Me paré, con el taco en la mano, en actitud no amenazante, a prudente distancia, y le dije al quía Ey, es una chica, no seas bruto.
Fue lo que me salió en el apuro; ver que maltraten a una chica me pone nervioso, además me recordó al ayudante de Sotiroupolos y eso me indignó más. Así que la frase salió en un tono amenazante, más que contemporizador (como había sido mi {ilusoria} intención).
El tipo volvió el rostro hacia mí en cámara lenta. Tenía barbita con candado, un look grunge. En un lugar que vendía cerveza Budweiser, en un pool, todos vestidos de jeans y camisas a cuadros y zapatillas y algunos con remeras estampadas con letreros en inglés: podía ocurrir en cualquier rincón del mundo, en una película norteamericana. Me sentí el chico de la película por dos segundos, que es lo más boludo que me puede pasar.
La voz del tipo me sacó de mi efímera antropofanía. ¿Qué te pasa, pendejo?, me dijo articulando lentamente.
Ya estaba en el baile. Nicos, a un costado, observaba atento. La estás lastimando, dije, ya resignado a la golpiza: el compañero era no tan grande, pero sí tan musculoso; aún con Nicos a mi lado, nos iban masacrar.
El tipo soltó a la chica (ella me miró; tenía ojos marrones, una linda nariz; desié medir diez centímetros más) y se me vino al humo.
Yo, consciente de mi debilidad, enarbolé el palo por su parte más fina y lo revolié como un garrote por la cara del gorila; no alcancé a pegarle en la cabeza, pero debo haberle dado justo en el huesito de la muñeca derecha, porque dio un grito como si acabara de recibir un lanzazo.
El otro intentó reaccionar en ayuda de su compañero, pero Nicos, imitando mi táctica con mejor fortuna, porque lo agarró desprevenido mirando hacia nosotros, le encajó un tacazo en plena trompa que le rompió toda la boca y la nariz.
Mientras el varón B caía sobre su mesa de pool agarrándose la cara y aullando de dolor, yo seguí repartiendo palazos contra el varón A, que se me abalanzaba intentando arrinconarme, y que al final me arrancó el palo. Yo me le escabullí velozmente y agarré una silla, que le encajé en el lomo: mucho más espectacular que efectivo: era una de esas sillitas de fierro hueco y tapizado de plástico. Sólo sirvió para enfurecerlo más.
Entretanto, los dos que atendían el boliche, aterrorizados, trataban de detenernos. Yo confiaba poco en su capacidad persuasiva sobre el grandote, y, aunque también poco, un tanto más en mi capacidad disuasiva: agarré las bolas que estaban arriba de nuestra mesa y se las revolié por la cara. El varón A las atajó casi todas (le tiré cinco), pero le quedaron los nudillos a la miseria: cuando alcanzó a meterme la primera piña creo que le dolió más a él que a mí. Además, la única bola afortunada le había dado en el pómulo derecho, que lo tenía como si le hubiera pegado una piña Tyson, todo hematoma e hinchándose (yo en la secundaria gané un intercolegial en lanzamiento de bala, así que sé la técnica).
Nos trenzamos cuerpo a cuerpo, intercambiamos golpes. Él trataba de agarrarme para estrangularme o algo así y yo me le escabullía y al mejor estilo Nicolino Loche: retrocediendo, le encajaba piñas en la jeta.
Mientras tanto, Nicos había seguido apaleando al otro muchacho hasta que le pidió llorando a gritos que no siguiera dándole.
De modo que cuando yo ya estaba medio descalabrado por la tercera trompada, Nicos surgió de improviso y le partió el taco en la nuca al varón A. Éste, ya sumamente adobado por mis ágiles triquiñuelas, cayó como una bolsa de papas, y, antes de que los dos empleados o dueños del lugar (que ya habían llamado a la policía) nos pidieran la cuenta, salimos huyendo (de los grandotes, de la policía que seguro iba a venir, de la cuenta impaga).
Entre todo el miedo, íbamos corriendo a toda pata y riéndonos a los gritos. A las dos cuadras nos dimos cuenta de que la chica teñida de rubio y su compañera, una muchacha flaquita de rulos enormes color cocacola, nos seguían y nos pedían que nos dejáramos alcanzar. Nos detuvimos mirando con resquemor atrás de ellas.
Se acercaron corriendo y mirándonos y riéndose, mientras nosotros, agachados para recuperar resuello, las esperábamos. Se detuvieron frente a nosotros, jadeando. Estábamos los cuatro echando los bofes: ellas por la corrida, nosotros por la corrida y el susto.
Y ustedes ¿de dónde salieron?, dijo la rubia teñida, mirándome.
Estábamos, dije yo con mi acento. (Siempre esas frases que no dicen nada y le tiran la lengua al otro, para que siga descubriéndose sin descubrirme yo: el embozo es el mayor atributo de mi carácter, creo)
La de rulos dijo rápidamente Che, corrámonos en esta esquina, a ver si todavía nos encuentran.
