descripciones que inútilmente pretenden transcribir, pintar en letras (¡tan luego él, que era pintor!) la belleza de Grecia, y la belleza espiritual de los griegos. Vine convencido de sus dos equivocaciones: la primera, hacer cuadros en literatura siempre achica, Lessing dixit. La segunda: los hombres son hijos de su circunstancia, y, si bien hay culturas privilegiadas aquí y allá a veces, ni es esta la mejor cultura griega, ni los seres humanos son mejores o peores aquí que en otra parte.
En todos lados es el mismo egoísmo, la misma cultura de medrar por mendrugos, desde el más pobre al más rico: la única diferencia entre ricos y pobres es el tamaño de los mendrugos: el hombre es egoísta, y ese egoísmo no tiene límites en cualquier sociedad compleja, donde el individuo tiene menos restricciones, pero también menos protecciones, de lo colectivo: la especie no necesita de cada uno de sus individuos para perpetuarse. Bien puede resistir la humanidad capitalista unos cuantos millones de judíos cremados o unos cuantos palestinos asesinados por el ejército israelí o unos cuantos asiáticos o europeos bombardeados por Stukas o unos cuantos latinoamericanos torturados y asesinados sigilosamente por sus propios compatriotas entrenados en West Point.
El poder, en cambio, no tolera lo diferente. Pero el poder es lo igual, la especie, el instinto, actuando con una fuerza que a esta altura tecnológica de la humanidad es capaz de destruirla, en su intento de protegerla (tribu).
Caminaba por la calle y me perdía hilando pelotudeces como estas, como siempre que tengo el menor resquicio para echarme a pensar.
No tenía a nadie con quien cambiar palabra. Eso ahondaba mi introspección pertinaz y maldita, esa compulsión a irme en palabras e imágenes, que es acaso lo que me convierte en escritor: las paso a la página para no volverme loco, como ahora. Recién llegado, escribía, por mera costumbre física, unos poemas desolados. A veces apuntaba alguna idea para un futuro libro. Pero nada orgánico ni largo. Ahora mismo estoy haciendo eso, dejarme ir por las palabras, por las imágenes, entre su oleaje cálido que engaña y atrapa pero entretiene, divierte (en el sentido etimológico).
Hacía calor para ser invierno. Miraba las caras y me producían la misma poca fe en ellos que traía antes de conocerlos.
La gente, al mismo tiempo, es buena. Eso es lo que te caga. La costumbre mazdeísta cristiana mahometana, de escindir la historia del mundo en lucha cósmica entre el Bien y el Mal salva a las personas de ver en sí la propia maldad, y también la propia bondad, les impide ver que todo es tan… casual, que los actos de los hombres están dictados por un azar ominoso que los lleva de los pelos con guante de seda, y la vida es eso, quedar atrapado en la telaraña QUE UNO MISMO HA CONSTRUIDO, pero sin saberlo.
Así, el ser humano mata o muere de la manera más estúpida, así hemos venido al mundo tantos seres sin pedirlo. Porque el hombre no piensa, casi nunca; piensa, por lo general, después que hizo la gran cagada de su vida, y de ese modo es como se multiplica la especie. Lo llevamos en el ADN.
Los únicos que piensan antes (y hasta durante) y por esa razón a veces terminan nunca haciendo nada, son los neuróticos, los enfermos de la cabeza, los clientes de Freud. Hamlet nos sigue conmoviendo porque representa eso, la culpa y la imposibilidad de actuar, la culpa que inmoviliza, la conciencia del bien y el mal como internos a cada ser humano, que sólo los enfermos de la cabeza tenemos.
Los demás viven, y las cosas les pasan, y matan o tienen un hijo y cuando las consecuencias llegan se agarran la cabeza, se quieren matar, pero después terminan siempre acostumbrándose, a todo; el secreto de toda dictadura. Sólo el enfermo del marote piensa y piensa y repiensa, y a veces lo tortura algo que jamás ha hecho, algo que ni siquiera ha pensado de manera consciente, pero que lo atrapa en su red.
Y no hay escapatoria al destino: ese es el único lugar común a todos.

martes 17 de junio de 2008

El libro de Jaspe, comienzo (enero de 2000)

“No hallarás otra tierra ni otra mar. / La ciudad irá en ti siempre. […] / La vida que aquí perdiste / la has destruido en toda la tierra.”
C. Cavafis

“Me duele el pan que me gano / me duele el pan que me gano.”
A. Yupanqui
"¡Cuánto representa la verdad para los hombres! La vida más alta y pura posible consiste en tener la verdad en la fe. El hombre necesita creer en la verdad."
F. Nietzsche

“Se diría que ella sola mantenía desde lejos la duración de las cosas.
Sin embargo, de cerca, era sencillamente una hermosa mujer que olía a jardín.”
O. Elytis

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Hubiera sido mucho más romántica una llegada en barco, el lento orejeo de las colinas, del puerto, de los edificios, de las siluetas en el muelle, pero lo real es que vi a Atenas desde arriba, chiquita, al principio sin saber que era, hasta que el mar extrañamente azul, como un tapiz, y el croquis escala uno a uno y el avión que se quedó dando vueltas cerca de la ciudad esperando pista me hicieron sospechar que era Ella, la Ciudad, la madre de Occidente, donde había caminado Aristóteles, donde había escrito Platón, donde había discutido Sócrates, donde había vociferado Demóstenes, donde había nacido el teatro del vino... La cima de la Acrópolis me saludó con unos relumbrones enceguecedores, inmensamente blanca, literalmente radiante.
Todo esto es muy de cuarta y muy kitsch, pero es así: la realidad es kitsch, y acaso la tarea o el sino del artista sea "deskistchistizarla".
Pasé por la aduana. Una tipa vieja, como de cincuenta y cinco, con cara de burócrata triste, me interrogó en griego. Yo, obvio, no entendí nada, y entonces la tipa me preguntó en inglés si venía como turista. Yo le chapurrié mi inglés pésimo, de Polimodal. Le dije, lo más ambiguamente que pude, que sí, pero por varios meses, y me explicó que tenía que renovar la visa cada tantos días. Enseguida de escuchar estas palabras, me volvió la angustia de todo el viaje. Le pregunté cómo podía encontrar un hotel, una pensión barata. Me dijo que tomara un taxi, que ahí me iban a guiar, y también que me convenía cambiar un poco de dólares por moneda local.
Aunque hubiera decidido huir de los taxis, no hubiera podido: cuando salí al playón me asaltó una plaga de taxistas como langostas vociferantes, transpirados a pesar del invierno, con las camisas arremangadas hasta el codo, tironeándome como si yo fuera Tupac Amaru. Uno de ellos, más fuerte o más rápido, me arrastró hasta su taxi diciéndome en un inglés casi incomprensible que me llevaría a un hotel muy barato, bien ubicado.
El taxi era un vehículo muy moderno, por lo menos en comparación con los de Buenos Aires, aunque con un sonido un poco carraspeante. El chofer y su auto no congeniaban, eran como de mundos distintos. Miraba los edificios y las calles y las gentes y todo me parecía del mismo modo: aquí y allá, en los autos, en algunos negocios, en los edificios públicos, bolsones de lujo, y, rodeando todo eso, impregnándolo, transformándolo, zahiriéndolo, un cúmulo de desorden, de gestos airados, de infracciones de tránsito, de comerciantes callejeros.
El taxista, con simpatía profesional, con ojos de... maligna curiosidad (mi experiencia debería enseñarme a desconfiar de mis percepciones cuando estoy con el ánimo alterado, pero no puedo evitarlas), me fue haciendo preguntas, tipo de dónde venía, cuánto pensaba quedarme, qué lugares quería conocer. Le confesé que pensaba quedarme a vivir, que quería acomodarme en un sitio barato y encontrar trabajo como para hacer pie...
Los lugares comunes de una lengua sintetizan, ahorran tiempo, allanan la comprensión de los interlocutores; cuando éstos se comunican en un idioma que ninguno de los dos conoce demasiado bien, entenderse es una cosa dificultosa: tardé bastante en decirle todo eso. A medida que yo iba hablando, el taxista me miraba por el retrovisor con creciente interés, tratando de entender no ya el significado de mis frases sino aunque más no fuera sus significantes.
Me preguntó por mis exigencias a nivel trabajo y le dije que un sueldo como para comer y pagar la pieza. Me dijo que me podía nombrar varios lugares así, y que si tenía papel y lápiz a mano me los anotaba. Como un reverendo pelotudo ni se me cruzó en ese momento que el tipo me iba a escribir en alfabeto, así que, dentro de mi estado, me puse contento.
Llegamos al hotel de cuarta (ese tipo de hotelpensión que hay en todas las capitales, lleno de turistas sin plata, pobres, inmigrantes y malvivientes), le di un papel y un bolígrafo, y el tipo me escribió una lista de siete u ocho direcciones.
Me cobró, seguro, un afano, entre la paseadita clásica y el precio exorbitante; pagué sin chistar, me guardé el papel en el bolsillo. El taxista, muy amable a esas alturas, casi un amigo para mí (con esa tendencia quizá universal del peregrino a hacer súbitas y breves amistades, lejos como está de los suyos), entró conmigo al hotel y le explicó, en griego, al del mostrador, que yo pensaba alquilar una pieza por un mes. No sé todo lo que le habrá dicho, porque en el medio hubo sonrisas y saludos y preguntas de las dos partes. Después me dio la mano, mirándome a los ojos con simpatía, me dijo Good bye, y salió.
El del mostrador agarró unas llaves y me indicó con un gesto que lo siguiera. El hotel tenía planta baja y dos pisos de pasillos angostos y poco iluminados y habitaciones pequeñas, con paredes delgadas. A medida que caminaba detrás del tipo, oía a través de las puertas y las paredes conversaciones por lo bajo, sonidos de radio o de música. Todo me traía reminiscencias, salvo el espacio, más pequeño, más opresivo, más cueva.
Abrió la habitación 114, en el primer piso alto. Yo lo miré, dudando si en ese tipo de lugares habría que dar propina. El tipo me miró con ansiedad, casi ostensiblemente. Le di unos billetes que me habían quedado en un bolsillo, los agarró con cierta premura, como el zarpazo de una fiera, y se fue, saludándome sin mirarme.