Hicimos cinco cuadras más al trote, en zigzag, riéndonos, comentando ellas ruidosamente todo el cuadro, que habían visto como espectadoras privilegiadas.
La rubia decía admirada La cantidad de golpes que le pegaste al grandote. Lo de la bola blanca fue lo máximo.
Detuvimos nuestra media carrera y comenzamos a caminar. La de rulos dijo ¿Adónde vamos?
La teñida de rubio dijo Yo me tomaría unas birritas pero en un lugar privado, no en un bar. Y después me tomaría unas rayas, esto me ha puesto muy eufórica.
Pero es muy tarde para comprar cerveza en un negocio, para llevar, dijo Nicos. A todo esto, ¿cómo se llaman?, agregó.
Yo, Isa, dijo la teñida de rubio.
Yo, Melina, dijo la de rulos. ¿Y ustedes?
Yo, Tobi, dijo el de acento extranjero.
Yo, Nicos, dijo Nicos.
Yo no tengo adónde ir, dije yo, y me acordé inmediatamente de los Redonditos de Ricota. En ese momento éramos un cuarteto de lo más ricotero, de las bandas ochentistas (Aunque, más bien, me recuerda ahora la imagen que guardo a la canción esa de Bersuit que habla de “la rumba bardera ya toma color / con los descarriados fue mi corazón / hasta la cima / Esta noche iré hasta el fin / con los locos / los borrachos / con las putas y los guachos”. Fue como un bautismo, pienso ahora; algo litúrgico, ¿me entienden?).
Nicos adujo que su casa quedaba muy lejos.
Isa recordó la idea del alcohol y la merca.
Melina recordó que la pieza de Isa tenía una cama y un sofá.
Nicos recordó que tenía toda la plata que nos íbamos a chupar en el bar, y que no habíamos pagado, de manera que había resto para buscar un buen dealer. Nos reímos de vuelta, esta vez los cuatro, de tan agradable percance; no hay nada más dulce para los pobres que la plata venida del cielo: es teca para reventar.
Ya eran las tres de la mañana, o sea que tuvimos que caminar como una hora en busca de una plaza o esquina confiable.
Nicos buscó, con veteranía, un dealer levantado por la zona, y compró dos bolsitas de hierba y algunos gramos. Después la pateamos cuarenta minutos más conversando, conociéndonos, hasta la pieza de Isa, que quedaba en la punta de una loma.
Cuando pregunté por lo que restaba de camino e Isa indicó la loma, sentí de golpe todo el cansancio de la noche, de los días malcomido, y pensé ¿De dónde saco fuerzas? Tengo que estar a la altura. Este puto machismo. Siempre hay que estar enhiesto.
Fue lo que me salió en el apuro; ver que maltraten a una chica me pone nervioso, además me recordó al ayudante de Sotiroupolos y eso me indignó más. Así que la frase salió en un tono amenazante, más que contemporizador (como había sido mi {ilusoria} intención).
El tipo volvió el rostro hacia mí en cámara lenta. Tenía barbita con candado, un look grunge. En un lugar que vendía cerveza Budweiser, en un pool, todos vestidos de jeans y camisas a cuadros y zapatillas y algunos con remeras estampadas con letreros en inglés: podía ocurrir en cualquier rincón del mundo, en una película norteamericana. Me sentí el chico de la película por dos segundos, que es lo más boludo que me puede pasar.
La voz del tipo me sacó de mi efímera antropofanía. ¿Qué te pasa, pendejo?, me dijo articulando lentamente.
Ya estaba en el baile. Nicos, a un costado, observaba atento. La estás lastimando, dije, ya resignado a la golpiza: el compañero era no tan grande, pero sí tan musculoso; aún con Nicos a mi lado, nos iban masacrar.
El tipo soltó a la chica (ella me miró; tenía ojos marrones, una linda nariz; desié medir diez centímetros más) y se me vino al humo.
Yo, consciente de mi debilidad, enarbolé el palo por su parte más fina y lo revolié como un garrote por la cara del gorila; no alcancé a pegarle en la cabeza, pero debo haberle dado justo en el huesito de la muñeca derecha, porque dio un grito como si acabara de recibir un lanzazo.
El otro intentó reaccionar en ayuda de su compañero, pero Nicos, imitando mi táctica con mejor fortuna, porque lo agarró desprevenido mirando hacia nosotros, le encajó un tacazo en plena trompa que le rompió toda la boca y la nariz.
Mientras el varón B caía sobre su mesa de pool agarrándose la cara y aullando de dolor, yo seguí repartiendo palazos contra el varón A, que se me abalanzaba intentando arrinconarme, y que al final me arrancó el palo. Yo me le escabullí velozmente y agarré una silla, que le encajé en el lomo: mucho más espectacular que efectivo: era una de esas sillitas de fierro hueco y tapizado de plástico. Sólo sirvió para enfurecerlo más.
Entretanto, los dos que atendían el boliche, aterrorizados, trataban de detenernos. Yo confiaba poco en su capacidad persuasiva sobre el grandote, y, aunque también poco, un tanto más en mi capacidad disuasiva: agarré las bolas que estaban arriba de nuestra mesa y se las revolié por la cara. El varón A las atajó casi todas (le tiré cinco), pero le quedaron los nudillos a la miseria: cuando alcanzó a meterme la primera piña creo que le dolió más a él que a mí. Además, la única bola afortunada le había dado en el pómulo derecho, que lo tenía como si le hubiera pegado una piña Tyson, todo hematoma e hinchándose (yo en la secundaria gané un intercolegial en lanzamiento de bala, así que sé la técnica).
Nos trenzamos cuerpo a cuerpo, intercambiamos golpes. Él trataba de agarrarme para estrangularme o algo así y yo me le escabullía y al mejor estilo Nicolino Loche: retrocediendo, le encajaba piñas en la jeta.
Mientras tanto, Nicos había seguido apaleando al otro muchacho hasta que le pidió llorando a gritos que no siguiera dándole.
De modo que cuando yo ya estaba medio descalabrado por la tercera trompada, Nicos surgió de improviso y le partió el taco en la nuca al varón A. Éste, ya sumamente adobado por mis ágiles triquiñuelas, cayó como una bolsa de papas, y, antes de que los dos empleados o dueños del lugar (que ya habían llamado a la policía) nos pidieran la cuenta, salimos huyendo (de los grandotes, de la policía que seguro iba a venir, de la cuenta impaga).
Entre todo el miedo, íbamos corriendo a toda pata y riéndonos a los gritos. A las dos cuadras nos dimos cuenta de que la chica teñida de rubio y su compañera, una muchacha flaquita de rulos enormes color cocacola, nos seguían y nos pedían que nos dejáramos alcanzar. Nos detuvimos mirando con resquemor atrás de ellas.
Se acercaron corriendo y mirándonos y riéndose, mientras nosotros, agachados para recuperar resuello, las esperábamos. Se detuvieron frente a nosotros, jadeando. Estábamos los cuatro echando los bofes: ellas por la corrida, nosotros por la corrida y el susto.
Y ustedes ¿de dónde salieron?, dijo la rubia teñida, mirándome.
Estábamos, dije yo con mi acento. (Siempre esas frases que no dicen nada y le tiran la lengua al otro, para que siga descubriéndose sin descubrirme yo: el embozo es el mayor atributo de mi carácter, creo)
La de rulos dijo rápidamente Che, corrámonos en esta esquina, a ver si todavía nos encuentran.
Hicimos cinco cuadras más al trote, en zigzag, riéndonos, comentando ellas ruidosamente todo el cuadro, que habían visto como espectadoras privilegiadas.
La rubia decía admirada La cantidad de golpes que le pegaste al grandote. Lo de la bola blanca fue lo máximo.
Detuvimos nuestra media carrera y comenzamos a caminar. La de rulos dijo ¿Adónde vamos?
La teñida de rubio dijo Yo me tomaría unas birritas pero en un lugar privado, no en un bar. Y después me tomaría unas rayas, esto me ha puesto muy eufórica.
Pero es muy tarde para comprar cerveza en un negocio, para llevar, dijo Nicos. A todo esto, ¿cómo se llaman?, agregó.
Yo, Isa, dijo la teñida de rubio.
Yo, Melina, dijo la de rulos. ¿Y ustedes?
Yo, Tobi, dijo el de acento extranjero.
Yo, Nicos, dijo Nicos.
Yo no tengo adónde ir, dije yo, y me acordé inmediatamente de los Redonditos de Ricota. En ese momento éramos un cuarteto de lo más ricotero, de las bandas ochentistas (Aunque, más bien, me recuerda ahora la imagen que guardo a la canción esa de Bersuit que habla de “la rumba bardera ya toma color / con los descarriados fue mi corazón / hasta la cima / Esta noche iré hasta el fin / con los locos / los borrachos / con las putas y los guachos”. Fue como un bautismo, pienso ahora; algo litúrgico, ¿me entienden?).
Nicos adujo que su casa quedaba muy lejos.
Isa recordó la idea del alcohol y la merca.
Melina recordó que la pieza de Isa tenía una cama y un sofá.
Nicos recordó que tenía toda la plata que nos íbamos a chupar en el bar, y que no habíamos pagado, de manera que había resto para buscar un buen dealer. Nos reímos de vuelta, esta vez los cuatro, de tan agradable percance; no hay nada más dulce para los pobres que la plata venida del cielo: es teca para reventar.
Ya eran las tres de la mañana, o sea que tuvimos que caminar como una hora en busca de una plaza o esquina confiable.
Nicos buscó, con veteranía, un dealer levantado por la zona, y compró dos bolsitas de hierba y algunos gramos. Después la pateamos cuarenta minutos más conversando, conociéndonos, hasta la pieza de Isa, que quedaba en la punta de una loma.
Cuando pregunté por lo que restaba de camino e Isa indicó la loma, sentí de golpe todo el cansancio de la noche, de los días malcomido, y pensé ¿De dónde saco fuerzas? Tengo que estar a la altura. Este puto machismo. Siempre hay que estar enhiesto.